
Llegar al Valle de Tobalina es una experiencia para los sentidos… Desde la vista, al ir enfilando las curvas y atravesando túneles –más cuevas excavadas en la ribera del Ebro que túneles propiamente dichos–, hasta el olfato, que para un urbanita resulta casi un lujo.
Nunca había puesto un pie en estas tierras y, la verdad, es que encantó, porque el paisaje te recibe con un auténtico bofetón de belleza. Claro que el primer golpe de realidad nos lo dio la Guardia Civil con un control que iba un poco más allá de los “de toda la vida”, quizá porque buscaban a camellos más que a consumidores. Muy educados, sí, y quizá necesarios para frenar a los que conducen en un estado, digamos, poco compatible con la carretera.

El festival despegó en la Plaza Mayor del pueblo y parece sacada de un cuadro costumbrista, con la iglesia vigilando desde arriba como si también quisiera bailar. Les correspondió abrir a Pablo Amann y sus Wayward Sons, y demostraron que abrir un festival no es tarea menor. Sonaron compactos, solventes, con ese oficio que sólo da la carretera y la tranquilidad que te dan las buenas canciones. Quizá por eso me pilló a contrapié ese final a golpe del «Lonely Boy» de los Black Keys, pero reconozco que a un público variopinto le vino de perlas para entrar en calor.
Después le llegó el turno a uno de los platos fuertes del festival, The New Christs, que tuvieron que pelear en la primera parte del show con un sonido que en primera fila fue una pesadilla, una bola de ruido que me obligó a huir hacia atrás como si escapara de un huracán eléctrico. Allí la cosa mejoró considerablemente, pero para mí el hechizo ya estaba roto. También reconozco que me cuesta ver envejecer sobre el escenario a gente que admiro y a la que he podido disfrutar veinte o treinta años antes. No obstante no se le puede poner pega alguna a su entrega, poderío y carisma de Rob Younger. Tampoco de su repertorio, aunque está lejos de la colección de himnos que Radio Birdman concentraron en sus dos primeros discos. Opinión personalísima, lo sé, pero no me bajo de ese burro.
A partir de ahí todo fueron alegrías: porque el divertido Mike Sánchez sacó a relucir su buen rollo y desparpajo, blindado por un vacilón repertorio de rock and roll, piano boogie woogie y R&B. Le respaldaban los siempre solventes Daniela y Roi, de los Limboos, y dos músicos a los que conoció minutos antes de saltar al escenario y con los que ni había ensayado: un contrabajista del que no recuerdo su nombre y Daniel Herrero, tremendo saxofonista que dejó al propio Mike boquiabierto. El cierre lo pusieron los implacables Eh, Mertxe!, garantía de locura y diversión. A guitarrazo limpio provocaron un contagioso y desmadrado pogo, aunque desde luego no apto para todos los públicos.

El sábado arrancó a la hora de vermú en el escenario de la coqueta, simbólica y agreste Plaza de la Mujer Rural. Los asturianos Montefurado demostraron que, también sobre las tablas, su disco Heavy Heads es uno de los mejores de 2025. Marcos Montoto tocó con un gusto exquisito, bien respaldado por Mannfred, que además de solvencia derrocharon buen rollo y cercanía. Fue una experiencia que por sí sola ya justificó el viaje entero.
Ya por la tarde, Gorka y su Secta demostraron que en esto high energy tienen muy pocos rivales en la península, máxime con el aterrizaje de la ashetoniana guitarra de Álvaro Segovia. La tarde la cerraron Mississippi Queen & The Wet Dogs, banda vizcaína que celebra su décimo aniversario y que combina con naturalidad blues, funk, soul y americana y que tuvieron que trabajar duro para convencer a un respetable –a priori más rockero, garagero e incluso punkarra– que inicialmente mostró su reticencia con un par de metros de distancia de seguridad respecto al borde del escenario. El desparpajo de Inés –y el buen hacer de sus perretes mojados– logró que acabaran cantando las canciones de su último trabajo, Phoenix, y también alguna que otra versión.

Ya en el escenario principal, la noche arrancó con doblete italiano… Primero Lovesick, liderados por los Francesca Alinovi y Paolo Roberto Pianezza, todo un festín de country & western trufado de rockabilly. Dejaron una parte del set para recordar sus años como dúo, pero lo cierto es que ganan enteros respaldados por otra guitarra y percusión. Grandes canciones y simpatía a raudales que conquistaron la Plaza Mayor de Quintana Martín Galíndez. La intensidad subió con los Peawees, la banda de Hervé Peroncini, que combina de una manera muy personal rock and roll, garage, power pop e incluso high energy gracias a las guitarras que dobla Dario Persi de los maravillosos Radio Days… Algo así como un punto de encuentro entre los Remains –a los que versionan de vez en cuando– y los Hellacopters. Su pegada y el gancho de sus estribillos desataron de nuevo la locura y el desparrame de un respetable que, en su mayoría, no habría superado un control de la Guardia Civil. Ni de coña.
Pero el apocalipsis festivo estaba por llegar… Barrence Whitfield ha rejuvenecido al cambiar a los salvajes por los pollos como acompañantes, porque ya no es que los MFC Chicken sean una banda fantástica, es que además son unos cachondos mentales que contagian alegría mientras reparten una buena dosis de rock and roll e irresistible frat bailongo. Y cuando parecía que ya no se podía subir más la temperatura, llegaron los Bo Derek’s, que venían a adelantar en primicia Working Class Rock’n’Roll, el nuevo trabajo de la banda viguesa, que se editaría un par de días después. Óscar Avendaño se afianza como narrador costumbrista, el Mauro Entrialgo de la canción, mientras que en lo musical el legado de Wilko Johnson se va diluyendo cada vez más en la santísima trinidad del rock: Bo Diddley, Little Richard y Chuck Berry. Ya sin su traje blanco, el ex Siniestro Total consiguió poner a bailar a los cientos de personas que llegaron vivos a la madrugada del sábado.
EPÍLOGO
El Valle de Tobalina enamora por su encanto y por la militancia de los asistentes, que no van atraídos por el tirón mediático de algún cabeza de cartel, sino por la consistencia del mismo y por el amor a la música en sí misma. Como ocurre en otros modestos festivales que vertebran nuestra geografía rutera: Xiria Pop, Motor Beach, Cala Pop, Espina Fest, Zeporock, Birra Fest, Hogaza Rock, Caravaca Powerpop… Por mencionar sólo a unos cuantos. Ahora bien, que un festival sea gratuito es un arma de doble filo: porque por un lado, obviamente, facilita la afluencia de público y resulta entrañable la presencia de lugareños que observan aquello como el que va al zoo. Luego están los que simplemente van de fiesta y que pueden llegar a incomodar porque la música sencillamente se la suda. Pero también ha habido casos en los que la afluencia se ha desbordado hasta el punto de poner en peligro la supervivencia del evento. No ha sido el caso del Tobalina, pero me han contado que sí del Espina: porque la masificación multiplica la probabilidad de la presencia de auténticos indeseables que van a lo suyo sin respetar la esencia y personalidad del evento.
Texto y fotos: J.F. León






