
Lo de Weezer siempre ha sido un enigma. Desde aquel videoclip en forma de actuación televisiva, y en clave universitaria, de la adictiva «Buddy Holly» Sin duda, aquel era el retrato del prototipo de nerd americano.
Y es que, si nos ponemos a comparar, no hay otra banda con una trayectoria parecida a la suya. Su singularidad, marcada, sobre todo, por la extraña pero divertida personalidad de Rivers Cuomo, condiciona cada uno de sus movimientos. Nunca han sido, ni son (ni tampoco serán) predecibles. Por tanto, que llevaran más de veinte años sin pisar Barcelona (en general han sido pocas sus visitas a España) era una posibilidad dentro de un esquema como el suyo, casi siempre indescifrable. Las rutas las eligen ellos (y su equipo) y por lo que sea, no han llegado hasta aquí con la asiduidad deseada por sus seguidores.

Así pues, que el papel se agotara tan pronto no fue una casualidad. Era una de esas citas marcadas en rojo en el calendario. Cualquiera que viviese a fondo los noventa les tenía en su radar. Y más con un caso como este, con un sonido y unas directrices tan únicas. De hecho, con Weezer no hay un término medio, hay quienes les aman y, los que no, muestran indiferencia. Con este mapa, solo quedaba una duda por resolver, ¿con qué actitud iba a salir Rivers Cuomo al escenario? El abanico de posibilidades era amplio, y el asunto (no podía ser de otra manera), iba a ir de extremos: podía ir desde la pasividad hasta la euforia. Y en este caso apostaron por lo segundo: Rivers salió desatado. Enérgicos, comunicativos, dicharacheros y, ante todo, dispuestos a disparar hits. Uno tras otro.
Su catalogo de canciones es exquisito y soberbio. Abordan el disco azul entero y pinceladas de los otros, con Pinkerton (su obra más rabioso y eléctrica, una colección impregnada por el espíritu de los Pixies) en un lugar de honor. Con un sonido, quizá, discutible. Pero en esta ocasión qué más daba, el grupo iba en volandas (todas las canciones coreadas y celebradas como un gol en la final de un Mundial, de “Hash Pipe” a “No One Else”). Entre tanto, imágenes en pantalla que explican su universo: la ciencia ficción, planetas, estrellas y naves especiales, esa obsesión retro futurista y el logotipo de la banda en mil formatos distintos. En efecto, Weezer no es una banda cualquiera. Están en otra órbita. No había más que ver las caras a la salida: el reflejo de la felicidad más absoluta.

Como me dijo un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía: uno de estos al mes y todo solucionado. Cuomo prometió que, a partir de ahora, nos visitarían cada verano. Ojala, tenían deudas pendientes. Pero claro, con ellos cualquiera sabe. Si bien, será algo que no les tendremos en cuenta, ser seguidor de Weezer tiene sus riesgos y algún peaje había que pagar. Mientras, soñaremos con que en una noche de verano de 2025 cantamos a viva voz “The Good Life”. Y eso no tiene precio.
Abrieron Bad Nerves, la banda de Essex, y con el factor de riesgo ya contemplado —como era el de enfrentarse a un público que evidentemente, en su gran mayoría, no se encontraba allí por ellos— se le añadió otro inesperado: el del sonido, que sufrió sobre todo en la ecualización de las guitarras, lo cual, de inicio, los hizo parecer algo encorsetados.

Pero, a base de aplicar su dinámica habitual y evidenciando que han ganado todavía más tablas, supieron llevarse al público a su terreno durante su set de media hora. Si bien una de las quejas habituales del público en los shows es que el cantante habla en exceso, en esta ocasión fue necesario para meterlos en el ambiente adecuado. Y cuando sonaron las últimas notas de “Dreaming”, poca gente no estaba convencida de su potencial.
Texto: Toni Castarnado (Weezer)
Texto: Óscar Fernández (Bad Nerves)
Fotos: Fernando Ramírez






