
Una vez más, bajo el cielo estrellado de Madrid, volvemos al festival veraniego favorito de la capital: Las Noches del Botánico. Esta vez, para ver a Morcheeba y comprobar que aquellas melodías de finales de los noventa no son ecos del pasado, sino música plenamente vigente.
Morcheeba nos ofreció algo más que un concierto: una experiencia inmersiva. Visuales coloridos y cuidados, una puesta en escena elegante y sencilla, y una banda sólida de cinco integrantes que se unieron para conducirnos en un viaje que muchos no sabíamos que necesitábamos.
Desde los primeros acordes de «Trigger Hippie», el público se rindió a un ritmo suave y elegante, sostenido por la voz impecable de Skye Edwards, verdadero hilo conductor de la noche. Su presencia sobre el escenario —vestida con un atuendo que ella misma diseñó, según contó entre canciones— aportaba sofisticación y autenticidad a una actuación que ya lo era de por sí . Como detalle simpático, también bromeó sobre unas “chuches de THC” que llevaba consigo, provocando sonrisas cómplices entre el público.

El repertorio fluyó con naturalidad, alternando clásicos como «The Sea», «Otherwise» o «Part of the Process» con temas más recientes como «Blood Like Lemonade» o «Call for Love», sin perder nunca la esencia trip-hop que ha convertido a Morcheeba en una referencia.
Hubo espacio para momentos en los que se puso a prueba la cultura musical del oyente, como la interpretación a capella del clásico de Dawn Penn, «You Don’t Love Me (No, No, No)», que Skye convirtió en un pequeño homenaje a sus evidentes influencias reggae. O el final inesperado del primer tema con un fragmento del mítico «Love to Love You Baby» de Donna Summer.
El otro gran peso escénico de la noche fue Ross Godfrey, que nos regaló una auténtica lección de cómo jugar con guitarras eléctricas sin saturar los temas, aportando profundidad y matices dignos de un excelente director de orquesta.
Detalles como estos —junto con la interpretación en directo de las partes de viento o cuerda que en los álbumes de estudio suelen estar arregladas digitalmente— fueron un verdadero lujo en los tiempos que corren, ejecutados desde el bajo, la batería, el piano o la guitarra con absoluta precisión y sensibilidad.

El bis llegó con una versión de «Summertime», acompañada por imágenes de una playa y el canto insistente de una chicharra que, de algún modo, se coló en el ambiente e hizo reír a más de una. Cerraron con «Bleeding Out», como quien vuelve a tierra firme tras un viaje emocional.
Hay música que nace de un lugar profundo y que encaja perfectamente con ciertos momentos vitales. Encontrarla —y poder vivirla en directo— es un privilegio.
Anoche, Morcheeba nos recordó que la belleza sigue teniendo su espacio.
Texto: Almudena Belmonte
Fotos: Salomé Sagüillo






