
Ojalá todos los festivales fuesen así. Hacía mucho que no escuchaba a tanta gente repetir una y otra vez una frase que reivindicaba el carácter excepcional de este microfestival con el que Heart of Gold ha conseguido dar, tras varios años de prueba y error, con la tecla adecuada.
Un encuentro cómodo y construido a escala humana en tiempos de carteles larguísimos para tener al respetable bebiendo desde las cinco de la tarde hasta las cuatro de la mañana, fines de semana que se expanden hasta el miércoles o el domingo (cuando no a una semana entera) y bocatas a precio de Estrella Michelin. Frente a eso, el castizo Blockparty ha optado por lo opuesto: tan solo cuatro grupos de seis y media de la tarde a casi la medianoche, un recinto urbano que pilla a pie a gran parte del público y nada de foodtrucks. Si quieres te traes el bocata de casa.
Un ambiente familiar en todos los sentidos (había padres y abuelos, familias y amigos y, sobre todo, la sensación de que todo el mundo al que le gusta esta música en Madrid estaba ahí, salvo que hubiese adelantado las vacaciones) para un cartel cuya propia familiaridad no le resta méritos, sino más bien al contrario, proporciona el confort de lo conocido.

Porque familiares son ya los cabezas de cartel de la noche, unos LEMON TWIGS que en poco más de un año han visitado la capital en tres ocasiones. Se ha escrito mucho de ellos durante estas últimas visitas por lo que poco queda para añadir de los autores de joyas como «My Golden Years», «The One» o «Peppermin Roses», pero añadamos un dato más que lo dice todo: en cada gira han ido captando más adeptos y retenido a los fieles hasta convertirse en un tema de conversación habitual en la noche rockera de la capital.
Y eso que los hermanos D’Addario, que tuvieron que enfrentarse a un pequeño problema técnico —la desconfiguración de la mesa de sonido que provocó que el arranque del concierto se demorase unos instantes— que rápidamente se olvidó en cuanto el cuarteto saltó al escenario. Fue lo mismo de siempre, claro, con alguna que otra novedad, como los temas del disco en solitario de Brian, Till the Morning, publicado en marzo de este año, y la revisión del «Normal» de Los Brincos que, una vez más, unió a dos e incluso tres generaciones.

Les había precedido THE MYSTERY LIGHTS, combo garagero californiano que ya había formado parte del cartel de la primera edición del festival, la de 2021, acompañados de otros grupos que desde entonces han saltado a otro nivel como Biznaga. Es posible que para algunos resulten demasiado formales, quizá algo oscuros y expansivos en un momento en el que la gente ansiaba algo más directo. Sobre todo comparándolos con WAU Y LOS ARRRGHS, que apenas una hora antes habían puesto patas arriba el festival, pero pocos peros se pueden poner a la formación de Mike Brandon, que agitaba la guitarra cual mezcla de Angus Young y Roky Erickson y despidió su actuación con una (otra) versión de la «Demolición» de los peruanos Los Saicos, que ya había interpretado la banda de Juanito y que, de esa forma, se convirtió en el himno oficioso del Blockparty.
Porque lo de la banda valenciana fue de padre y muy señor mío. Resucitados en 2023 tras una década casi perdida, acaban de tener que enfrentarse a otra pérdida, la del guitarrista Molongui que ha optado por abandonar la banda tras años de dudas personales. En su primer concierto sin él y con Luis Motosierra a las seis cuerdas, Juanito agarró el toro por los cuernos, y apenas habían sonado unos acordes de «Delincuente» que ya se había ganado al público, tanto aquellos que los vieron mil veces hace dos décadas como los que los descubrieron por primera vez.

Un José Luis López Vázquez del garage más guarro, Juanito volvió a recordarnos por qué tantos les echábamos de menos, por qué en su día fueron el combo más importante de la escena ¡a nivel internacional! y por qué los necesitamos cada vez más. No se puede describir el magnetismo de Juanito con palabras, hay que verlo, pero se podría resumir en que en un concierto de Wau, lo menos importante es su integridad física (y la tuya, seguramente, también). Vuela por encima de un público aún escaso en «Copa, raya, paliza», aterriza en el escenario como un avión accidentado y la respuesta del público es tal que hasta se permiten un bis para homenajear a Link Wray: no se dice adiós, se dice “a Link Wray”.

A primera hora de una bochornosa tarde, L’Exothigost, combo de exótica ideado por Javier Díaz Ena, que demostró que es mucho más que el gran virtuoso español del Theremin, habían hecho los honores por la puerta grande. Hay que ser valiente, y muy fiel a uno mismo, para transportar una marimba a un escenario a cuarenta grados, homenajear la banda sonora de El hombre y la tierra de Antón García Abril (definida por Díaz Ena como “nuestra primera muestra de exótica brutalista”) y concluir con una versión cha cha cha de la banda sonora del Halloween de John Carpenter. Una maravilla para una tarde-noche irrepetible. Hablando de festivales, el tamaño sí que importa. Cuanto más pequeño, mejor.
Texto: Héctor García Barnés
Fotos: Salomé Sagüillo






