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Autopsia en Sunset Boulevard, el Rey al desnudo

Cuando uno piensa que ya no queda ni una sola cinta olvidada en los sótanos de Graceland, que el barril ha sido rascado hasta convertirlo en serrín, la maquinaria de RCA —o quienquiera que maneje ahora las llaves del reino— vuelve a la carga. Y lo hace, como siempre, con la promesa del Santo Grial: la colección definitiva.

Una palabra que, en el negocio de la arqueología del rock, ha perdido todo su significado a fuerza de repetirla. Pero aquí, en la redacción de Ruta 66, nos hemos sumergido en él de arriba abajo sin saltarnos una sola toma falsa ni una broma entre canciones. Y tras la inmersión, emerge la conclusión de siempre: la delgada línea que separa el documento histórico del mero sacacuartos, la revelación sónica de la redundancia para completistas, es tan fina como un surco de vinilo.

Esta vez el artefacto se llama ‘Sunset Boulevard’, un mamotreto de 5 CDs (y su correspondiente extracto en doble vinilo) que documenta las correrías de Elvis Presley por el estudio homónimo de RCA en Los Ángeles entre 1970 y 1975.

Vayamos al grano. Los dos primeros discos son el cebo principal: nuevas mezclas, despojadas de los overdubs que a menudo convertían las grabaciones de Elvis de los 70 en una especie de pastel de bodas sonoro, con más capas de coros y orquestaciones que de rock and roll. Aquí, nos prometen, está el Rey desnudo. O casi. Es Elvis frente a su TCB Band, esa apisonadora sónica formada por fieras como James Burton a la guitarra, Jerry Scheff al bajo y el metrónomo humano Ronnie Tutt a la batería. La idea es tentadora, no nos engañemos. Escuchar «Burning Love» sin el empalago de los coros de The Sweet Inspirations es casi una experiencia religiosa, un regreso al útero del rock de garaje que Elvis, incluso hinchado y embutido en lentejuelas, nunca olvidó del todo. Lo mismo ocurre con «Always On My Mind», que sin el almíbar orquestal se revela como lo que es: una confesión cruda y dolorosa de un tipo que lo tenía todo y, a la vez, no tenía nada.

Es en estos momentos, en esa interacción casi telepática con su banda, donde reside la oportunidad de este lanzamiento. Es el Elvis que no se fiaba de los productores de Nashville, el que necesitaba el calor de sus músicos de directo para prender la mecha. Se masca la tensión, se oyen las bromas entre tomas, los arranques en falso… Es el chascarrillo convertido en documento: el sonido de un gigante buscando la chispa en un estudio que, para él, ya era más una oficina que un templo.

 

Luego vienen los otros tres discos: ensayos. Horas y horas de ensayos para sus maratonianas residencias en Las Vegas. Aquí es donde el juicio se nubla. Para el completista, para el musicólogo amateur que quiere saber cuántas veces se equivocó en el puente de «Polk Salad Annie» antes de clavarlo, esto es maná caído del cielo. Para el oyente medio, puede resultar tan apasionante como leer el listín telefónico de Memphis. Es la diferencia entre la oportunidad y la necesidad. ¿Es fascinante escuchar a Elvis y su banda engrasando la maquinaria? Sin duda. ¿Es necesario para comprender su legado? Probablemente no. Es el equivalente sónico a los extras de un DVD que nunca ves, pero que te alegra saber que están ahí.

Porque no nos engañemos, este es el Elvis crepuscular. El del 70 al 75. El que ya había vuelto en el ’68 Comeback Special, había grabado sus últimas obras maestras en Memphis y ahora se deslizaba, entre karatekas y pastillas, hacia la parodia de sí mismo. Pero incluso en esa pendiente, el tipo era capaz de encenderse. Temas como «T-R-O-U-B-L-E», grabados para el álbum Today, son la prueba de que el viejo tigre aún podía rugir. Un rock and roll sudoroso y macarra, casi punk en su urgencia, grabado cuando el punk ni siquiera tenía nombre.

Entonces, ¿merece la pena el desembolso? Como diría un viejo bluesman, depende de lo sediento que estés. ‘Sunset Boulevard’ no va a cambiar tu percepción de Elvis si te quedaste en el chico de Tupelo que escandalizó a América. Tampoco te reconciliará con su etapa final si la consideras una traición a sus raíces. Pero si te interesa el proceso, la cocina del mito; si quieres entender cómo se construía el Muro de Sonido de Las Vegas y, sobre todo, si quieres escuchar, aunque sea por un instante, la voz de Dios sin los querubines celestiales detrás, entonces sí, este artefacto tiene sentido.

No es la colección definitiva, porque esa no existe. Es, más bien, una autopsia fascinante. Una radiografía de un Rey en su jaula de oro de Sunset Boulevard, demostrando que, incluso cuando el negocio intentaba ahogarlo en oropel, el rock and roll puro y duro siempre encontraba una grieta por la que salir a respirar. Y solo por eso, quizás, este evangelio apócrifo merezca ser escuchado.

Texto: Sendoa Bilbao

 

 

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