
Se ha dicho muchas veces, pero repitámoslo una vez más: dentro de la constelación de los grandes grupos del rock, esos que figura en los flyers de las discotecas para rockeros maduritos junto a Queen, Nirvana o U2, quizá AC/DC sea el más atípico. Como muestran sus presentes repertorios, pensados para “los reales”, siempre fueron una banda de bar catapultada a los grandes estadios por su magnetismo personal y una parafernalia construida sobre esos cuatro pilares de cuernos malotes, campanas funerarias, mujeres voluptuosas y cañones falleros.
Ni una balada, ni un disco experimental, ni un intento de adaptarse a los nuevos tiempos más allá de su zambullida en la oscuridad de los ochenta, su aspiración siempre fue la temporalidad.
Quizá por eso, y a diferencia de otros grupos de la escena metal como Iron Maiden, que habían pasado la semana anterior por el Metropolitano, el público no es tan distinto al que uno podría encontrarse en Eurodisney un día tonto de verano. Mucho padre con hijo para enseñarle lo que es la buena música, mucho adulto buscando volver a la infancia durante dos horas y cuarto y algún que otro juerguista en busca de una excusa para atiborrarse de cerveza y quitarse la camisa. Entre el público, los cuernos rojos de Angus parpadean en la oscuridad como las pulseritas en un concierto de Coldplay o de Taylor Swift. Para muchos, era el concierto del año… porque no irán a otro.

Después del pase de THE PRETTY RECKLESS, algo desapercibidos al no encajar generacionalmente con la mayor parte del público, el grupo australiano salió arrasando con una dupla formada por «If You Want Blood (You Got It)» y «Back in Black» que a pesar de la maraña de sonido casi tiran abajo el Metropolitano. AC/DC siguen siendo estandartes del minimalismo musical, más ahora con el sobrinísimo Stevie Young haciendo el papel de Malcolm, que junto a Matt Laug a la batería y Chris Chaney al bajo se mantienen en un segundo plano. El majestuoso montaje, kilómetros y kilómetros de escenario que llenar, son en exclusiva para un Brian Johnson renacido y un Angus Young que ha pasado de dios a hombre de carne y hueso, de niño travieso a anciano venerable al que ni se le pasa por la cabeza ocultar sus arrugas, su pelo blanco y algún que otro agarrotamiento cuando llegaban las exigencias rítmicas. Pero, en general, aunque los cuerpos se derrumben, los dedos aguantan.
Como ocurriese ya el año pasado, el Power Up Tour presenta una saludable combinación entre clásicos básicos y pequeñas joyas que no dan tregua, salvo las ocasionales (y prescindibles) recuperaciones de sus discos más recientes. Por cada «Thunderstruck» hay un «Have a Drink of Me»; por cada «Hells Bells», un «Dog Eat Dog». Sorprenden deshaciéndose de «Highway to Hell» a mitad de concierto, quizá aburridos ya de ella, pero «Shoot to Thrill», «Sin City» o «Dirty Deeds Done Dirt Cheap» impiden que decaiga el ritmo. A pesar de las bajas, de los problemas y de la edad, siguen siendo una maquinaria infalible, conscientes de sus limitaciones y reduciendo la parafernalia escénica, ya más digital que de cartón piedra.

Como ocurre con tantas bandas de su edad que tienen que enfrentarse a la reducción de sus capacidades físicas, esto ha redundado en beneficio de la música, que se convierte en el centro del espectáculo. De acuerdo, Angus sigue haciendo el baile del pato y rebozándose por el escenario, pero como ocurre con su música, el concepto del show es el de un back to basics con abundancia de temas de los setenta que suena a despedida.
Tan solo un solo demasiado alargado al final de una «Let There Be Rock» que había sonado a metralleta dejó un poco de mal sabor de boca, el único exceso en un concierto que apenas incurrió en ninguno. Quizá el final fuese un poco anticlimático con una «For Those About to Rock (We Salute You)» funcionarial, pero las dos horas previas nos hicieron recordar por qué todos tuvimos a AC/DC como nuestro grupo favorito en algún momento de nuestras vidas.

No son dos adjetivos que se suelan relacionar con AC/DC, pero cada día me parecen un grupo más inteligente y elegante. Inteligentes, por haber sido siempre capaces de saber quién son; elegantes, por su capacidad para haberse sobrepuesto al efecto destructor del paso del tiempo desde hace cincuenta años. ¿Es lo mismo de siempre? Claro, pero ¿no es también placentero repetir los viejos rituales? ¿Están viejos? Sí, pero tú también. ¿Los veremos de nuevo si vuelven? Por supuesto. Mañana, dentro de diez años y hasta el infinito. No son eternos, son atemporales.
Texto: Héctor García Barnés







Excelente artículo . Espero tener oportunidad de comentar esta noche cuando los vea en directo. Con ti hermano carlos y tu sobrino Álvaro!
Repertorio y música infalible. Lástima el sonido. Pero nos han dado tanto, y no hace falta volver a girar. No lo necesitan. Tienen todo el dinero del mundo. Pero quieren seguir hacernos gozar. Y lo consiguieron.