
No hay cliché mayor para escribir sobre un artista que recordar que el directo es su entorno natural, pero nunca ha sido tan cierto como en este caso. Además, por partida doble. Gracias a la inteligente política (una más) de Noches del Botánico, aquí no hay telonero y artista principal, sino un doble cartel donde cada grupo goza del tiempo suficiente para ofrecer un show en pleno derecho.
Por ello, un Madrid azotado por la ceniza del incendio de Méntrida disfrutó de una noche de setenterismo transoceánico, conexión Geleen – Greenville con dos grupos que quizá no muchos se pongan en casa pero que animan la velada veraniega más plomiza.
Abrieron la noche los holandeses DEWOLFF, tan perfectos que parecen imaginados por una inteligencia artificial. Melena niquelada, pecho descubierto, sastrería deluxe y Firebird enchufada al ampli con cable retro, Pablo van de Poel lidera un power-trio (en su caso, guitarra, teclado y batería) engordado por dos coristas tan derivativo como convincente. Sobre todo en los momentos más expansivos, como en una «Snowbird» jazzy, que muestra que lo suyo va mucho más lejos del triunvirato Purple-Grand Funk Railroad-Black Crowes, hacia el soul y más allá. “¿Estáis listos para un solo de batería, hijos de puta?”, pregunta Poel al público y, poco después, ofrece una buena y mala noticia: solo les queda una canción, pero dura 22 minutos. Se trata de esa «Rosita» en la que aprovecha para pasearse entre el público, hacer de predicador y dejar al público satisfecho, incluso agotado.

En apenas unos años, MARCUS KING se ha establecido como un gran nombre de la escena sureña, pero quizá no habría sido suficiente con sus discos, bañados en country outlaw, soul, folk y blues. Es decir, todos esos estilos que nos ayudan a olvidar que King nació a mediados de los 90, algo a lo que también contribuye su apariencia adusta, matizada por unos rasgos aún aniñados pero ocultos bajo el ala ancha de su sombrero de cowboy. Nada más saltar al escenario queda claro que lo suyo es la jam subsección Allman Brothers, que asoman ocasionalmente durante el concierto, ya sea en forma de «Stateboro Blues» o recuerdos a la memoria de Elizabeth Reed. King se explaya con su Gibson pero tampoco duda en doblar guitarras junto a Drew Smithers o dar espacio a las teclas de Mike Ryunon.

Amplis Orange al fondo del escenario, teclado Hammond, bajo y guitarra para una formación que abre el concierto recordando el boogie a lo ZZ Top con «The Well», empalma con blues allmaniano y no decae con medios tiempos como «Hero» o «Beautiful Stranger». El próximo 26 de septiembre publicarán su nuevo disco, Darling Blue, del que sonaron algunas canciones como «Carolina Honey» o «Heartlands», con un arranque roots muy Steve Earle. En su haber, la habilidad para conseguir que temas como la balada «Delilah» suenen vigorizados en directo, sin que el público llegue a echar de menos la contundencia de momentos más vibrantes como esa visita a los garitos menos aconsejables de la ciudad en «Honky Tonk Hell» y «Too Much Whiskey».
Del country al folk pasando por el funk, se despiden con una «Lie Lie Lie» que arranca merecidos cánticos futboleros entre el público, ya entonces consciente de que pocas bandas quedan capaces de hacer esto. La despedida con el clásico de los Allman «Ramblin’ Man» sonó a créditos finales en una película que ya había llegado hace rato a su clímax, pero también a declaración de intenciones. Cuando sea hora de marcharse, espero que entiendas que soy un vagabundo. Y tras casi dos horas, se fue, pero dejó un inmejorable sabor de boca.
Texto: Héctor García Barnés






