
Un lustro se ha tirado Last Train sin pisar un escenario y eso es algo que a todos nos ha lastrado. A los primeros, a ellos mismos, pues a una banda así se le presupone tocar en salas bastante más grandes. Sin embargo, y en eso tiene mucho que ver este frenetismo en el que vivimos inmersos, el potencial sigue vendiendo menos entradas que la envergadura.
Aún con eso, los que estuvimos presentes pudimos ver a un grupo que parece estar redescubriéndose desde su aspecto más primitivo. Considerados junto a Slift la gran esperanza del rock francés, Last Train ofreció un concierto visceral, exponiendo la crudeza que envuelve a su último álbum.

Con tintes de Muse y, muy acertadamente, de NIN, Last Train deleitó durante hora y media a un público que ya tenía ganas de volver a encontrarse con ellos. Una conexión genuina entre público y banda, enfatizada sobre todo en la figura de Jean- Noël, el carismático líder del grupo galo. Una conexión que invita a pensar que no volverán a pasar otros cinco años sin que nos visiten.
Mezclando temas de sus tres álbumes, canciones como “Home” o “One by One” dejan entrever que Last Train va por el camino correcto, porque tienen el talento, la sensibilidad y la personalidad para ello, y porque de paciencia van sobrados. Uno de esos conciertos de los que uno sale satisfecho, con la apoteósica “The Big Picture” como broche final y con la sensación generalizada de que la próxima vez que los veamos será en un sitio mucho más grande.
Texto: Borja Morais
Fotos: Salomé Sagüillo






