
Bienaventurados los que llegan a tiempo para ver al bajista valenciano Vincen García, quien presenta su álbum debut, Ventura; una mezcla de jazz, funk y fusión muy acorde para dar la bienvenida al maestro de estos lares, Herbie Hancock. Lamentablemente no alcanzamos a ver la propuesta de García.
Nos recibe un atardecer de colores pastel de ese cielo de Madrid tan prometedor como inalcanzable. Mientras esquivo a la multitud que apura los últimos minutos antes del concierto para hacer acopio de la cena, me viene a la mente una gran frase de un buen amigo y ángel de la guarda a tiempo parcial durante este periplo loco en la capital: «Madrid es la ciudad donde parece que se pueden cumplir tus sueños (pero no)». La reflexión no viene a cuento, lo sé, pero he aprovechado la ocasión, disculpen las molestias. Tomo asiento en la ultimísima fila donde, además de disfrutar de la ‘perspectiva’ que te brinda la vista de pájaro, ejem, me acompañarán el sonido ambiente de pista y barras, que asciende hasta aquí como desde los infiernos, así como el de las cigarras, mucho más ameno y apropiado.

El artífice de Head Hunters (1973), esa joya entonces inclasificable que rompió moldes, corsés y mentes blandengues, responde con una enérgica carcajada a la ovación entusiasta del público. Corretea de un extremo del escenario al otro, en una demostración sana de su admirable forma física –hacia el final del concierto nos recordará que nació en 1940, en los albores de la II Guerra Mundial («No queremos más guerras mundiales, ¿verdad?»)–.
Agradece las caras jóvenes que vislumbra entre el público, nos dice que nos quiere a todos y, sin mayor dilación, procede a ejecutar su gran obertura, un popurrí –¿para que escribir un obtuso medley cuando podemos decir un alegre popurrí?–, de improvisaciones y temas varios que se prolonga durante algo más de media hora. Toda una demostración de su característico afán por el experimento virtuoso, en la que caben incluso sonidos de «dinosaurios y extraños pájaros». Como respuesta a semejante alarde, un exaltado del público le pide un hijo a Hancock. La gente está entregada, damos fe (en las gradas es otro cantar, atisbo desde las alturas con la frialdad de un dron).

Hancock pasa de la estridencia funk a la espiritualidad más tribal –el budismo le sienta tan bien–; y no deja para el final presentar a su portentosa banda, a saber: Lionel Loueke a la guitarra; Terence Blanchard a la trompeta –«que suena como toda una brass band», apunta el líder–; James Jenus al bajo y un veinteañero que podría ser su nieto, Jaylen Petinaud. De hecho, no se resiste a presumir de su propio nieto, de cinco añitos, quien ya ha recibido su primera clase de piano, nos cuenta orgulloso.
Con una jovialidad verdaderamente envidiable, introduce “Footprints”, versión de su queridísimo mejor amigo Wayne Shorter. Tal vez la clave de su vitalidad resida en ese entusiasmo ‘infantil’: ora al piano, ora al sinte, parece un niño chico descubriendo con inquieta voracidad un juguete nuevo.
Otro gran clásico como “Actual Proof” muestra a un Hancock en estado de gracia, ensalzado con ese arreglo precioso de Blanchard a la trompeta. El de Chicago es lo suficientemente enorme como para dar su espacio de protagonismo/virtuosismo a cada miembro de la banda, alternando marcianadas y el jazz más delicado.
En esas llega el terrible ‘inciso’: Hancock tira de vocoder para enviarnos su mensaje extraterrestre. Alterna chistecitos con mensajes solemnes a la paz y a la armonía, en una mezcla un tanto inconexa que, unida al efecto extraño de la voz, se hace cansina (tal vez no sean más de diez minutos en total, pero se hacen eternos). Se lo perdonamos porque es Hancock y porque enternece su entusiasmo: parece que acaba de descubrir este efecto que inventó el bueno de Homer Dudley, allá por 1938, dos años antes de que naciera nuestro querido camaleón.

Es una pena que el mensaje se quede en rocambolesca anécdota, pues alude a la ética, a convertir el veneno en medicina y a tener cuidado, en definitiva, con el futuro tenebroso que nos acecha. «Podemos perderlo todo, y no queremos que eso pase, ¿verdad?». Tras este desconcertante lapso, vuelve en sí para deleitarnos con medicina de la buena: un solo de guitarra y voces tribales a cargo de Loueke, seguido del último popurrí funky ochentero: “Rockit”-“Hang Up Your Hang Ups”-“Spider”.
Hancock, poderoso keytar mediante, despide esta última noche botánica de Madrid con el hit molón por antonomasia: “Chameleon”. Sin duda, una de sus mejores cartas de presentación. Una de tantas, se entiende, pues la paleta sonora de este hombre es como su curiosidad: inagotable. Mención especial al momento ‘cardio’ dando sincronizados saltitos junto a Loueke. Una se pregunta: ¿cómo podía enfadarse tanto Miles Davis con un músico tan afable como Hancock? Bueno, porque es Miles Davis; admiradísimo mentor de Hancock (y tantos otros). En cualquier caso, este acertó a llevar a Davis con la misma destreza que la vida: «Siempre busco aprender de las incomodidades».
«Om, ah-ma-re-ni, zu-wen-di-ye, so-ha», o sea, larga vida al rey.
Texto: Amaia Santana
Fotos: Salomé Sagüillo






