
Ozzy Osbourne, el eterno «Príncipe de las Tinieblas», no estaba dispuesto a colgar los guantes sin antes cerrar un capítulo más en su longeva carrera musical. Según su inseparable compañero de batallas, Zakk Wylde, el legendario vocalista tenía en mente un proyecto ambicioso: un nuevo disco que, si bien mantuviera la esencia pesada que ha definido su carrera, se adentrara en un terreno más melódico y personal.
La idea de Osbourne era mantener su carácter irreverente, pero dejando espacio para melodías más cálidas y accesibles, alejándose del ruido incesante del metal más puro. No sería, por tanto, un regreso a la locura de los primeros discos de Black Sabbath, ni tampoco una vuelta a las sonoridades de su último trabajo, Ordinary Man (2020), sino un punto medio en el que el Ozzy más experimentado, pero también más vulnerable, hubiera podido expresar sus inquietudes musicales. Lamentablemente, el destino no le dio tiempo de materializar esa visión.
EI






