
Beth Gibbons – Noches del Botánico, Madrid
Tras lustros casi en la sombra, la eterna vocalista de esa entidad musical de culto llamada Portishead, daba señales de vida el pasado año. Lives Outgrown (2024), el álbum en cuestión, primero en solitario de Beth Gibbons a título propio (sí existe precedente a pachas en Out of Season, editado en 2002 junto al Talk Talk, Rustin Man), encapsulaba el lado más folk de los de Bristol. Una suerte de música orgánica pastoral, reminiscente de esa cadencia folclórica que emanaba de Third (2008), última referencia de Portishead.
Y desde ese punto de partida, con el apoyo de una excelente banda, Gibbons ofrecía en Madrid un show altamente evocativo, como todo lo que toca, de los que dejan huella. Lo hacía con un nuevo enfoque para el que se desproveía de cualquier elemento artificial (esto es samples, scratches, sonidos industriales o programaciones) característico de sus tiempos, ejem, «trip-hop». O dicho de otra manera, como si de Portishead sólo quedara ella, sin rastro alguno de las aportaciones distintivas de sus antiguos socios, Adrian Utley y Geoff Barry.
Su reconocible figura, retraída, tímida, encogida de hombros, se agigantaba en cuanto su sibilante voz resoplaba por todo el jardín Botánico, emplazamiento, por cierto, idóneo para una propuesta de estas características. Y a la altura de «Floating On A Moment», tercer corte, ya se escuchaban los primeros «ohs» de admiración hacia su cancionero. El que fue primer single del mencionado debut, seguramente su canción más en la línea de su vieja banda, flota, nunca mejor dicho, como un plañido folk espectral que deja en evidencia artística a el 99% de los nombres en boga de la industria actual, gracias a un clímax vocal e instrumental de alta intensidad emocional.

La banda acompañante, formada por siete músicos, permite indagar en cada pequeño recoveco habido en la versión de estudio de Lives Outgrown. Y esto es mucho decir, ya que son muchos los detalles y arreglos que adornan tan remarcable debut. Dos violines, percusión, teclados, batería (o percusión principal, dado el kit empleado, a medio camino entre el de un batería al uso y el de un percusionista), guitarras y bajo completaban la banda. Una amplitud instrumental con la que vestir cada canción de la forma más detallada posible, elevando el nivel cualitativo en vivo con profusión de detalles.
Del mencionado Out of Season, se atrevieron con «Mysteries» y «Tom The Model», momento este último donde asomaba el estribillo más pop de la noche. Y avanzando entre aplausos y un respeto y admiración absolutamente reverenciales entre los que casi abarrotaban el Botánico, con «Beyond The Sun» y ese inquietante unísono vocal que la envuelve, alcanzábamos uno de los momentos más sobrecogedores de la velada.

El debut de la inglesa no es plato de fácil digestión, pero como tantas otras obras imperecederas, ajenas a la cultura del «usar y tirar», crece exponencialmente a medida que le damos tiempo y mimamos su escucha. Sirva como ejemplo el tañido folk medieval de la estremecedora «Whispering Love». Pura ambrosía nocturna, delicadamente ofrecida cual lamento ancestral.
Y como colofón, para sorpresa de muchos, un bis con dos clásicos de Dummy (1994), puntal en largo de Portishead. «Roads», eterna elegía de alta intensidad dramática, con una Gibbons a flor de piel, mostrando una voz más curtida y frágil, a punto de romperse; con toda honestidad. Piel de gallina. Puso la puntilla «Glory Box», enorme tragedia de ascendencia cinematográfica. Belleza dramática de gran pureza. Las excelentes guitarras de la grabación original, obra de Utley, fueron interpretadas de forma punzante, arrebatadora, homenajeando a John Barry. Todo para que Gibbons pusiera la guinda con una exposición emocional sentida y desgarradora. Y tras una «Reaching Out» final, largos y merecidos aplausos, correspondidos con el agradecimiento y la cercanía de una Beth Gibbons abrumada y feliz. Una velada muy especial, conducida por una voz que nació clásica.
Texto: Daniel González
Fotos: Salomé Sagüillo
Beth Gibbons – Nits de Barcelona

Enmarcado en los jardines del Palau Reial de Pedralbes, el festival Les Nits de Barcelona se ha consolidado como una de las citas más elegantes, refrescantes y eclécticas del verano barcelonés. A lo largo del mes de julio, el ciclo acoge una selección de artistas nacionales e internacionales que abarcan del pop al flamenco, del jazz al indie, en un entorno de naturaleza, arquitectura, buena gastronomía y silencio respetuoso. La noche del 14 de julio estaba reservada para la aparición más especial y esperada de la edición de este año: la única e inigualable alquimista del susurro, Beth Gibbons.
La voz de Portishead ha vuelto a los escenarios tras años de silencio discográfico y escasa presencia en directo. Su reciente disco en solitario, Lives Outgrown, es un trabajo introspectivo y melancólico, profundamente personal, en el que Gibbons se enfrenta al paso del tiempo, la maternidad, la enfermedad y la pérdida con una crudeza que desarma. Ya pudimos disfrutar de la presencia en nuestra ciudad de la bruja del trip hop en la edición de 2024 del Primavera Sound, pero esa noche, aunque el repertorio y la actitud de la artista fueron impecables, nos quedamos con la sensación de que la experiencia no había sido del todo completa debido a que el contexto no era el más adecuado para una propuesta tan delicada y que bebe de las atmósferas etéreas y se apoya tanto en sonidos sutiles y delicados como en estratégicos y necesarios silencios.

