
Raíles que ríen y lloran
Como cantaría la mágica noche del viernes Diunna Greenleaf, jefaza y diva indiscutibles de esta edición, If it wasn’t for the blues… Pues sí, si no fuera por el blues, por la música sanadora que mejor ríe y llora, por los momentos compartidos cada julio en Cazorleans… los veranos perderían parte de su brillo.
La 29.ª edición de nuestra cita festivalera más ineludible del calendario, el Blues Cazorla, se presentaba con un cartel que rezuma raíces americanas de ayer y hoy, con el latido eternamente joven de leyendas como la ya nombrada Diunna Greenleaf o un gigantesco Bobby Rush (91 años), pasando por la juventud descarada de virtuosos que llevan la tradición al futuro y más allá: de D.K. Harrell, con B.B. King bajo las alas, al incendiario rockabilly sin frenos de nuestra Perra Blanco.

El arte más auténtico y el pellizco en el pecho estaban asegurados, y para que esta edición fuera más genuina si cabe, comenzamos nuestro jueves entre raíles y vías gaditanas, acercándonos en tren, poco a poco, a los campos de olivares más bluseros del mundo, con aullidos ferroviarios que vienen y van, melancolía de sentimientos rotos y esperanza liberadora de ida y vuelta: del redentor “This train” de Sister Rosetta, al “Midnight special” de Lead Belly, pasando por “Ramblin’ on my mind” de Robert Johnson, el “J.C. Holmes Blues” de Bessie Smith o el “Mystery Train” de Little Junior y Elvis como hilo musical perfecto, resonando muy fuerte en nuestro vagón.
Jueves 3
Las vías de nuestro tren desembocan en el albero de la plaza de toros de Cazorla y, tras los primeros brindis y reencuentros, con mejor equipo imposible, borramos raíles y preocupaciones en pocos segundos, vaciando de significado el título de la canción de Dylan que aún nos acompañaba, “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry”.

La mecha de esta edición la enciende una formación estelar procedente de la capital del blues eléctrico, los Chicago Summer Blues Band, con Mike Wheeler (guitarra y voz) al mando, forjado en mil batallas como músico de acompañamiento de titanes como Koko Taylor o Buddy Guy, entre muchos otros. Larry Williams toma la iniciativa al bajo y la banda al completo comienza a fundirse y elevar las temperaturas de la noche cazorleana, con Cleo Cole a la batería, Jesse Lockridge a los teclados y Russ Green a la armónica y coros. De la sinuosa seducción de “A blind man can see”, con Wheeler meciendo hasta la última estrella, a la muy bailonga “That what love will make you do”, con Williams de nuevo haciendo que se tambalee la plaza al bajo. Relevo a la voz principal y Faye “Peaches” Staten terminan de darle el bocado definitivo a la velada, con cumbre incluida a la washboard y cucharilla, teletransportándonos por momentos, con los ritmos zydeco de ida y vuelta, al suroeste de Luisiana.

No abandonamos Chicago, lo fundimos con Texas de la mano de los hermanos Cinelli, con el aroma más puro y combinado de Chess, Stax y Motown de las décadas de los 60 y 70. The Cinelli Brothers no pudieron asistir a la edición de 2023 y el cuarteto londinense capitaneado por sangre italiana sale hoy a por todas, desgranando su notabilísimo “Almost Exactly…” (24) y desplegando su enérgica paleta de blues, rock, R&B y Southern Soul. De las armonías vocales de una “Dozen roses” que no nos deja tocar el suelo, con Marco Cinelli sacándole brillo al teclado, al gospel en llamas “Prayer” o los ritmos tribales y latinos de la hechizante “Ain’t Blue But I Sigh”, con una armónica que escupe fuego. Emoción contenida y desbocada en una “Nobody’s Fool” en la que la banda quema las naves, y la plaza de toros por los aires en la orgía instrumental de la aún humeante “Pencil Pusher Doze”.

