
La diferencia entre un concierto memorable y uno excelente no está en el número de asistentes ni en los fuegos artificiales, sino en la entrega de un artista que se debe a su público. En un Palau Sant Jordi, que no llegó a llenarse —Bunbury bromeó sobre si alguien había aprovechado para ir a la playa—, fuimos testigos de que la fidelidad y la intensidad no dependen del aforo: el público vibró con cada frase, cada acorde y cada matiz de una voz que, después de décadas, sigue siendo extraordinaria.
La puesta en escena advertía de que estábamos ante un concierto trabajado, cuidado y medido al detalle, como solo se puede esperar de Enrique. Estética de cabaret, predominio de tonos rojos en el telón, una pantalla que proyectaba según la canción… y, sobre todo, un Bunbury dueño absoluto de cada rincón de las tablas, entre la solemnidad de sus clásicos y la complicidad de quienes seguimos su trayectoria desde los primeros discos. La sensación de profesionalismo era total: este hombre no necesita exagerar para impactar; su poder está en la música, en cómo la interpreta y en la relación que mantiene con la banda y con el público.

Hablando de la banda, el Huracán Ambulante volvió a demostrar que fue el trampolín ideal en los inicios de su propuesta en solitario. No son Los Santos Inocentes, más rockeros y directos, pero se mueven con una seriedad y un disfrute contagioso que transforma cualquier arreglo en algo vivo. Aportan profundidad, color y precisión. Cada miembro disfruta del momento y eso se nota: desde la concentración de Javier García en el trombón y la guitarra clásica, hasta la energía controlada de Rafa Domínguez a la guitarra eléctrica, pasando por el lirismo de Ana Belén a las voces y al violín.
El repertorio no cubría toda su discografía ni complacería todos los gustos, como el propio Bunbury avisó, pero las canciones elegidas se defendieron con uñas y dientes, desde la apertura hasta el cierre. Hubo momentos de pura intensidad: «El extranjero» sonó profunda y directa, «Big-Bang» mostró la faceta más funky y juguetona de la banda, «Apuesta por el rock’n’roll» fue celebrada como siempre, y «Desmejorado» recordaba a los tiempos de Bushido, con la tensión contenida y el poder de la voz de Bunbury al frente. «Lady Blue» tiñó la sala de emoción, con ese escalofrío que solo consiguen las grandes interpretaciones, mientras que «Parecemos tontos» en el bis, con un arreglo adaptado a la banda, sonó distinta pero igualmente magnífica. Fue un recordatorio de que la música de Bunbury no se limita a lo que está grabado; se reinventa en cada ciclo de músicos, en cada gira, buscando nuevas inspiraciones sin perder la esencia.

El público respondió con fidelidad y entusiasmo: la sala podía no estar llena, pero quienes acudieron celebraron cada momento, desde los clásicos hasta las sorpresas. Bunbury mantiene su reputación de profesional íntegro, entregado, agradecido y consciente de que el verdadero espectáculo se construye en la conexión entre artistas y público, y no en los números de taquilla. Fue un repaso vibrante y cuidadoso, un diálogo entre pasado y presente. No será la noche más memorable por la cantidad de público ni por el repertorio más inclusivo, pero sí por la entrega total de un artista que sigue defendiendo grandes canciones con la misma pasión de siempre, rodeado de músicos que saben sostener esa energía. En el Palau Sant Jordi, Bunbury confirmó una vez más que, con él, lo importante nunca es el tamaño del aforo, sino la música y la honestidad que se defiende sobre el escenario.
Texto: Borja Figuerola
Fotos: Marina Tomás Roch






