
La presente edición del mediático festival madrileño ofrecía un cartel de picos y valles. En conjunto, hay que valorar el riesgo y apreciar el esfuerzo por traer grandes artistas y hacer posible grandes momentos, para el fiel lector de esta casa.
Destacar también que, como es habitual, la tarde del estío madrileña hace duras las primeras horas a la intemperie, resultando mucho más plácida a medida que se acerca la noche, donde se vivieron unas últimas horas sorprendentemente agradables los tres días.
La tarde del jueves se iniciaba con unos Fidlar gamberros y juguetones, ubicados en la carpa Mahou Cinco Estrellas. A la falta de aire y de un sonido óptimo, se sumó un pase muy destartalado del cuarteto. Tienen encanto, pero tanto guiño a otros artistas y tanto parón en cada canción difumina sus posibilidades en medio de un constante chiste sin gracia.

Ya en el escenario Ouigo (Escenario 3) Royel Otis demostraban que su hype está bastante justificado. Tienen buenas canciones pop, con mucho de los The Cure más luminosos pero, sobretodo, de lo más granado del indie de este siglo. Buenas voces, melodías bonitas y un directo con chispa. En el escenario Orange (2) Leon Bridges tiraba de tablas y de un cancionero más que correcto para convencer a pleno sol. Va sumando buenos discos sin hacer demasiado ruido, con paso firme, cosa de la que se beneficia un directo que ya es casi un clásico del festival.

Bright Eyes aparcaron parte de su repertorio más delicado para enseñar algo de punch festivalero. Nos perdimos su lado más sutil a cambio de un set más adecuado para el contexto. Mike Mogis lució gama de instrumentos de cuerda, vistiendo un cancionero que, en voz de Conor Oberst, especialmente sobre el escenario, suena apasionado y sentido. A Iggy Pop, como a la estrella mainstream de moda, Gracie Abrams, les falló el sonido por culpa de un sobrecalentamiento en la corriente eléctrica. En el caso de la Iguana, hasta dos veces tuvo que salir en falso, hasta poder avanzar el show con normalidad. Un jarro de agua fría que Osterberg capeó con mano derecha y mucho sentido del humor. En situaciones así las tablas lo son todo, como bien demostró nuestro hombre.
El repertorio, acortado por dichas contingencias, empezó con una retahíla de artillería Stooges, centrada especialmente en «Fun House» y «Raw Power». «TV Eye», «Gimme Danger», «Search and Destroy» o «Down on the Street» sonaron amenazantes, a pesar de contar con sección de vientos y con una banda de jóvenes músicos perfectamente aplicados, pero que poco tienen que ver con los desaparecidos hermanos Asheton. Y de su cosecha a título propio, destacó especialmente la habitual selección de «Lust For Life» y «The Idiot». Su maltrecha cadera y los achaques de una vida frenética no pueden ni con la persona ni con el personaje, si es que existe diferencia alguna entre ambos.

Iggy irradia un aura inextinguible a 56 años del debut de The Stooges. Y de momento, ahí sigue. Digno de admiración. Y de estudio.
Con Muse desaparecieron los problemas de corriente de un plumazo. Sonaron punzantes y sobrados de decibelios. Y a pesar de que la megalomanía e imaginería apocalíptica del talentoso Matt Bellamy resulta cargante, hay que reconocerle virtudes. Una, su sobrada capacidad vocal e instrumental, especialmente cuando no abusa de ella. Otra, sus eventuales aciertos compositivos. Y es que, cuando suena «Starlight», nos compensa tener que aguantar epopeyas de difícil digestión, cuyo título no es necesario recordar. Cal y mucha arena, pero siempre con un buen show, todo sea dicho.


La expectación con Weezer era enorme. Llenaron el escenario 1 y dieron una lección de cómo se despacha una composición redonda… tras otra.
Sin concesiones a medianías recientes, centraron su repertorio en sus dos primeros álbumes (incluso tocando un par de caras B de la época). Una delicia de repertorio, lleno de hits, pero también de canciones para fans de toda la vida, como «El Escorcho» o «Holiday». Rivers Cuomo se mostró cercano y amable, acometiendo sus descargas en forma de punteos, solos y bellos alaridos vocales, con la facilidad de quien pasa un día más en la oficina. Precisamente, por esto último se les acusa de sosos, pero lo cierto es que pasada la medianoche, con un sonido que fue a más y un Brian Bell con una gran actitud, todo fluyó estupendamente.

En el caso del viernes, la chavalada acudía en masa para ver al chico de moda, Benson Boone. Canta bien y destila mucha energía, volteretas varias incluidas, pero musicalmente, su pastiche ochentero no da para demasiado. Future Islands ponen mucho ímpetu y transmiten. Su indie de aires sintéticos, aun contando con momentos de gran inspiración (léase «King of Sweeden» o «Seasons (Waiting on You»), peca de reiterativo. Su líder, Samuel T. Herring, de riguroso negro ante el sol, lo sudó absolutamente todo, y esa actitud les da mucho, pero hace falta que su música ofrezca algo más para dar un salto a otras ligas.
Había cola, demasiada, para ver a Bad Nerves. Los ingleses están de subida y el interés suscitado en torno a los mismos, así lo constata. Su apabullante energía y su juventud les dan un extra que saben exprimir en cualquier escenario. En la carpa Mahou Reserva hicieron lo propio, sudando y haciendo sudar.

