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Anna Bananahanack – Jamboree 3 (Barcelona)

La Sala 3 del Jamboree es una pequeña gema escondida muy cerca de la puerta principal. Y como las gemas, no está al alcance de cualquiera, pues únicamente se dejan ver por ojos atentos y curiosos. Como los del público asistente, dispuesto a dejarse llevar por un viaje desde las raíces del soul hasta el R&B más contemporáneo. Allí, sobre el escenario, Anna Bananahanack apareciendo como si la noche fuera suya, como si siempre hubiera estado destinada a ocupar ese lugar, sobre las tablas. Y quizá lo estaba.

El show, From Etta to Lizzo, es exactamente eso: un recorrido por la historia de las grandes voces femeninas, desde los 50 hasta el presente. Pero no se trata de vivir una sucesión de canciones bien cantadas. Anna no se limita a imitar; ella interpreta. Voz poderosa y llena de matices, para mover las canciones a su terreno, creado algo nuevo sin traicionar la esencia original. El concierto comenzó con una introducción instrumental como declaración de intenciones. A partir de ahí, la lista de temas fue una montaña rusa emocional: del groove juguetón de «About Damn Time» al desgarro de «Love on the Brain», o la energía desbordante de «Respect». En «Son of a Preacher Man», su timbre se volvió íntimo, casi confesional. En «You Don’t Own Me», fue puro carácter, una declaración de independencia que hizo que varias cabezas en la sala asintieran con complicidad. Medley femenino sin concesiones, destacando «Maybe», una de las favoritas de quien escribe. Y cuando llegó «Proud Mary», el público ya se había trasladado de la Sala 3 a un pequeño club en Nueva Orleans. Pero si hubo un momento que definió la noche, fue «This Will Be (An Everlasting Love)», donde todo se alineó: la voz de Anna, la entrega de la banda, la emoción del público.

En esta ocasión, Anna se acompaña de una banda sólida, con músicos con oficio y complicidad. Armand Albertí, serio, impecable, marcando el pulso desde la batería. Ignasi Poch, saxo tenor en mano, aportando calidez y brillo con cada intervención. Eli Pons, al teclado, concentrada, pero con una sonrisa que delataba el disfrute genuino de estar allí. Antonio Lorente a la trompeta, elevó varios momentos del concierto a puro espectáculo. Y en el centro de todo, el bajo de Louis Ceular y la guitarra de David Heredia, tejiendo la base sobre la que Anna podía desplegarse con libertad. No hay que olvidar a las coristas, Anna Cera Jaque Santtos, que no solo acompañaron con sus voces, sino que también aportaron movimiento, calidez y presencia, creando una sensación de comunidad sobre el escenario.

Llamó la atención la calidad técnica de los músicos, pero todavía más la sensación de disfrute compartido. Atentos a las indicaciones de Anna, a su más pequeño gesto o expresión que diera entender el siguiente paso, se miraban, sonreían, se empujaban a ir un poco más allá. Aunque el show estaba bien ensayado y medido, había espacio para la espontaneidad, para esa magia que solo ocurre en directo.

En su propuesta, Anna no se limita a rendir homenaje a las divas del soul y el R&B: revive su espíritu y lo trae al presente. Su carisma y potencia vocal llenaron la sala –además de deleitarnos con una breve interpretación de piano–, pero lo hicieron sin artificios, con una autenticidad que resulta cada vez más rara de encontrar. Al final, cuando el público salió del Jamboree, la sensación era clara: no habíamos asistido solo a un concierto, sino a una celebración de la música, de la emoción y de esas voces que, desde Etta hasta Lizzo, siguen resonando como si fueran eternas.

 

Texto y fotos: Borja Figuerola

 

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