
Si hay una cita en el calendario festivalero estival que suponga un soplo de aire fresco entre tanto evento masificado ese es el Vida Festival. Cada año, alrededor del recinto modernista de La Masía d’en Cabañes se desarrolla un festival que es una clara apuesta por la calidad, tanto en lo musical como en lo conceptual. Es un verdadero lujo llegar el primer día a los alrededores del lugar paseando entre viñedos, oteando el mar, entrar en el recinto sin tener que sufrir ningún tipo de cola y comprobar que la distancia entre los escenarios es humana, los food truck de la zona de comidas son de una altísima calidad y que te aguardan tres jornadas de música con un cartel ecléctico, delicado, elegante y plagado de pequeñas gemas que irás degustando con la pausa necesaria para gozar de ello en plenitud. ¡Sí, señor! Definitivamente, eso es Vida.
Jueves
En su undécima edición, y bajo el lema #VidaReborn, el festival renace con una estética cuidadosamente trabajada; una ecofilosofía que bebe de la naturaleza, la proximidad y el arte, y un cartel sensiblemente más interesante que el del año anterior.
Calentamos motores con los ritmos exóticos de Peter Cat Recording Co., procedentes de Nueva Delhi que nos ofrecen un chispeante concierto fundamentado en su particular sonido, que mezcla con elegancia géneros tan diversos como el jazz, cabaret y pop experimental, fusionados con toques de bollywood vintage, soul de los años 50/60, electrónica y psicodelia
Acto seguido, La Ludwig Band -ya unos fijos del festival de Vilanova- inauguraban el escenario principal acompañados por una big band con las Tarta Relena a los coros, Meritxell Nedderman a los teclados, Alba Armengou y Eva Fernández a los vientos, sin olvidar una generosa sección de percusión. Como siempre, apelando a ritmos stonianos, melodías dylanianas y reminiscencias a The Band dieron un concierto festivo y divertido que hizo las delicias del numeroso público local.

Pero si había un nombre que destacaba sobre el resto en esta jornada inaugural era sin lugar a dudas el de Richard Hawley, que salía al escenario risueño y enérgico, acompañado por Colin Elliot (bajo), Shez Sheridan (guitarra), Dean Beresford (batería) y John Trier (piano). Con un setlist dónde abundaron las canciones más enérgicas de su repertorio como “Don’t Stare at the Sun”, “Leave Your Body Behind You”, “She Brings the Sunlight”, la reciente “Deep Space” o la que diera título a su multipremiado musical, “Standing at the Sky’s Edge”. El de Sheffield no olvidó maravillas melódicas imperecederas ya clásicas en su repertorio como “Cole’s Corner”, “Open Up Your Door” o “Prism in Jeans”, uno de los singles de su celebrado último álbum. Elegante como pocos, el músico de Sheffield remató con “Is There a Pill” y “Heart Of Oak”, dejando un muy buen sabor de boca.

Después de semejante demostración de clase todo nos sabe a poco y decidimos descansar hasta que llegó el turno de los australianos Royel Otis, que nos convencieron gracias a un enérgico concierto de indie rock en el que no faltaron ni la exitosa “Oysters in My Pocket” y las ya clásicas versiones del “Murder on The Dancefloor” de Sophie Ellis-Bextor i del “Linger” de los Cranberries.
Texto: Rubén García Torras
Viernes
El viernes arrancó con un sol criminal que dificultaba cualquier intento de disfrute diurno, aunque hubo valientes que se acercaron a primera hora al escenario El Vaixell para ver a Anna Andreu. Con un formato mínimo (ella misma y batería/violín), ofreció un concierto cálido e intimista, con ese tono entre el pop metafísico de Ferran Palau y la canción de autor mediterránea. Ideal para comenzar la jornada.
Más adelante, Yerai Cortés, tras un cambio de escenario que lastró la experiencia por el calor y la escasa sombra, convirtió el escenario La Masia en una liturgia flamenca. Arropado por un coro de mujeres y él solo a la guitarra, firmó uno de los momentos más sentidos del festival. Intercaló fragmentos de audio del documental premiado con el Goya y demostró por qué se habla de él como una de las grandes promesas del flamenco. Técnicamente impecable y emocionalmente imponente. Desde Bélgica, Bluai sorprendieron con un directo entre el folk-rock norteamericano y el indie melódico, con ecos de Faye Webster, Big Thief o Maggie Rogers. Versionaron “Old Man” de Neil Young y cerraron con una jam improvisada que los acercaba a los Crazy Horse (salvando las distancias, claro está). Tienen todo para dar el salto a algo más grande.