El festival alcanza velocidad de crucero y es la hora de Nikki Hill, hija adoptiva de Cazorleans que, una vez más, viene dispuesta a darle un zarpazo a la luna y exigir su corona. Nos conquistó a la primera, a la segunda y a la tercera, hoy vuelve a salir como un torbellino y nos lleva por delante con una “I’m On The Lookout” a quemarropa que ya nos deja tocados y vencidos; para, sin que nos dé tiempo a asimilar la balacera, con la banda como una locomotora perfectamente engrasada, rematarnos con “Don’t Be the Sucker” y una “Every Time I See You I Go Wild” de Stevie Wonder que hacen suya.
Ya nos tiene en sus redes y ahí nos queremos quedar. La pantera de Carolina del Norte posee la mordida y abrasiva frescura del primer día, funambulista que se mueve a la perfección entre el rock & roll y el rhythm & blues de la vieja escuela, con un extra de explosividad punk. Junto a su marido, el guitarrista Matt Hill y una banda que (gran paso adelante desde la incorporación de Laura Chávez como segunda guitarra) la sigue e impulsa hacia donde pone su felina mirada. Así nos zamarrea con la rocosa y afilada “(Let Me Tell You ‘Bout) Luv” y, “a veces el amor simplemente no puede ver, es ciego para ser escuchado al otro lado… Es hora de que me compense a mí mismo”. Y a ti también. Y eso nos da Nikki con una de sus piedras angulares, la titular de su disco de 2015, “Heavy Hearts, Hard Fists”, seguida de una “Struttin’” por la que habrían dado una de las alas de sus Cuervos Negros los hermanos Robinson. Raíces gospel y el soul de las más grandes por sus venas, más un extra de Bon Scott y de la Nueva Orleans más vibrante, donde reside, sudándole por cada poro de su piel. “Rocker” y, como era de esperar, la plaza de toros se torna volcán.
Día largo y nos queda un hilo de batería para despedirnos con Eric Steckel, cantante, guitarrista, compositor y productor estadounidense que, en pocos segundos, demuestra que el desenfreno y virtuosismo de sus seis cuerdas están al alcance de unos pocos elegidos. Con quemaduras y sonrisa de oreja a oreja nos retiramos.

Viernes 4
Toca el siempre feliz reencuentro con la Plaza Santa María y el mejor de los ambientes, aspersores manchegos y pistolas de agua mil incluidas. No llegamos a The Muleros y solo pillamos el final de We Want Moore, banda tributo a Gary Moore que tiene al público conectadísimo con el “Texas strut” de cierre.
Con los británicos MFC Chicken y su adictivo garage y rock & roll, con The Sonics y Little Richard bajo las alas, alcanza la plaza más bonita y festiva de Cazorla el punto más alto de disfrute colectivo y conexión de la jornada. El carismático Spencer Evoy al frente, voz y saxo al poder, desde el escenario y mezclándose entre el público, hace que Santa María se agache, salte y baile en cada embestida de la banda.
The Fixed Trío, jóvenes músicos de Granada, con altos quilates de blues-rock y pegada grunge-nu metalera noventera, ponen el broche a los conciertos de la plaza que, como siempre, nos deja con ganas de mucho más.
Toca descansar para aguantar la noche y madrugada, pero, aunque no vemos ni a la Tower’s Blues Band ni a Linze, pasamos por el Auditorio del Parque para presenciar el cierre de Red Moon Yard, que con su rock a fuego lento, reminiscencia a Peter Perrett en el aire, son la banda sonora ideal para que el atardecer nos regale cierta brisa después de las altas temperaturas del día.