14Ð7-2025
FOTO: MARINA TOMAS ROCH
En Pedralbes, por fortuna para los allí presentes, la diva de Bristol encontró un lugar idílico dónde desarrollar su propuesta en su máxima expresión. El tono que marcó el concierto encontró la dosis exacta de infinidad de elementos que conformaron una mezcla perfecta: la artista, sobria, delicada, la escenografía mínima, una iluminación esplendorosa, llena de brillos galácticos y contraluces enigmáticos. Una atmósfera recogida, casi confesional. El público, consciente de la trascendencia del momento, mantuvo un silencio reverente durante gran parte del recital.
La banda es liderada por el multi instrumentista James Ford, que también ejerce de director musical de la gira y fue coproductor y fuerza creativa clave en Lives Outgrown.
El resto son músicos extraordinariamente versátiles y hacen funcionar cada canción como si fuera una mini obra orquestal. Podríamos hablar largo y tendido de todos ellos (Tom Herbert, Jason Hazeley, Howard Jacobs y Richard Jones), ya que el trabajo que realizan es pulcro a la vez que embriagador, pero si tenemos que destacar a uno de ellos sería a la también miembro de Pulp, Emma Smith que con su trabajo en segundo plano al violín, clarinete, guitarra y coros supone auténtico lujo para el conjunto y ayuda a sublimar el trabajo global del grupo.
Beth Gibbons rompe el silencio con “Tell Me Who You Are Today”, primer corte de su nuevo álbum, marcando el tono emocional de la velada: despojado, sincero, casi desnudo. Siguieron “Burden of Life” y “Floating on a Moment”, donde su voz —áspera, frágil, rota y luminosa a la vez— se impuso sin necesidad de aspavientos ni proyecciones.
El repertorio combinó las canciones de Lives Outgrown con revisiones de su anterior proyecto con Rustin Man, como “Mysteries” y “Tom the Model”, que sonaron con una belleza suspendida en el tiempo. Fue en temas como “Oceans” o “Beyond the Sun” donde más se notó la madurez de su nueva etapa: menos electrónica, más orgánica, con guitarras tenues, texturas de cámara y una cadencia hipnótica capaz de transportarnos a otra dimensión.
Aunque el concierto tuvo siempre los pies en el presente, el público contenía la respiración esperando lo inevitable. Y llegó, en el bis: Beth se sentó al borde del escenario para interpretar “Roads” y “Glory Box”, dos himnos de Portishead que, lejos de sonar a nostalgia, aparecieron resignificados por la madurez y el dolor contenido. La intensidad emocional fue tal que algunos asistentes rompieron el silencio con lágrimas y aplausos espontáneos.
El cierre con “Reaching Out”, una de las piezas más etéreas de Lives Outgrown, fue casi un susurro, un canto de despedida y de gratitud. Lo de Beth Gibbons no fue un concierto al uso. Fue una ceremonia íntima en la que el tiempo pareció ralentizarse. En un verano lleno de propuestas grandilocuentes y festivales de alto voltaje, su paso por Les Nits de Barcelona fue un acto de delicadeza radical: una invitación a escuchar, a sentir, y a detenerse.
Texto: Rubén García
Fotos: Marina Tomás Roch







Había visto anteriormente a Beth Gibbons actuando con Portishead dos veces en concierto y presenciar una actuación de esta categoría para los que realmente disfrutamos la música es estremecedor.
Si además de la calidad musical y de ejecución añadimos la comunión del espectáculo con el entorno y con un público predispuesto y entregado el resultado es espectacular.
Sólo decir que premeditadamente acudí sólo al concierto, para disfrutarlo con los 5 sentidos, pero tras el mismo, por el entusiasmo y respeto generalizado, tuve la impresión de haber quedado con muchos asistentes para presenciarlo de la misma manera. En especial una persona cuya manera de vivirlo enternecía aún más la propuesta de Beth Gibbons. Desde aquí llamamiento a esa chica con coleta/trenza, muy cerca del escenario, delante de un grupo de franceses y que a su izda un chico la mirase y sonriese constantemente (yo mismo claro).
Más conciertos como éste que sacudan el alma y dejen una sonrisa duradera.