
Inicia Clara Ramas este Tiempo Perdido con una referencia a Los Soprano, a modo de fábula contemporánea para contextualizar y dar pie al argumento del ensayo. Y se podría, apostillar, con la cita «Cuando decimos que todo tiempo pasado fue mejor, condenamos el futuro sin conocerlo» de Francisco de Quevedo.
Situados en una época en la que todos deberíamos ir a terapia, y como premisa previa del contenido del libro, donde refleja con su ejemplo la problemática del ser actual: la identidad. Desde ahí, reconstruye la figura del melancólico en este tiempo crepuscular, híbrido y nihilista, donde la idea de una Edad Dorada, siempre a consideración individual, se erige como faro de esa necesidad de arraigo y en la lucha contra el presente. Tiempos de la modernidad capitalista marcados por «Un futuro cancelado y un pasado que echamos de menos.

Un presente que se nos escurre entre los dedos». Esta sociedad melancólica, ya introducida por Žižek, anhela la Edad Dorada por una derivada identitaria a la que no hace frente ni considera construir en el presente. Es una identidad incluso apoltronada. La filósofa arguye que una sociedad sin certeza ni roles (familiares, sociales o laborales) deviene en la sensación de pérdida y en la incapacidad de formar una imagen coherente del mundo, de ahí el auge de los melancólicos. Y matiza: «Pero una cosa es la nostalgia y otra la melancolía, que implica no tolerar que lo que se ha perdido no volverá.» Y aquí es igual la etiqueta ideológica o la defensa política porque el espectro de los gobernantes tiene «un solo diagnóstico: vivimos en la degradación y en la pérdida, y una sola misión: reconquistar el objeto perdido.» Su posicionamiento no oculta su melancolía aunque se disfrace de eufemismos. El libro supone un texto dirigido a negar la idea del pasado feliz, pero arrebatado como factor político o, más bien, apropiado. Como decía la psicoanalista de Tony Soprano: «sentimos que hemos llegado al final de algo, demasiado tarde, cuando lo bueno ya pasó.» Aunque no hayamos conocido ni siquiera lo que pasó. Y cuando no tenemos la sensación de habernos perdido algo.
Es por ello que el melancólico busca salidas a un atolladero civilizatorio en una época que nunca existió, en una continua añoranza por el pasado con el único fin de mantener unos privilegios adquiridos. Así, se carga el discurso de un resentimiento y de una impotencia hacia el hoy sin ser argumentado. No puede repetirse el ayer porque los problemas que ahora enfrentamos son otros. Sin embargo, es algo inherente a la condición humana, más que a un tipo de ideología concreta, el anhelo por tiempos no vividos y mitificados, política y culturalmente.
La autora explica cómo hemos lidiado siempre con esa sensación de desamparo y falta: «La humanidad siempre ha tenido esta sensación de pérdida» sentenciaba en su entrevista para El Confidencial. Y resume muy bien mediante la imagen «no se puede saltar por encima de la propia sombra». Y partir de esta premisa permite explicar lo que supone traer el pasado.
Texto: David Vázquez






