«Black Mamba», el tema de apertura del primer disco de la banda Alice Cooper desde el lejano Muscle of Love (1973), define muy bien lo que es el grupo en su esencia, en el que solo falta el iconoclasta Glen Buxton: crudos pero sin la necesidad de ser ruidosos; es decir, mejor trotar, como en «I’m Eighteen», que correr y descarriar; sin overdrive pasada de vueltas, solo intensidad y la tercera nota discordante; hard con un toque de veneno y sin miedo a arriesgar; The Yardbirds poniendo banda sonora a una película de misterio.
Estos son los fundamentos del Alice Cooper Group, pero también hay que advertir de que todo aquel que espere una nueva versión de Killer en 2025, va listo. Los que hayan evolucionado, sin embargo, van a cerrar los ojos y se van a emocionar de verdadera satisfacción con el material aquí expuesto. El bajista Dennis Dunaway es el más creativo hoy día, si nos ceñimos a las canciones propiamente dichas. El guitarrista Michael Bruce mantiene el toque, bonito y reconocible. A Alice da gusto oírle cantar, sin tener que forzar o chillar. Ha vuelto a su tono más Morrison, el más sencillo pero el más natural. Gyasi Heus —que también tiene una carrera solista más que llamativa— y el bueno de Rick Tedesco han grabado las guitarras que no son de Bruce. En «Black Mamba» es Robby Krieger el que solea.
Sin embargo, es el jodido Neal Smith el que hace que esta banda no sea una banda normal y corriente, con su batería destartalada, a veces casi infantil, pero siempre esperando en la esquina para sorprendente con algo que a otro no se le ocurriría en diez millones de años. ¿Cómo transforma un buen pero sencillo tema de rock como «Wild Ones» en algo que se eleva a los altares del mejor arena-rock? La única respuesta la tiene él, que por algo le apodaban Mr. Avant-garde.
Por otra parte, todavía tienen la capacidad de escribir una canción pop y transformarla en un pequeño “nugget”: «Up All Night». No olvidemos que estos son los tipos de «No More Mr. Nice Guy» y «Be My Lover». Luego están los épicos seis minutos de «Blood in the Sun», que te llevan a entender como una banda de garage americano supo mimetizar el movimiento surrealista con el rock’n’roll como nadie ha intentado, si quiera, llevarlo a cabo.
Hay un momento en el disco en el que parece que la cosa baja, entre la séptima y la octava canción, pero todo se aclara cuando atacan con la cabaretera «What a Syd» y el nivel vuelve a ser de órdago. No lo intenten, no van a encontrar un disco de rock como este en todo el año. El Alice Cooper Group no ha vuelto, estaba de parranda.
SERGIO MARTOS







buena reseña de un buen disco