
En su última parada en España, Florist aterrizaron anoche en la Sala 3 de Razzmatazz con un formato reducido y público también reducido (apenas un cuarto del aforo), pero lo bastante entregado como para sostener el silencio que exige su música.
Hannah Frances abrió la noche con el folk austero, casi desnudo, del que hace gala en su álbum debut, Keeper of the Shepherd. Con apenas guitarra y voz se bastó para fijar un clima intimista que sirvió de introducción para presentar algunas de las canciones que formarán parte de su nuevo álbum, que saldrá el próximo 10 de octubre.
A continuación, Florist aparecieron en formato dúo: Emily A. Sprague y Felix Walworth, batería reconvertido en guitarrista y arquitecto de atmósferas. Ellos dos se bastaron para sostener el concierto y levantar un espacio en suspensión. El repertorio tejió un puente entre todos sus trabajos anteriores. “Sci-Fi Silence” fue uno de los momentos más sólidos de la noche, redondo pese a la economía de medios. “Sparkle Song”, del reciente Jellywish, confirmó que el grupo puede llevar al directo esas piezas breves y contenidas sin perder consistencia.

El núcleo del concierto llegó con los dos a la guitarra, en un bloque de canciones que subrayaron el carácter más íntimo de su catálogo. “Time Is a Dark Feeling”, de Emily Alone, sonó confesional y nos devolvió la crudeza de aquel periodo en solitario; “Organ’s Drone” y “Red Bird Pt. 2 (Morning)” (favorita personal), recordaron que Florist (2022) sigue siendo un mapa del duelo; “I Also Have Eyes”, que Sprague reconoció que no suelen interpretar, aportó un ritmo inusual para un disco que estuvo marcado por el recogimiento y la depresión; y “Dandelion”, de Florist (2022), devolvió a la sala un aire folk para una letra que no rehúye hablar de la muerte.
Sprague explicó entre canciones que hace música para ayudarnos a sentirnos vulnerables y sensibles, para conectar con otros de forma íntima y, de paso, pensar en el cuidado propio y en el del mundo. Un planteamiento sencillo, pero de gran valor en los tiempos que corren.
El cierre llegó con “Gloom Designs”, y en más o menos una hora (que supo a muy poco) Florist plantearon un concierto compacto y coherente. Sin bises ni adornos innecesarios. A veces basta con dos músicos, un buen repertorio y un público atento para que un concierto habite en un territorio frágil y vulnerable, pero tremendamente cercano.
Texto: Álvaro Rebollar
Fotos: Fernando Ramírez






