Hay algo, en las viejas voces femeninas del blues, que me pone muy berraco. Esas negras al frente de una banda de paisanos, dibujando paisajes anteriores –muchos de ellos– a la Gran Depresión, o inmediatamente posteriores, con esas voces chabacanas y sensuales, me pueden. No hará falta dar nombres, para los entendidos, más allá de la que nos ocupa hoy.
Victoria Spivey, nacida en 1906, les sonará a muchos no sólo por sus méritos intrínsecos, sino por haber formado equipo con algunos de los mejores nombres del género, desde Clarence Williams al mismísimo Louis Armstrong. Su carrera a lo largo de las décadas de los veinte y los treinta forma parte de lo mejorcito del blues de aquellos años.
Pero nuestra historia empieza un poco más tarde. Treinta años más tarde, más o menos, cuando en 1961 funda Spivey Records junto al historiador del jazz Len Kunstadt. Primero, por grabar a primeras espadas del calibre de Muddy Waters, Otis Spann, Lonnie Johnson o Memphis Slim. Segundo, por incluir a un jovencísimo Bob Dylan aportando harmónica y coros a unas sesiones con Big Joe Williams. Y tercero y ahí vamos, por apadrinar a una chiquilla nacida como Maria Grazia Rosa Domenica D’Amato, habitual de los ambientes folk del Village. La tal Maria captó la atención de la veterana cantante, cuando ésta la vio actuar con la Jim Kweskin Jug Band.
Casada con uno de sus miembros, Geoff Muldaur, Maria ha mantenido una carrera –más allá de su celebérrimo «Midnight at the Oasis»–, para la que necesitaríamos mucho más espacio del disponible. Digamos simplemente que, parte de ella, la ha dedicado a resucitar, reivindicar y/o mantener el legado de aquellas pioneras del blues. Más de cuarenta álbumes lleva a sus espaldas, en no pocos de ellos incluyendo pequeños clásicos del blues femenino de principios de siglo. Y en esa línea, nos entrega ahora un tributo a la que fue su ídolo y madrina: One Hour Mama: The Blues of Victoria Spivey.
En las doce versiones que contiene el disco, Maria se mueve como pez en el agua recreando canciones, muchas de ellas, centenarias o cerca de serlo. Obviamente el perfil y el background de ambas artistas -más allá de compartir sexo y nacionalidad- no podría ser más distinto, como tampoco podrían serlo la época y las circunstancias en que crecieron y desarrollaron sus carreras; pero Muldaur tiene el suficiente talento, sabiduría y tablas para recrear sin problemas temas como «My Handy Man», «Don’t Love No Married Man», «Organ Grinder Blues», «No, Papa, No!», «T-B Blues» o la propia «One Hour Mama» manteniendo su sabor, su esencia y sus -en más de una ocasión- lascivos dobles sentidos.
Escoltada por un grupo de músicos de auténtico lujo y con colaboradores de postín como Elvin Bishop en «What Makes You Act Like That», y Taj Mahal en la magnífica «Gotta Have What It Takes» (vaya dos duetos, chaval, canela), Muldaur -productora a su vez- nos regala en One Hour Mama una estupenda -soberbia, incluso- carta de amor a una mujer, una música y una época irrepetibles.
Eloy Pérez






