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Bob Mould – Curtcircuit / Estraperlo (Barcelona)

 

Creo que pertenezco a un pequeño grupo de melómanos que, a pesar de sentir fascinación por las bandas de punk más enérgicas, nos vemos curiosamente atraídos por las versiones reducidas o despojadas de canciones que, desde el primer acorde, despeinan por su crudeza y potencia.

Bob Mould es un músico honorífico por mérito propio. Junto a Grant Hart y Greg Norton, dio forma en Hüsker Dü a un estilo de punk en el que un muro sólido de guitarras se licuaba con melodías vocales herederas del folk de los años sesenta y setenta.

El pasado viernes tuvo lugar en Badalona una de las escasísimas apariciones que el músico de Minneapolis —afincado actualmente en San Francisco— ha ofrecido en la península a lo largo de su extensa carrera. El formato hacía referencia a esa mencionada simplificación, aunque no de manera ortodoxa: el característico muro de sonido no fue sustituido por una guitarra acústica —como hace su coetáneo J. Mascis—. Bob Mould apareció tras el cálido arranque del músico indie Che Arthur, empuñando su eterna Stratocaster y con el pedal de distorsión pisado hasta el límite para su gira Solo Electric.

Desde el primer minuto, volumen, acción y actitud total. Llenó el escenario él solo, entre saltos, cabezazos y descargas de energía que pronto empaparon su camiseta de sudor y electricidad.

En su setlist, garabateado a mano, incluyó un inicio que nos transportó a 1985 con Flip Your Wig, del álbum homónimo, seguida de I Apologize. Fue el arranque de un concierto que recorrió buena parte de su carrera, abarcando casi todas sus etapas artísticas.

No faltaron clásicos como Never Talking to You Again y Celebrated Summer (Zen Arcade y New Day Rising, respectivamente), ni el emblemático If I Can’t Change Your Mind de Copper Blue, reconocido tras un arranque titubeante. De su carrera en solitario repasó desde See a Little Light de su debut Workbook hasta su reciente Here We Go Crazy, que da título a su último trabajo. Y todo esto sin dejar de dar ni un solo salto.

Fue uno de esos conciertos en los que el público coreó cada canción desde lo más profundo de sus pulmones, saboreando cada nota con una mezcla de alegría y nostalgia, y cerrando la velada con aplausos largos y sinceros.

Al finalizar, Bob Mould se esfumó rumbo a su furgoneta entre los comentarios del público, protegido por la capucha de su chaqueta y sin demasiadas ganas de saludar. ¿Se lo vamos a reprochar? Yo no podría hacerlo, y menos después de verlo alegrarse al encontrar su propia entrevista publicada en las páginas de esta revista.

Texto: Mario Silvestre

Fotos: Marina Tomás Roch

 

 

 

 

 

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