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Loquillo – Movistar Arena (Madrid)

 

Escribir, a estas alturas de la vida, la crónica de un concierto de un artista de la envergadura -en todos los sentidos de la palabra- de Loquillo es una tarea curiosa. Sencilla y complicada al mismo tiempo. De Loquillo está ya todo dicho y hecho y es probable que once de cada diez personas que abarrotaron el pasado viernes el Movistar Arena ya hayan visto al Loco más de una vez en directo. Ante esta tesitura, ¿qué se puede contar?

Se puede decir que Loquillo es uno de los mejores frontman de la historia patria, con esa chulería y esa elegancia propias de alguien que, desde tiempos inmemoriales, supo adaptar su personaje a sus necesidades. Se puede también decir que la banda que le acompaña, con el siempre leal Igor Paskual a la cabeza, sabe perfectamente como alzar a su líder, del mismo modo que se puede afirmar que da gusto ver cómo Loquillo deja espacio para que sus escuderos tengan su momento de gloria.

Se pueden decir muchas cosas y ninguna original y aun así, uno sigue disfrutando cada concierto de este crooner de estilo, arte y vida. Uno puede disfrutar con sus padres o con sus hijos, con su primer o su último amor o con amigos con los que en un momento se compartían noches eternas de desenfreno y ahora te tienes que conformar con ver de vez en cuando. En ocasiones especiales, como lo era este concierto.

Se antoja complicado saber desde qué perspectiva escribe uno porque los himnos de Loquillo nos han acompañado en prácticamente todas las etapas de la vida. Y es de eso, de lo que trata todo. De dejar un legado aún más grande que esos casi dos metros —tupe incluido— de estatura. De fumar en el escenario mientras todo dios corea canciones que han aprendido en la Vía Láctea o en el Singstar. En el Rock-Ola o en el karaoke del pueblo.

Un legado imperecedero firmemente sostenido por un artista conocedor de su momento, más cercano al final que al principio, sin esperanza, sin futuro, pero con mucha, mucha clase, como escribió un sabio. Loquillo siempre ha sabido interpretar de qué va todo esto y ahora se dedica a disfrutar de lo logrado. A invitar a su amiga Alaska al escenario y a recordar cómo pudo superar tiempos pandémicos donde nadie daba un duro por nada, ni siquiera por volver a cantar. Pero ya lo dijo él: si el rocanrol conquista tu corazón, de qué sirve hablar de futuro.

El rocanrol es todo lo que se vivió el viernes. Es nostalgia y es diversión. Es entregarse a los brazos del recuerdo y llevarte a los tuyos contigo. Loquillo no tiene nada que demostrar, pero sus fans tampoco, y eso es lo mejor que puedo decir.

Texto: Borja Morais

Fotos: Salomé Sagüillo

Un comentario

  1. Inautèntic. Per sempre.

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