Segundo round de albero y es el turno de la armónica más afilada y maestra de esta edición, el incombustible Giles Robson, clase a cada fraseo y a cada llamarada de armónica. De instrumentales inmortales como “Juke” a “Blow wind blow” o clásicos de azufre y mal quereres como “Dealin’ with the devil”. Chaqueta impoluta abotonada y sudando blues sin parar, como si la armónica fuera su única posibilidad para respirar, una ramificación de su propio cuerpo. Sin dejar de disparar notas al aire en ningún momento, se baja del escenario, se mezcla entre el público, da una vuelta al ruedo, sube al tendido por las escaleras, baja y vuelve al escenario, fundiéndose con la banda en una explosión de blues para el recuerdo. Genio y figura. Y si el armonicista británico ya tiene más que ganada la partida, se une a la fiesta la portentosa voz de Robbin Kapsalis, de Chicago a Atlanta y a conquistar Cazorleans. La garganta aterciopelada de Kapsalis y la armónica de Robson parando el tiempo con clásicos como “Sittin On Top Of The World”, haciendo que los olivos se balanceen y transformen en campos de algodón, que el nacimiento del Guadalquivir se hermane y funda, al ritmo de “My babe” o el “Help me” de Sonny Boy Williamson, con el mismísimo Mississippi.
Si las emociones comienzan a bullir en el albero, el pellizco y el duende lo termina de desbordar por cada palmo de la plaza de toros la gran dama del blues de esta edición, Diunna Greenleaf, acompañada por una banda de altos vuelos que sigue cada uno de sus parpadeos. La doliente y radiante voz de la cantante de Houston es un flechazo a primera escucha, con interpretaciones a corazón abierto, desgarro y elegancia a partes iguales, fraguando en su garganta de blues al rojo vivo matices empapados de góspel, soul y jazz. Tras un “I can’t wait” que revienta los termómetros de la madrugada, nos regala piezas sobresalientes de su magnífico último disco hasta la fecha, “I Ain’t playin’” (22), de la sanadora “If it wasn’t for the blues” de J. Montgomery a una “Never trust a man” de E. Williams Jr. que abre ojos y estruja latidos a cada quejío blusero. De Koko Taylor a Aretha o Sam Cooke, todos sobrevolando, tan contentos y emocionados como nosotros, el cielo de Cazorla al son Diunna Greenleaf.

Nos quedamos cerca de Texas, cruzamos el río Sabine y nos adentramos en Luisiana para presenciar como nos engulle otra fuerza de la naturaleza… y es que, si no pudiste ver a B.B. King, el nuevo joven prodigio del blues americano, DK Harrel, es tu hombre. Repasa sus dos brillantes discos, “The right man” (23) y el flamante “Talkin’ Heavy” (25), metiéndose al público en el bolsillo desde la inicial “Leave It at the door”, con una finura y magia a la Gibson ‘Lucille’ que no deja de recordarnos por ningún momento al añorado Rey del Blues. “A little taste”, “Grown now” o una “The right man” que nos impacta fuertemente en el pecho. Esa clase y crudeza, crujiente y centelleante, que solo poseen los elegidos.
No faltan los bailoteos y la complicidad total con el público, de principio a fin en una actuación para enmarcar que, por suerte, nos regalará un bonus/vida extra junto a La Perra Blanco, sumándose al concierto de la linense y fundiendo sus guitarras en una. Fuego camina conmigo y el trío rockabilly del momento, liderado por Alba Blanco nos cuenta su venturas y desventuras, alegrías y penas en un show explosivo que termina por poner la plaza de toros patas arriba. No hay quien la pare sobre las tablas, arriba y abajo del escenario, bidón de gasolina en una mano y cerillas encendidas en la otra. “It’s fun but its wrong”, “Why don’t you love me”, “So blue and so bad” o una “New lover new sweetheart” como mejor medicina para curar corazones rotos. Madera y más madera. Aún prende la candela.

Sábado 5
Última jornada y ya adelantamos que, como de costumbre, nos va a faltar un día. La plaza Santa María en todo su esplendor con una Angela Hoodoo a la que no llegamos y unos Corvlues que ponen los fuegos artificiales de su show con una musculosa “Come together” cantada por todos.
Los indiscutibles jefazos de Santa María hoy sábado son Hendrik Röver & Los Míticos GT’S, que harán además doblete con Los Deltonos a las 3:30 de la madrugada, cerrando el festival. La plaza es puro amor, gran bandera palestina ondeando en el aire y, todo sea dicho, una camiseta que nos alerta de festivales pertenecientes al fondo proisraelí KKR… Pero la música une y las únicas guerras que apoyamos por estos lares son las que empuñan pistolas de agua y buen rollo.

