
La memoria no es de fiar, ni tan aparentemente hermosa o traumática. En realidad, cuando nos asalta un hecho del pasado, estamos recordando la última vez que nos vino a la mente. Cuantas más veces recordamos algo, más lo estamos elaborando y transformándolo. De ahí que Van Morrison, que compuso algunas de las más transportadoras canciones sobre la regresión vivida con los cinco sentidos, titule su álbum con una paradoja. ¿Estaremos también recordando el presente pues al hacerlo este ya se nos ha escapado?
Canta el norirlandés en «Remembering Now»: “Es como si nunca te hubieras ido / De vuelta al punto de partida / En el eterno ahora / Cierra los ojos, siente la presencia / En el paisaje / Pasado y siempre presente / Recordando el ahora”.
Su primer álbum con material propio desde What’s It Gonna Take (2022) —desde entonces publicó dos regeneradores tributos al skiffle y el rock’n’roll más un álbum de dúos—, Remembering Now supone una considerable reválida en un artista que a menudo transitó en piloto automático. Confortable, sí, excepto cuando lanzaba soflamas antivacunas y seniles exabruptos sobre la actualidad, como en Last Record Project (2021).
El álbum arranca jovial en «Down to Joy», grabada para el filme de Kenneth Brannagh Belfast que sirvió de primer estímulo al proyecto, e «If It Wasn’t for Ray», que hace por Ray Charles lo que otra de sus canciones hizo por Jackie Wilson. Proyecta un optimismo que parece exudar de un corazón todavía enamoradizo, como en «Once in a Lifetime Feeling» —con letra de Don Black, que firmó con John Barry muchos clásicos del cine— o «Back to Writing Love Songs». Sin embargo, el anhelo general es trascender. En «Haven’t Lost My Sense of Wonder», que autocita aquel ignorado álbum de 1985 y sus paisajes espirituales trenzados por órgano Hammond y saxofón, suena todavía consciente a sus casi 80 años.
Quizás no sea, como se ha dicho, su mejor grabación desde Hymns to the Silence en 1991, pero a aquellos cánticos susurrados remite en cortes como «Cutting Corners» o «Stomping Ground» y su retorno al Belfast de la infancia, conversando con soul, jazz, blues, folk y country, sin que estos limiten su arte único. Vuelve a colaborar con el arreglista Fiachra Trench, como en Avalon Sunset (1989), y sigue avanzando con la ética del jazz, lo que le mantiene mirando siempre adelante.
En el segundo acto, se impone el rapsoda espiritual. Suenan «Memories and Visions», «When the Rain Came» o la final «Stretching Out», su favorita, donde canta: “Sentimientos de los que no puedo quejarme vuelven corriendo a mí / Sentimientos de antaño / El otoño dorado se extendía ante nosotros”. Él aclara, en una entrevista para su web, que fue la nostalgia la que le llevó a rememorar una vez más aquellos impulsos juveniles que le convencerían de que él también podía dedicarse a la música.
La espiritualidad no es para Van Morrison una creencia, sino una energía, una frecuencia, que tuvo que comprender, inicialmente leyendo a Carl Jung, para que no le afectase la mistificación que el público y los medios suelen proyectar sobre un famoso, esa presión que a tantos ha llevado a la intoxicación autodestructiva. Y, con renovada vitalidad, se aleja de las polémicas de impacto negativo, entregando un disco sin declaraciones iracundas.
Insiste en que nunca tuvo otra ambición que la supervivencia. Lo que importa es el trabajo, no la mitología que se crea alrededor del artista. El hombrecillo introvertido de enorme alma siempre fue un pragmático. Lo intuíamos, pero se agradece la confirmación. Quizás ya no tenga el coraje de la juventud, pero no se ha apeado del tren. Un héroe.
IGNACIO JULIÀ






