
Empecé una reseña de un disco de Cracker —creo recordar que fue Forever— afirmando que, de haber tenido el talento para ser músico, esa era la banda en la que me habría gustado tocar. En ellos confluyen casi todos los estilos que me apasionan: el rock, el pop, el country, el punk… Y lo hacen con una naturalidad admirable, utilizando esos géneros como ingredientes de una receta propia, que han sabido mantener a lo largo de los años sin perder frescura ni identidad.
Me fascina la voz inconfundible de David Lowery, tan reconocible como poco convencional, y las fabulosas seis cuerdas de Johnny Hickman, un guitarrista que —ya va siendo hora de decirlo claro— merece figurar entre los grandes del rock contemporáneo. Los méritos los tiene, y de sobra. Juntos, como pareja compositiva, han demostrado una coherencia y una versatilidad que deberían haberlos llevado mucho más alto en el escalafón del rock estadounidense. Pero ya se sabe, la vida no siempre recompensa el talento como debería.
Sin una sola mancha en una trayectoria que supera los treinta años, Cracker vuelve a salir de gira, esta vez presentando un atípico disco recopilatorio: Alternative History: A Cracker Retrospective. Y hemos tenido la inmensa suerte de que incluyeran en su ruta una generosa tanda de fechas en nuestros escenarios: nada menos que ocho conciertos entre el 22 y el 30 de noviembre.
David Lowery respondió a nuestro cuestionario con generosidad, tomándose el tiempo de elaborar algunas de las respuestas más sinceras, reflexivas e interesantes que hemos leído últimamente. Lean con atención: vale la pena.
Más de tres décadas de carrera respaldan a Cracker. Es mucho tiempo. ¿Cómo evalúas todo lo hecho a lo largo de todos estos años?
Es fascinante reflexionar desde esta perspectiva. Cuando estás en medio de todo, rara vez te das cuenta del paso del tiempo: simplemente haces música, sales de gira y haces lo posible por mantener viva la banda. Mirando hacia atrás, creo que lo que más me sorprende es que aún seguimos aquí. Johnny y yo llevamos escribiendo canciones juntos 35 años, más tiempo del que muchos de nuestros fans han estado vivos. Hemos vivido muchos altibajos, conflictos con discográficas e incluso algunas tensiones dentro de la banda. Pero lo que nos ha sostenido todos estos años es una amistad duradera y una fe inquebrantable en la música. La industria ha cambiado de forma radical: del auge del CD a la era del streaming, del dominio de los grandes sellos al surgimiento de artistas independientes… Y, de algún modo, hemos conseguido adaptarnos y seguir adelante. Para mí, eso es algo verdaderamente digno de celebrar.
Vuestras canciones mezclan rock, country, soul, psicodelia y otros estilos. ¿Esa libertad creativa fue algo que os planteasteis desde el principio, o es la propia evolución artística la que os llevó a explorar distintos horizontes musicales?
Ese espíritu ecléctico ha estado presente desde el principio. Nació de mi etapa con Camper Van Beethoven y, antes aún, de haber crecido en California, donde convergen tantas tradiciones musicales: el punk y el garage del Área de la Bahía, las raíces country del Valle Central y la música regional mexicana de las zonas fronterizas. Cuando Johnny y yo formamos Cracker, tomamos una decisión consciente de no limitarnos por los géneros. Esa idea se refleja a la perfección en Berkeley to Bakersfield, un álbum dividido en dos partes: una encarna la energía cruda e impregnada de punk de Berkeley, y la otra rinde homenaje al legado country de Bakersfield. Siempre hemos creído que una buena canción puede adoptar muchas formas. Todo empieza con la composición, y desde ahí, encuentras el arreglo que mejor le sienta.
Quizá esa diversidad estilística os haya dejado en tierra de nadie… ¿Crees que eso ha afectado vuestra capacidad para llegar a un público más amplio?
Sin duda, nuestra negativa a seguir un único camino ha tenido consecuencias comerciales. A la industria musical le gusta encasillar a los artistas, porque eso facilita el marketing y la programación en radio. Cuando pasas de una balada country a un tema de garage punk, muchos no saben bien cómo ubicarte. Aun así, siempre he valorado más la autenticidad que perseguir modas o encajar en moldes preestablecidos. Los fans que entienden lo que hacemos lo aprecian de verdad; reconocen que, ya sea una balada country o un tema punk, siempre suena inconfundiblemente a Cracker. Ese núcleo de público fiel ha permanecido con nosotros a lo largo de los años, y su apoyo es lo que nos ha permitido seguir adelante.