Uno de los conciertos más personales de todo el festival fue el de Ichiko Aoba. Vestida con un atuendo que recordaba a un uniforme de marinero, subió al escenario El Vaixell con su guitarra y una presencia delicada y etérea, a medio camino entre el folk ambiental y la ensoñación ritual. Fue un set delicado, hipnótico, de esos que exigen atención plena. Por desgracia, el silencio —tan esencial en su propuesta— no fue para nada absoluto, a ella se la vio bastante incómoda y algo del hechizo se rompió. Aun así, logró sostener uno de los momentos más frágiles y bellos de toda la jornada.
Pero el primer gran terremoto de la jornada llegó con Deadletter, una banda que, en un panorama saturado por el revival post-punk británico, consigue destacar con una personalidad arrolladora. Tras su reciente debut largo Hysterical Strength, el sexteto está llamado a pelearle el trono a Yard Act o incluso a los Idles de Tangk. Su propuesta va mucho más allá del riff urgente: el saxofón como elemento central, los bajos densos y las baterías que escupen ritmo y rabia configuran un sonido físico y sofisticado a la vez. Lo suyo es una mezcla explosiva de Fontaines D.C., The Fall y LCD Soundsystem con furia y destellos de free jazz propios de Black Midi. Se mostraron como una banda ya madura, capaz de pasar del noise más desquiciado a la elegancia sin perder pegada.

El directo fue creciendo hasta alcanzar un clímax con temas como “More Heat!”, “Mare Mortal” o “It Flies”, con esos guiños rítmicos a Madness o The Specials que les dan a la banda un aire bailable y urgente. El cantante, Zac Lawrence, un cruce imposible entre Paul Weller y un predicador punk, derrochaba puro magnetismo. Si Oasis hubiesen buscado una banda interesante para abrir sus conciertos de reunión, deberían haberlos llamado. Tienen la actitud, el sonido y, sobre todo, bastantes temazos.
Mientras tanto, Ca7riel & Paco Amoroso daban en el escenario principal un concierto que fue pura celebración. Fue, de hecho, el concierto con más asistencia de todo el festival, y la respuesta del público fue apoteósica. Y es que, con su música, que se mueve entre los ritmos latinos, el trap, la electrónica y el rock podrían haber naufragado entre tanto buenrollismo, pero manejan los códigos del pop global con inteligencia, y su propuesta (aunque mestiza y por momentos demasiado previsible) funciona como un reloj. En otro registro, Kae Tempest ofreció un recital de poesía y beats. Rap consciente atravesado por referencias clásicas, política europea y emociones intensas. Acababa de publicar disco ese mismo día Self Titled, pero repasó temas de todas las épocas. “More Pressure” destacó entre las demás, al lado de “People’s Faces”, seguro la cima emocional del concierto.

De lo melancólico pasamos a lo atemporal, pues los hermanos D’Addario, es decir, The Lemon Twigs, aparecieron vestidos como si el tiempo se hubiera detenido en la época dorada del pop, más o menos en 1968. No ofrecieron un concierto, sino un viaje sonoro a otra década. El repertorio se centró en su reciente A Dream Is All I Know, con joyas como “My Golden Years”, “Church Bells” o “They Don’t Know How to Fall in Place”, pero también rescataron piezas como “The One” o “Ghost Run Free”, ejecutadas con precisión y un respeto casi sagrado por la armonía vocal. Uno de los momentos más especiales fue el dúo final. Primero, la delicada “Corner of My Eye” y, justo después, como guiño inesperado, una versión de “Mejor” de Los Brincos, cantada con una mezcla entrañable de acento y devoción. Cerraron con “Rock On”, confirmando que para ellos el pasado no es tanto un estilo como una forma de vida.

La sesión posterior de Joe Goddard fue menos pop y melódica de lo que muchos asociamos a Hot Chip, y tiró más por una electrónica funcional, más pensada para cerrar pista que para sorprender. Para cerrar, Parquesvr ofrecieron una sacudida de post-punk madrileño con letras que no se cortan un pelo y que reparten a todo ser viviente. Sarcasmo ibérico, referencias a cualquier persona que te puedas imaginar, desde el Rey emérito a Toni Cantó, pasando por todo lo que se mueve por el Congreso y la tele.

SÁBADO
El sábado era, sin lugar a duda, el día grande para los nostálgicos del britpop. Supergrass, anunciados desde el año pasado, salieron a escena para celebrar los 30 años de I Should Coco, ese debut fulgurante que en 1995 irrumpió en mitad de la guerra Oasis–Blur como un soplo de euforia juvenil. Sobre el escenario, Gaz Coombes y compañía sonaron como si no hubiera pasado el tiempo. Tocaron casi todo el disco, aunque no en orden, y entre trallazos como “Caught by the Fuzz”, “Lose It” o “Lenny” intercalaron otros clásicos como “Moving” o “Richard III”, recuperando también piezas menos inmediatas como “She’s So Loose” o “Late in the Day”. En un set vibrante que fue de menos a más, llegó el inevitable clímax con “Alright”, himno generacional, y un cierre apoteósico con “Sun Hits the Sky” y “Pumping on Your Stereo” que dejó claro que, en directo, son muy buenos. Me atrevería a decir que incluso mejores que en su versión de estudio.

