
En ocasiones, juntar en una sola noche la actuación de dos bandas míticas puede ser un arma de doble filo, y eso nunca suele ser bueno. Noches del Botánico unió en la velada de ayer 40 años de una parte de la música británica tan respetada como en ocasiones infravalorada, pero la cosa no salió como esperábamos.
El tiempo pasa para todos, pero para unos pasa mejor que para otros, y esto es algo que en ciertos ámbitos es difícil de asumir. Es duro ver el declive de una banda a la que admiras como es duro ver que tu futbolista favorito ya no regatea como antes o tu tenista fetiche no está en condiciones de levantar ningún Grand Slam. Sin embargo, y he aquí la gran diferencia entre música y deporte, es que un deportista no puede vivir de lo que ha hecho en su pasado mientras que hay bandas que siempre sobrevivirán -o deambularán- gracias a él.
Ver a una banda intentando aferrarse a su legado como quien se agarra a una pared con las manos embadurnadas de aceite genera una impotencia descomunal.

Un grupo que encontró su espacio en esa jungla que fue el inicio de la década de los 90, a la que los ahora endiosados hermanos Gallagher señalaban como una banda mejor que la suya, a la que el tiempo ha vencido y a la que únicamente le queda ampararse en la nostalgia no de lo que un día llegó a ser, sino de lo que fue capaz de transmitir.
Nada de eso queda en unos Teenage Fanclub a los que la ausencia de Gerard Love parece haber sentenciado el poco futuro que les augura. Un concierto plano en el que nada acompañó y que solo ensalzó la fugacidad de un conjunto cuyo tiempo ya ha pasado. Al final, la adolescencia es un etapa a la que nadie suele querer volver.

Ante este panorama salió James con su puesta en escena siempre descomunal. Una banda profeta en su tierra que siempre ha sido bienvenida en nuestro país y que ofreció un concierto solvente, pero tampoco memorable. Ante un sonido que nunca acompañó, ni en uno ni otro concierto, los de Tim Booth se limitaron a poner el piloto automático y a dejar que sus grandes canciones y la sintonía con el público hicieran el resto. Un show que, sin ser el mejor que los mancunianos han ofrecido en Madrid, cumplió con lo que se esperaba. Es fácil hacerlo cuando se cierra con una canción como ‘Sit Down’.
Texto: Borja Morais
Fotos: Salomé Sagüillo







Cuando un crítico escribe que el sonido de James en el Botánico no fue bueno y tú has estado allí sintiendo exactamente lo contrario, te preguntas si ese crítico estuvo realmente en el concierto o si se pasó todo el rato en el bar.
Efectivamente, hablando de James, el sonido fue excelente desde la pista y mi impresión, al contrario que el crítico, es que SI fue memorable. Es cierto que el público venía a ver a James y durante la actuación de TFC estuvo hablando masivamente (a ver si empezamos a erradicar esta costumbre, es impresentable), seguramente ante un concierto plano y, este si, con pésimo sonido. Sin embargo, fue empezar James y todo cambió. La banda es muy buena, 9 personas en el escenario, grandes músicos, y con muchas ganas, ellos disfrutaron y nosotros también. La crónica es bastante mala, sin hacer sangre.