Vais a visitarnos con Alternative History: A Cracker Retrospective, un álbum recopilatorio, aunque bastante inusual. Incluye tomas alternativas, demos, colaboraciones y grabaciones en vivo. ¿Cómo seleccionasteis todo ese material?
La inspiración para el proyecto surgió de una creciente insatisfacción con la forma en que las plataformas de streaming presentan nuestro trabajo. Johnny y yo nos dimos cuenta de que los nuevos oyentes solo se topaban con nuestros éxitos alternativos de los 90, canciones de las que estamos orgullosos, pero que solo representan una pequeña parte de lo que es Cracker. Las restricciones de licencias nos impidieron hacer un repaso completo del catálogo de nuestra etapa con grandes discográficas, así que empezamos a revisar lo que sí teníamos en propiedad: demos, descartes, nuevas grabaciones y sesiones colaborativas. Ese material fue dando forma a una narrativa alternativa, incluyendo colaboraciones con Leftover Salmon y Drive-By Truckers, retransmisiones en directo desde la televisión alemana y primeras demos caseras. En lugar de volver sobre singles conocidos como «Low» o «Teen Angst», esta colección ofrece una perspectiva diferente sobre la evolución de la banda y la amplitud de nuestra música.
Antes hablabas de Berkeley to Bakersfield, desde que salió en 2014, no habéis vuelto al estudio. ¿Tendremos que esperar mucho más para escuchar nuevas canciones?
La realidad para las bandas en la era del streaming es que producir un disco completo de Cracker como creemos que debería hacerse —todos juntos en una misma sala— ya no es económicamente viable. La economía del streaming hace que sea casi imposible recuperar los costos de grabación a nuestro nivel. Yo financié personalmente nuestro último álbum y, por mucho que nos encantaría repetir ese proceso, hoy en día no existe un modelo de negocio sostenible para hacerlo. Tocar en vivo todavía tiene sentido porque hay un público dispuesto a apoyarnos, pero cuando se trata de lanzar nuevos discos de estudio, es difícil justificar ese gasto. Suena desalentador, pero es, simplemente, el estado actual de la industria.
Leí en una entrevista que dijiste que una canción puede funcionar o no dependiendo del estudio, el productor o la gente que hay en el proceso de grabación. Y que esa misma canción puede brillar en un entorno diferente con otras personas. ¿Las circunstancias influyen tanto?
El contexto es fundamental en la música. Hay canciones que parecen sin vida en un arreglo, pero que se vuelven vibrantes y conmovedoras al reinventarlas. «Sunrise in the Land of Milk and Honey» lo ejemplifica a la perfección. Originalmente concebida como un tema de rock alternativo enérgico con Cracker, cobró una dimensión más oscura y emocional cuando la ralenticé y la adapté para mi proyecto en solitario. El entorno del estudio, los músicos implicados e incluso el estado de ánimo en ese momento influyen profundamente en el resultado final. A veces, una canción necesita existir durante un tiempo antes de encontrar su verdadera forma.
Tu último álbum en solitario, Father, Sons & Brothers, parece casi una autobiografía musical… ¿Cómo nació esa idea?
Durante años me animaron a escribir una autobiografía. Hice varios intentos—escribí capítulos, probé distintos enfoques—pero la prosa tradicional nunca me pareció el medio adecuado; la disciplina de escribir canciones es muy distinta a la de redactar narrativas extensas. Al final, decidí contar mi historia a través de la música, reuniendo un álbum con tres lanzamientos anteriores que solo estaban en digital y añadiendo material nuevo. Esta colección es sincera, de una forma que rara vez se da en mi trabajo con Cracker o Camper Van Beethoven. Cada canción narra episodios de mi vida: recuerdos de infancia, relaciones personales y vivencias en la industria musical. Para dar más contexto y profundidad, también he estado escribiendo ensayos en Substack para cada canción, ofreciendo una mirada más íntima a las historias detrás de la música. Las podéis leer en www.davidclowery.substack.com
Entiendo entonces que no tendremos un libro de memorias. Muchos músicos lo están haciendo últimamente…
Como dije, intentar escribir unas memorias tradicionales nunca me funcionó. Se me da mejor contar historias en una canción de cinco minutos que extenderlas durante cientos de páginas. La música te permite capturar emociones y estados de ánimo que simplemente no se pueden transmitir igual en prosa. Así que, en cierto modo, Fathers, Sons & Brothers es mi autobiografía, cada canción refleja una parte de mi historia.