Mientras tanto, en la otra punta del recinto, Tarta Relena ofrecieron su habitual combinación de tradición mediterránea y experimentación vocal. Un concierto precioso, colocado en la hora perfecta del atardecer, donde sus voces tejieron un ambiente entre lo litúrgico y lo onírico.
Benjamin Clementine fue, sin duda, el artista más teatral y singular del festival. Apareció con una chaqueta de pelo, banda trajeada y una escenografía austera pero efectiva que remitía directamente al cabaret europeo de entreguerras. Su propuesta fue tan solemne como fascinante, y mucho más electrónica en lo instrumental que en sus inicios más pianísticos. El repertorio, dominado por temas nuevos como “Damn Abraham”, “Toxicaliphobia” o “Nicholas Nepolitano”, dejó entrever que un nuevo disco está cerca. El espectáculo creció con “Nemesis”, donde entraron en escena varias intérpretes de viento, reforzando esa atmósfera continental, decadente, entre Weimar y Montmartre.
Todo apuntaba a que iba a ser uno de los conciertos más memorables del festival, hasta que llegó “Condolence”. Clementine quiso convertirla en un canto colectivo, enseñando al público a repetir las frases, tanto en inglés como en castellano, bajando la intensidad del concierto para buscar comunión… pero la respuesta fue tibia, y el momento rozó por momentos la vergüenza ajena. La emoción se diluyó, el silencio fue incómodo, y lo que hasta entonces era una experiencia arrebatadora se lastró innecesariamente. Por suerte, supo recomponerse, cerró con “Tempus Fugit” y recuperó parte de la magia perdida. Aun con ese traspié, su actuación fue una de las más arriesgadas e interesantes de todo el festival.

A continuación, Future Islands volvieron a recordarnos por qué su fórmula, por más repetida que parezca, nunca cansa del todo. Su synth-pop emocional y líneas de bajo hipnóticas son de lo mejor del panorama. Pero aún mejor es su cantante. Samuel T. Herring es el alma del grupo, el motivo por el que todos están allí, el que hace que incluso las canciones más parecidas suenen distintas cada vez. Se golpea el pecho, se retuerce, cambia al gutural, se tira al suelo, se arrastra por el escenario y convierte cada gesto en un acto dramático. Es exagerado, sí. Pero funciona. “King of Sweden”, “A Dream of You and Me”, “Ran”, “For Sure” o “The Garden Wheel” se sucedieron junto a clásicos como “Seasons (Waiting on You)” o “Tin Man”. El resto de la banda cumple con eficacia quirúrgica, pero eso parece no importar demasiado, pues todo gira en torno a la figura de Herring y su despliegue físico y emocional. Y es que su magnetismo escénico tapa cualquier sensación de déjà vu que puedan provocar las canciones cuando se escuchan en cadena. Future Islands saben que la fórmula tiene límites, pero también saben estirarla como pocos.

Y para cerrar, Ezra Collective demostraron por qué están en boca de todos. Su propuesta, un cruce vibrante de jazz, afrobeat, dub, funk y reggae con alma de sound system, fue más una celebración que un concierto. El repertorio combinó composiciones de su reciente Dance, No One’s Watching junto a clásicos como “Juan Pablo” o “You Can’t Steal My Joy”. Las intervenciones habladas del batería, Femi Koleoso, pusieron el acento en el mensaje, con discursos sobre la música como espacio de resistencia y comunidad. Pocas bandas combinan tanto virtuosismo instrumental con una conexión tan directa con el público. No es habitual ver a una banda como esta en el cartel de un festival de estas características, pero lo cierto es que Ezra Collective ofrecieron uno de los conciertos más estimulantes del fin de semana. Fue el broche de oro perfecto para cerrar el festival, más interesante que cualquier DJ a esa hora, y por encima de muchas bandas.
El Vida 2025 ha vuelto a congregar a 32.000 personas en Vilanova i la Geltrú, reafirmando la fórmula que tan bien le funciona: una cuidada mezcla de artistas consagrados, nuevas promesas y propuestas inusuales, todo ello en un entorno idílico. La edición cierra, una vez más, con nota alta, confirmando el buen olfato curatorial del festival, su criterio estético y una identidad propia. De cara a 2026, ya hay primeras noticias: el dúo neozelandés Balu Brigada, con nuevo disco en camino, será el primer nombre de una edición que se celebrará los días 2, 3 y 4 de julio.
Texto: Alvaro Rebollar
Fotos: Marina Tomás Roch






