
Alanis, por fin. Así puede resumirse lo acontecido el sábado por la noche en la última jornada del Cruïlla. Tras una tarde confusa, donde los responsables del festival tuvieron que vérselas y deseárselas para cuadrarlo todo por motivos de las tormentas (no quisiera haber estado en su piel), reprogramando prácticamente toda la jornada (felicidades para ellos), decidimos apostarlo todo al rojo. Nos la jugamos a Alanis y nadie más. Bueno, picoteamos de Viva Suecia o Love of Lesbian, aunque íbamos a lo que íbamos, y la apuesta nos salió de lujo. Desde 2008 en el ya desparecido Espacio Movistar, no veíamos a Alanis Morissette por estos lares y había ganas de hacerlo. Fue aquel un concierto bueno, pero algo frío, contagiado quizá por el entorno. Bastante contradictorio con lo que nos llegaba entonces sobre los directos de la canadiense.
Cinco minutos antes de lo previsto, y con video introductorio sobre su tiempo pasado – que de paso colocó a los más jóvenes del lugar – esa melena al viento y ese caminar arrastrado salió al escenario como un torbellino para encarar «Hand In My Pocket» ante 25.000 almas. En treinta segundos nos había ganado y tuvimos claro que aquel era el concierto del festival, con permiso de Texas que brillaron en la jornada anterior. Ataviada con pantalón de cuero y una camiseta que rezaba “perimenopausia” – bravo Alanis, aunque algún cenutrio parece no entender algunas cosas- la sensación de una especie de viaje en el tiempo nos pilló por banda a la mayoría de los que estábamos allí. No parecíamos estar viendo a una artista de cincuenta y un años que ha sufrido lo suyo y que ha padecido largos períodos alejada del escenario. Dudo mucho que en los noventa, donde no pude verla, Alanis estuviera en una forma mucho mejor de la que exhibió en el Parc del Fórum. Vocalmente, al menos, seguro que no. Y físicamente solo se la vio renqueante al final, donde sus carreras, que no cesaron, eran más cansadas. Pero, esa voz…Joder, parece que no le cuesta cantar absolutamente nada. Su condición de mezzosprano se hizo evidente. Su técnica es perfecta, y el color de su voz sigue siendo precioso en las baladas y tremendamente intenso en los temas rápidos. No pude evitar que me viniera a la mente Steven Tyler, ejemplo continuo de garganta prodigiosa. Su versión femenina tiene nombre y apellidos para el que escribe.
Jagged Little Pill, disco que cumple treinta años, y uno de los álbumes definitivos de los noventa fue el protagonista del set-list. Una lista de canciones que se elevó a las 23, aunque con truco. De algunas de ellas, Morissette simplemente hace lo que llama retazos, apuntes. Solo las dibuja, cantando una estrofa y luego el estribillo para enlazarlas con temas, entonces sí, enteros. Eso te deja con las ganas de oír completas «Everything», «Sorry To Myself» o «Sympathetic Character», pero poco te afecta cuando el truco permite que canciones como «Head Over Feet», una «You Learn» de las más coreadas, o la icónica «Ironic» tomen el protagonismo. O que se pueda hacer un set acústico maravilloso con «Rest», la preciosa «Mary Jane» o «Perfect». Quizá solo quedó algo deslavazada «You Oughta Know», al final, donde la cantante sí mostraba claros síntomas de cansancio, que decidió solucionar ¡corriendo más rápido aún y moviendo su melena al viento!
El bis con «Uninvited» y la previsible «Thank U» (lleva años acabando con ella) no hicieron sino confirmar un excelente concierto. Que no tengamos que esperar 18 años más.
Eduardo Izquierdo