Todos del mismo lado, con Hendrik Röver exprimiendo su Fender y subiéndonos “En la noria” (24), el último álbum de la banda, intercalando temazos del anterior trabajo de Los Míticos GT’S, como “B.L.U.E.S.” o “Vamos a morir todos”, además de algún tema de Los Deltonos que nos sabe a gloria y “Caviar”. Una sonrisa que sobresale y ya nos cala, marcará el devenir de la tarde, previo cierre del escenario Santa María por todo lo alto con los alicantinos The Ubangi Stomp, cóctel pegadizo de boogie, blues y rock & roll, con temas propios y versiones con garra que conectan al público en cada estribillo cantado al unísono.
No nos podemos olvidar de las impagables masterclass gratuitas organizadas por el festival durante las tardes del viernes y el sábado, de la mano de dos primeros espadas del género, Giles Robson y Bobby Rush, pudiendo interactuar y aprender con las leyendas de cerca. Además de las clases de iniciación para niños y adultos (armónica Hohner de regalo para todos los participantes) por otro de los armonicistas más top del blues actual, Marcos Coll, figura ya imprescindible de Cazorleans.
Y la tarde del sábado es para seguir compartiendo con la familia y amigos, afianzando lazos y brindando de nuevo por la música y todo lo demás, mientras llegamos por los pelos a la clausura del Auditorio del parque (no vimos a Fede Aguado y Fierablues ni a Suso Díaz & The Appaloosass, pero el público seguía encantado), con los últimos rayos de la tarde y el cuarteto Q & The Moonstones sudando blues, jazz, swing, R&B, soul y funk, despidiendo al sol con la guitarra de Quique Bonal al mando y la voz de Vicky Luna.

Si nuestra llegada a Cazorleans fue con los blues del ferrocarril de fondo, ahora resuena en el penúltimo trago el “Train of love” de Johnny Cash y se dibujan a nuestro alrededor esos raíles del tren… “tan cerca el uno del otro, cómo quisieran, quisieran… se alargan y no se pueden juntar”. Con una “Goodbye little Darlin’” que no queríamos que sonara, nos bajamos de nuevo de nuestro vagón y pisamos el albero del escenario principal, donde todo está preparado para darle la bienvenida a la leyenda mayúscula de esta 29.ª edición, Bobby Rush. El ganador de tres Grammy y de una docena de Blues Music Awards, además de estar incluido en los Salones de la Fama del Blues, de los Músicos de Mississippi y de la Música Rhythm & Blues, sale a escena solo, con acústica en mano y comienza a tumba abierta, al natural, sin aditivos ni una gran banda que lo cubra a sus eternamente jóvenes 91 años.
Hasta el albero y el cemento del tendido se erizan como todas las pieles que tenemos la suerte de disfrutar esta noche del que quizás sea el músico más grande vivo de su generación. Sentado, rasgando su acústica y regalándonos la esencia de la música americana en cada interpretación rebosante de honestidad: de “Dust my broom” a “You so fine” o “Hey baby”, pasando por “Chicken Heads”, “Hoochie man” y una parte de “Feeling good” a la armónica que subraya el estado colectivo de una plaza que está rendida a su arte. En pie, baila mejor que nadie y mueve las caderas en “Shake it for me”, se marca el “Get back” más blusero y funky de la historia y en “Hey Hey Bobby Rush” deja claro quién manda, con toda la plaza coreando ese título que vale de estribillo y de lo que Bobby mande.
Se puso bigote falso para aparentar más edad y tocar de adolescente en bares locales y, durante una temporada, en plena y triste segregación racial, tuvo que tocar tras una cortina para un público blanco. Cada arruga suya son mil vidas y esta noche, emocionándonos y emocionado, mirándonos a los ojos, pocas personas hay más libres y auténticas en la Tierra. Entre muchos otros, se codeó con Jimmy Reed, Etta James y Howlin’ Wolf, y fue muy amigo de Elmore James, Little Walter y Muddy Waters y, desde ya y para siempre, es y será uno de los nuestros. Hey Hey Bobby Rush!