Alanis Morissette llevó sus clásicos a un terreno algo más rock, por así decirlo, menos mainstream. Y a sus canciones le sentó bien. El tono adquirido, más grunge (se nota que muchas canciones son coetáneas del género) redibuja un repertorio masivo y disfrutable, que envejece bien. Su sonrisa perenne y una gran actitud, sumadas a una voz, como de costumbre, impecable, pusieron una sonrisa también en boca de los (muchos) presentes. A Jet les ubicaron en el escenario 1, cosa que sorprendió. Con un disco otrora fresco que fue comidilla de la prensa indie hace 22 años, un mega hit global (eso sí) y una secuencia de elepés posteriores para olvidar, no les daba para tamaño escenario.
Y eso que el rock canallita que practican es resultón, pero ni así. Continuando con las glorias dosmileras, Kaiser Chiefs echaron mano de su cancionero más hooligan, a la postre, el que se espera de ellos, para al menos transmitir más. Y canciones inspiradas como «I Predict a Riot» facilitan la labor. El problema fue el sonido descafeinado del escenario 3 y esa sensación de viaje en el tiempo hacia nada demasiado memorable. Por lo menos, su actitud les dio un plus.

Y a pesar de todos los peros posibles en tan irregular jornada, la sola presencia de Nine Inch Nails justificó la asistencia ese viernes con creces. Nunca fallan. Sin remilgos, acudiendo a sus hits habituales y a un repertorio variado, no exento de material inflamable, Trent Reznor, Atticus Ross y compañía, se dejan todo sobre el escenario, cada vez, como si fuera la última. Su misa negra es a veces industrial («Head Like a Hole», electrónica («Copy of a»), dance-rock («The Hand That Feeds») o sobrecogedoramente delicada («Hurt»), pero siempre suena agresiva y nítida, transmitiendo sensación de peligro inminente.
Todo ello reforzado por una factura impecable y, como es habitual, una filmación in situ sobre el escenario, vista en pantalla, que realza la sensación de estar viviéndolo todo en primera persona. Para Reznor, un perfeccionista, cada detalle importa y siempre da lo mejor de sí, creando un show transversal de muchos quilates.

El sábado empezaba con el buen hacer de The Teskey Brothers y su espiritualidad yanqui a pleno sol. Girl in Red tienen canciones agradables con un toque posadolescente, idóneas para horas vespertinas. St. Vincent tiene muchas tablas y tanta o más actitud. Y se agradece, porque, en base a ello, siempre ofrece un buen espectáculo. El problema en este caso fue una desesperante falta de decibelios, que se resolvió ligeramente entrada la segunda mitad de la actuación. A Annie Clarke le sobran canciones y tiene arrestos para probarse con sonoridades de todo tipo, tanto en disco como sobre las tablas. Lástima que su desacomplejada propuesta quedara diluida por la falta de presión sonora.

Thirty Seconds to Mars son pomposos, horteras e impostados. Les faltan canciones y, aunque defienden lo suyo con empuje, buscando siempre complicidad con su público, el lanzamiento de balones y lo llamativo de sus lanzallamas no tapa la manifiesta falta de nutrientes de su música. El pop electrónico de Glass Animals funciona sonando de fondo, mientras haces cualquier otra cosa, pero en directo se diluye por la falta de pegada y, me temo, de canciones de mayor entidad.
Olivia Rodrigo es una superestrella global. Y eso siempre puede levantar suspicacias, pero hay que reconocer que su propuesta, aunque a menudo rebosante de azúcar y baladas plomizas, funciona. Porque tiene estrella, simpatía y un gran chorro vocal. E incluso canciones muy resultonas, especialmente cuando se vuelve más eléctrica. Sonó imponente, apoyada en una simpática y joven banda, con muy buen hacer. Nos puede gustar más o menos, pero hay que reconocer que se defendieron con soltura y mucho desparpajo. Será interesante ver su evolución, pues aptitudes no le faltan.
El broche final lo puso Justice con un espectacular sonido y un juego de luces de otro nivel. Su electrónica de estadio, barroca, roquera e incluso sinfónica, funciona a las mil maravillas a esas horas en un festival. Es su hábitat. Además, cuando tiran más hacia el funk y el disco, oxigenan inteligentemente su habitual intensidad. En paralelo, Bloc Party celebraban veinte años de «Silent Alarm», sumando otros hits posteriores, salvando los muebles de la representación 00, con tan poco brillo hasta su aparición final en el certamen.
Un cartel que algunos han considerado irregular pero que produjo muy buenos momentos, quizá alterados por algunos vacíos durante las tres jornadas pero es algo normal en una cita de estas características. Y compensados, eso sí, con una selección de conciertos de altísimo nivel. Si el año que viene se vuelve a las andadas de antaño, acertando con un recorrido festivalero más sólido, respetando la no aglomeración actual, hablaremos de una experiencia muy destacable. Y eso, a pesar de la alocadamente heterodoxa línea artística que, para bien y para mal, caracteriza al festival en los últimos años.
Texto: Daniel González
Fotos: Salomé Sagüillo






