Parecía imposible que Tyler Childers pudiera llegar de nuevo al nivel mostrado en Purgatory (2017), su primer disco si no contamos el autoeditado Bottles and Bibles. La duda se resuelve rápido. Solo ha de sonar la espléndida «Eatin’Big Time» para darnos cuenta de que estamos ante algo grande. Séptimo álbum en estudio y en plena lucha con el citado estreno por ser el mejor de su discografía. Eso, a pesar, de que cuando se anunció que Rick Rubin iba a encargarse de su producción, no fueron pocos los que dieron por perdido a Childers. El barbudo productor se veía como demasiado intervencionista por algunos y como demasiado moderno por otros. Incluso hay quien veía ambas cosas. Si en la primera lo ha sido, lo ha bordado. Y de la segunda, poco rastro, teniendo en cuenta que Childers siempre ha sabido mantener el equilibrio perfecto en su música entre lo convencional y lo moderno. Aunque sí que es cierto que Rubin, con la ayuda de Nick Sanborn, introduce ciertos retazos de psicodelia o de rock ligeramente experimental, no se le va la mano, y la música de Childers crece. El de Kentucky, por su parte, no solo está cómodo como en pocas ocasiones lo hemos visto, sino que aporta una colección de canciones memorable. Algunas ya conocidas, como «Oneida» o «Nose On The Grindstone», habituales de sus directos, y otras sorprendentemente frescas como «Bitin’List» o «Down Under». Pocas veces encontraremos tanta unanimidad sobre lo bueno que es un disco como con este Snipe Hunter, pero es que, como apunta el Washington Post, “Tyler Childers podría haber hecho cualquier cosa en este álbum. Y lo hace todo”.
Eduardo Izquierdo