Complicado salir tras Bobby, pero es la hora de los cabezas de cartel, North Mississippi Allstars, que además se guardan el As en la manga de que Mr. Rush se marque un tema con ellos, armónica de fuego y patadas al aire incluidas para volver a dejarnos con la boca abierta.
La banda de los hermanos Dickinson, en formato trío y con su decimotercer álbum bajo el brazo, “Still Shakin’” (25), del que sonarán pocos temas, comienzan su particular jam blusera galáctica desde que pisan el escenario, creando una pompa de swamp blues interpretado con virtuosismo jazzístico y nervio funk, más un extra de southern soul y space-rock en vena que no nos dejará tocar el albero hasta la última nota del show. Como si los Wilco de Jeff Tweedy se fueran de campamento de verano a Baton Rouge y justo después del chapuzón en el pantano más profundo se pusieran a tocar. Sí, una locura maravillosa.
Maestría, alma y psicodelia en total equilibrio, eso nos regala la banda de Mississippi, con Luther rezumando blues lisérgico y magia a la eléctrica desde el primer punteo, poseído por el espíritu de los músicos más emblemáticos de Luisiana, más un buen trago de brebaje chamánico. Así, bajo un hipnótico y expansivo caos ordenado, nos envuelven y hacen flotar con un repertorio al alcance de pocos, de “Po black Maddie” a la brisa fresca y vaivén sonora de una “Up and rolling” donde nos quedaríamos a vivir un par de veranos, pasando por el soul funky espacial de “Poor boy”, cual locomotora de “Regreso al futuro” sobre nuestras cabezas.
Cody le pasa las baquetas a su hermano y él monta la rave de esta edición con una tabla de lavar electrificada que cambia luna por bola de espejos, para volver luego a tomar posiciones y rematarnos con piezas eternas, como el revisitado “Preachin’ blues” de Robert Johnson que hacen suyo y, de nuevo, esos mágicos raíles y vías bluseras aparecen en Cazorla y nos subimos sin pensarlo en la personalísima interpretación del “Back back train” de Mississippi Fred McDowell.

Tras dos de los mejores conciertos de esta 29.ª edición, salen a la palestra Devon Allman Band, de un blanco ibicenco que de primeras parece que se han confundido de festival, pero no, el hijo de Gregg Allman y los suyos nos dan una buena ración de Southern Rock y blues de altos quilates casi sin pestañear. Con una voz que pellizca con facilidad y una guitarra en llamas, nos ofrecen varios temas de su último largo hasta la fecha, “Miami Moon” (24), la titular y “Sahara”, además de un buen puñado de masterpiece de The Allman Brothers Band y su querido Jimi Hendrix: “Are you experienced?” y “Little wing” del guitarrista de Seattle, pasando por joyas inmortales como “Melissa” y “Midnight rider” de los Allman Brothers, más una sorprendente y brillante versión del “A night like this” de The Cure.
Un nuevo tren, gracias a mis buenas amigas, pasa por mi vera, pero el blues se acaba y los ojos más bonitos del festival se vuelven para Cartagena. Y mientras pienso como juntar raíles y vías de reencuentro hacia el Levante y el Sur, Los Deltonos le inyectan una buena dosis de rock marca de la casa a la madrugada, firmando otro bolazo (y ya van dos en un día): “Vale, vale, que sí, que sí, / ya no hay guitarras. / Vale, vale, que ya no hay / ni quien quiera tocarlas. / La respuesta en dos palabras: / Estáis equivocados”. Guitarras al poder en “Hey, gente!”, con encuesta contestada antes de preguntar: “¿El rock ha muerto?”. No, y el blues tampoco. “Los buenos tiempos” dicen que no volverán, pero nosotros sí y ya inventaremos algo para superar o igualar lo anterior, por lo pronto toca lanzar un “hasta pronto” al viento con “La reina del adiós”, alzar las copas, “una cerveza, rock and roll” (“Discotheque breakdown”) y tú, “Salud!”.
Texto y fotos: David Pérez Marín







Que gran repaso a esta edición del Cazorla Blues, ¡gracias por llevarme de nuevo allí!
Y cuántas curiosidades que me ha encantado conocer.
Bravo!
NMAS. Lección de música en vivo cruda y directa. Y disfrute de ellos tanto del personal asistente
Ángela Hoodoo y la perra blanco, vaya para de rocieras más contundentes.
Cazorla en mi corazón un año más.
Completísima crónica. Como dicen más arriba, nos has hecho volver allí con su lectura. Ya falta menos para julio de 2026, Slow Train Coming. Gracias.