
Pocos minutos después del paso del tifón Outfit por el escenario de la Sala Upload, me encuentro a los hermanos Xavi y Armand Cardona, de la banda vilanovina Biscuit, departiendo emocionados sobre lo acontecido. “Es como cuando vi a The Posies por primera vez” –me comenta Xavi con ese brillo en la mirada – “Recuerdo que dije ‘¡Mañana me vendo la guitarra!’”. “¡O la primera vez con Redd Kross!”, apunta Armand.*
Les entiendo perfectamente, semejante exhibición de non-stop rollercoaster rock’n’roll puede llevar al artista más bregado a preguntarse cuán lejos está de esa cúspide de entregada precisión y desbordante musicalidad. Esa noche andaba también por allí otro desbocado musicón amigo de esta casa, Eneko Etxeandia del quinteto vasco Lie Detectors, quien disfrutó también del paseo de la cuadriga de Romano & Co.; aunque, rebajada la excitación al cabo de unos días, apostilló que había algo de automatismo en el hecho de encadenar un tema tras otro. Luego daré mi opinión al respecto…
Porque antes toca hablar del concierto de Carson McHone. Acompañada por el resto de los Outfit, abrió la velada para adelantarnos algunos de los temas de su cuarto elepé, Pentimento —que lanzará Merge Records en septiembre—, y entrelazarlos con otras gemas de su cancionero previo. Fueron treinta minutos en los que desplegó su cautivadora fusión del country de su Texas natal, con Americana pastoral y tintes de indie rock, fertilizada por una voz melancólica y penetrante y unas letras donde brotan metáforas vivas y emotivos diálogos interiores.
Un set vibrante en lirismo cuyo preludio fue la lectura —a cargo de la artista local Laura Frade, del cuarteto Primer Infant— de un aforismo filosófico del ensayista y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson (1803-1882) que dice así: “El cielo camina entre nosotros, muchas veces tan envuelto en triples o múltiples disfraces que engaña incluso a los más sabios, y nadie sospecha que los días sean dioses.”

Lo que hizo que el concierto de los Outfit adquiriera un tono casi trascendental fue precisamente su negativa a frenar, a bajar el pulso o romper el hechizo con divagaciones innecesarias. Daniel Romano, Carson McHone, Tommy The Major e Ian Ski Romano encadenaron los temas —casi veinte en poco más de una hora de concierto— con una precisión casi litúrgica, como si ejecutaran una ceremonia rock en estado de catarsis, donde la poética y la estética, el ritmo imparable, el sudor y la entrega escénica formaban un todo indisoluble.
Más que un concierto, aquello era una invocación, una descarga cruda y milimétrica que no permitía pensar, solo sentir. En ese trance compartido, el pasado de esta fogata musical alrededor de la cual llevamos los ruteros ya 40 años danzando —su épica, sus raíces, su teatralidad—, se reconciliaba con el presente más urgente y, por qué no, abría una grieta hacia el futuro: un porvenir donde el rock, lejos de la nostalgia o el museo, sigue teniendo el poder de agitarnos el cogote y electrificarnos la piel. Porque, como decía aquel verso de Emerson, quizás los días sí sean dioses… y ese fue uno de ellos.
* Por suerte, los hermanos Cardona no se dejaron vencer por el desánimo comparativo y llevamos más de treinta años disfrutando de su indómito power-pop garajero. Per quan un nou disc, ganàpies?
Texto: Roger Estrada
Fotos: María Valls Miró








