
Grabado en JoyRide Studio de Chicago bajo la producción del veterano Studebaker John, Deep Mud suena exactamente como debe sonar un disco que pretende reivindicar el espíritu del South Side: guitarras rugosas, armónica bien afilada, piano de bar a punto de romperse y una sección rítmica que camina con paso pesado, como si arrastrara el alma del Mississippi hasta los callejones de Illinois. Morganfield no engaña a nadie. En una entrevista reciente lo dijo sin titubeos: “Esto es Chicago blues. Nada de blues rock para mí. Hablo y canto sobre cosas reales, gente real, situaciones reales.” No se puede ser más claro.
El álbum, compuesto por catorce canciones —doce de ellas firmadas por el propio Mud—, mezcla composiciones nuevas con un par de guiños inevitables al legado paterno. Desde el primer riff de «Bring Me My Whiskey», queda claro que aquí no hay postureo: esto va de sentir el blues en las tripas. «Big Frame Woman» y «Cosigner Man» recuperan esa cadencia hipnótica y ese swing perezoso de los grandes días del Chess Records. «She’s Getting Her Groove On», uno de los adelantos del disco, introduce un ritmo más funky que no rompe la coherencia, sino que la amplía. Y el cierre, «A Dream Walking», es una plegaria suave y sincera dedicada a su madre, fallecida durante la gestación del álbum. Un final íntimo, de esos que dejan un nudo en la garganta.
Deep Mud suena a verdad. No hay efectos, no hay trucos de estudio ni intención de modernizar lo que no necesita modernizarse. Mud Morganfield canta con esa voz grave y cansada que parece haber dormido en cada bar del West Side, mientras su banda – una tropa de músicos curtidos en las calles de Chicago – se mueve con la precisión de un engranaje viejo pero infalible. El productor Studebaker John (Junior Wells, Buddy Guy, Otis Rush) , que además aporta su armónica, sabe perfectamente qué hacer: grabar sin limpiar demasiado, dejar que el aire, el ruido y la electricidad hagan su parte. El resultado tiene esa textura grasienta que todo disco de blues debería tener.
Podría decirse que Mud vive a la sombra de su padre, pero Deep Mud demuestra justo lo contrario. No hay imitación, hay herencia. Su timbre y su fraseo recuerdan inevitablemente a Muddy, sí, pero la actitud es la de un hombre que ha vivido lo suyo y no necesita colgarse medallas ajenas. En sus letras habla de lo de siempre -mujeres, amor, whisky, errores, redención -, pero lo hace con una naturalidad que solo puede nacer de la experiencia.
¿Defectos? Alguno. Especialmente en los temas en que se acerca demasiado al soul o al R&B: los más puristas torcerán el gesto ante los metales o los coros en cortes como «In and Out of My Life». Pero sería injusto juzgar el álbum por eso. Morganfield no busca reconstruir un museo del blues: busca mantenerlo respirando, con sangre caliente. Y lo consigue. En un panorama donde muchos confunden el blues con un adorno estilístico o una pose de festival, Deep Mud entra como un trago de bourbon auténtico. Arde, pero reconforta. Mud Morganfield lo sabe. Y con este álbum, lo demuestra con creces.
Eduardo Izquierdo






