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Xavier Rudd – Palau de la música (Barcelona)

Hogueras, bucles y el eco de un sueño compartido

La hoguera ardía sobre el escenario. No una hoguera de verdad, claro, pero casi. Un círculo de luz cálida proyectada en medio del Palau de la Música, como si aquella sala modernista, cargada de mosaicos y columnas imposibles, se hubiera convertido por una noche en una playa australiana. Un lugar donde detener el tiempo, quitarse los zapatos y volver a lo esencial: la música, la familia, la gente reunida alrededor de algo que late y nos conecta.

Abrió la noche Finojet, hijo de Xavier Rudd, con una seguridad que sorprendía para su edad y para el tamaño del reto. No todos los días se toca en un lugar como el Palau. Armado con guitarra acústica, eléctrica, harmónica y un bombo electrónico que marcaba un pulso constante, Finojet desplegó canciones bañadas en reverb y atmósferas densas. Su voz, juvenil pero firme, llenaba el aire mientras el público entraba sin demasiado cuidado, sin guardar ese silencio reverencial que merecen estos espacios.

Finojet

Hubo momentos de comunión, especialmente cuando se atrevió a hacer cantar –y callar– a todo el mundo, manejando la dinámica como un veterano. Pero la repetición del bombo acabaría jugando en su contra, algo que pasaría durante toda la noche, pues todos aplaudían mecánicamente sobre ese mismo ritmo, y la magia se diluía entre pasos, asientos y conversaciones a destiempo. Media hora después, Finojet se despedía agradecido y sonriente, consciente de haber dejado una primera huella más que digna.

Y entonces llegó su padre. Xavier Rudd apareció descalzo, con un peto sencillo, transmitiendo calma, como si se hubiera traído la serenidad del océano hasta el corazón de Barcelona. Su presencia tiene algo hipnótico: una especie de chamán moderno. Antes de tocar, habló de amor, de familia, de unidad, dejando claro que la noche iba de eso. Que no estábamos allí solo para escuchar canciones, sino para compartir algo más profundo.

Desde la segunda canción ya tenía al público en pie. Bucles de guitarras, percusiones, voces que se apilan una sobre otra: Rudd es un hombre orquesta en estado puro, capaz de tocar cuatro o cinco instrumentos a la vez, construyendo texturas como si fueran capas de una ceremonia. Pero el bombo electrónico volvía a aparecer, y con él, ese aplauso repetitivo que marcaba el ritmo como un metrónomo humano. Había momentos en que la sensación era la de estar dentro de un mantra colectivo, y otros en que resultaba monótono, casi predecible. El punto álgido llegó cuando Rudd se sentó ante la batería y, sin previo aviso, comenzó a soplar el didjeridoo, invocando algo primitivo y ancestral mientras entraba en un trance visible. Fue como un viaje psicodélico, un ritual aborigen transportado al modernismo del Palau.

Entre canciones, regaló mensajes sobre los soñadores y la importancia de ser la mejor versión posible de nosotros mismos. Son ideas sencillas, universales, que en su voz adquieren un peso casi espiritual. Quizás algunos podríamos ver su propuesta como música simple para público simple, pero sería injusto reducirlo todo a eso. Hay algo genuino en su manera de transmitir, una creencia profunda que se siente auténtica, aunque no siempre brille por la sofisticación.

Hubo espacio para el humor: Rudd recordó su primera vez en Catalunya, cuando escuchaba a la gente gritar “Xavi, Xavi” sin entender que no le estaban insultando, sino llamando por su nombre en diminutivo. El público rió, y él remató la anécdota bromeando con que en Australia no enseñan catalán en las escuelas. Acto seguido, toda la sala coreó su nombre, ya sin confusión alguna.

«Follow the Sun», su tema más celebrado, fue otro momento colectivo. Pero, aunque la canción pide silencio y recogimiento, el público seguía acompañando con palmas. No era fácil perderse en su profundidad con ese fondo rítmico constante, aunque la emoción estaba ahí, inevitable. Hacia el final, Rudd expresó su orgullo por Finojet, reconociendo la valentía de su hijo al abrir la noche.

Y entonces llegó el bis: primero, un estallido funk donde desplegó todos los instrumentos a su alcance, mostrando el virtuosismo que lo distingue. Después, el contraste íntimo de un banjo solitario, con el que cerró dos horas de viaje sonoro. El público salió satisfecho, algunos con la sensación de haber asistido a algo más que un concierto. Porque Xavier Rudd no solo ofrece música: ofrece un espacio donde las cadenas parecen romperse, donde la mente se vacía y el corazón se llena. En medio de la ciudad y de nuestras rutinas, por un instante, todos estuvimos alrededor de aquella hoguera falsa que, sin embargo, ardía de verdad.

 

Texto: Borja Figuerola

Fotos: Toni Villen

 

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