Johnny y tu habéis estado juntos desde el principio, una colaboración duradera en un mundo tan volátil como el del rock & roll. ¿Cuál es el secreto?
La distancia, sinceramente. Johnny y yo vivimos en extremos opuestos del país. Solo coincidimos realmente en los ensayos o cuando subimos al escenario. Eso mantiene la relación sana. Esto es lo que dijo Johnny en una entrevista reciente: “Tenemos una relación algo fraternal con un punto de competencia, esa chispa que se ve en parejas creativas como Mick y Keith, o Tom Petty y Mike Campbell. Hemos chocado a lo largo de los años, claro, pero hemos aprendido a hacerlo funcionar. Al final del día, somos amigos que escribimos canciones juntos desde que éramos adolescentes. Esa base nos ha mantenido unidos a través de todo lo demás.”
Creo que lo hace sonar más dramático de lo que realmente es. No lo veo como una competencia, estamos del mismo lado. Pero sí hay una especie de alternancia: en un momento me toca a mí ser el centro de atención, y en otro, tal vez en el solo, es él quien ocupa ese lugar.
Ambos habéis logrado dar a Cracker una identidad muy definida, más allá de las modas del momento. ¿Cómo conseguís ese equilibrio?
El compromiso con la autenticidad ha sido clave desde el principio. En lugar de perseguir tendencias, siempre hemos preferido componer en los estilos que nos resultan auténticos. Cuando el grunge dominaba la escena, no nos transformamos en una banda grunge. Tampoco abandonamos nuestras raíces rockeras cuando el country se puso de moda. Seguimos fieles a lo que hacemos, independientemente de si está de actualidad o no. Esa identidad, forjada desde el principio, ha sido fundamental para evitar comprometer nuestra visión artística por un éxito comercial pasajero.
Has sido muy crítico con la relación entre internet y la industria musical. ¿Sigues pensando igual o el tiempo te ha hecho ver las cosas de otra forma?
Mira, no creas que estoy en contra de la tecnología ni de internet. En el plano creativo ha sido fantástico: la democratización de la grabación y la distribución ha abierto oportunidades que antes no existían para los artistas. Pero el modelo económico está roto. Y solo va a empeorar con la inteligencia artificial.
Para terminar… ¿Cuál es tu motivación actual para seguir haciendo música? ¿Cómo te planteas las giras hoy en día? ¿Qué es lo que más disfrutas ahora de estar de gira?
Hoy en día, todo gira en torno a la música y la conexión con el público. El calendario de conciertos es más selectivo: en lugar de hacer 150 shows al año, ahora son unos 40, algo mucho más sostenible a los sesenta años. Pero la motivación de fondo sigue siendo la misma: tengo algo que expresar, y la composición sigue siendo mi forma más natural de hacerlo. Fathers, Sons & Brothers ha supuesto un nuevo reto creativo que ha renovado mi entusiasmo por escribir. Y aunque ya no toquemos tan seguido como antes, la emoción de subirse al escenario y conectar con los oyentes de siempre no desaparece. Sigue siendo un momento especial, sin importar cuántos años pasen. Como dice ese refrán, atribuido a varios artistas: “Me pagan por viajar; tocar lo hago gratis”. (Risas)
Manel Celeiro
Foto 1: Jason Trhasher
Foto 2: Bradford Jones
22 noviembre, Bilbao, Sala BBK (entradas agotadas)
23 noviembre, Vigo, Masterclub
25 noviembre, Sevilla, Malandar
25 noviembre, Madrid, El Sol
27 noviembre, Barcelona, Upload
28 noviembre, Valencia, Loco Club (entradas agotadas)
29 noviembre, Zaragoza, Sala López
30 noviembre, Madrid, El Sol (entradas agotadas)






