
Hay días en que perderíamos las llaves a propósito con tal de no salir de casa. Otros, no deseamos más que salir y alguien sin querer nos deja encerrados. Sobre estos accidentes y demás situaciones contradictorias de nuestra vida –y, más en particular, de nuestras relaciones— tratan los nuevos temas de Conociendo Rusia, “Perfecto Final” y “Desastres Fabulosos”, compuestos junto a Nathy Peluso y Jorge Drexler respectivamente. Mateo nos recibe con una simpatía total para desvelarnos más acerca de ellos y contarnos, además, lo mucho que ha disfrutado de cierta fiesta de cumpleaños, pese a no conocer a nadie.
¿De qué llave guardarías mil copias?
Sin duda, de mi casa. Yo tenía una pareja que cada tanto no se daba cuenta y además de sus llaves se llevaba las mías; así que si tuviese mil copias no me hubiese quedado tantas veces encerrado. A partir de esta anécdota, eso sí, con Jorge luego pudimos encontrar de qué hablar en Desastres Fabulosos.
Presentas dos temas nuevos desligados de cualquier álbum, ¿qué aporta esta independencia?
Entre álbumes, uno tiene cierta libertad como para empezar a trabajar y escribir cosas que después puedan o no incluirse en un disco. Así, estas canciones, aunque ahora no forman parte de ninguno, si llegara a sacar otro relativamente pronto, podrían llegar a entrar, dependiendo de la estética. En cualquier caso, algo de los singles y de juntarse con otros artistas a componer es que da ciertas libertades distintas a cuando uno está trabajando con el objetivo de terminar un disco.
Bueno, si en algo se vinculan “Perfecto Final” y “Desastres Fabulosos” es que ambos temas juegan con conceptos contrapuestos, ¿cuál es tu relación con las contradicciones?
Constante. Hasta mi carta astral es contradictoria. Porque, por lo que me han dicho, yo soy Capricornio, y Capricornio es como una especie de signo muy terco, cuadriculado —de las cosas por su nombre, las fechas, los horarios—, y yo soy así; pero también tengo mi ascendente en Sagitario, que es completamente volador —de viajar y salirse de lo establecido—. Entonces, soy muy clásico, pero también me canso muy rápido de las cosas. No podría trabajar, por ejemplo, en un lugar que tenga una rutina específica. Así que, sí, voy en contradicción todo el tiempo; ah, pero me gusta ser así. Me gusta tener eso, ¿no? Un poco y un poco y un poco…

En cuanto a la producción, ¿cómo ha sido trabajar con Nico Cotton?
Nico es un gran amigo y un músico increíble. Hemos hecho tres discos juntos, así que juntarnos en el estudio es algo ya muy familiar. Nos sentamos los dos con una canción o con alguna idea y empezamos a dibujar un poco: cantamos como sería el ritmo de la canción y él, que toca muy bien, se sienta, la graba, y luego yo voy grabando los bajos. Es como que ya sabemos muy bien cómo la vamos llevando, tenemos una dinámica.
Por lo que respecta a las letras, debe ser una experiencia peculiar escribirlas a cuatro manos.
Con Nathy y Jorge fue un placer porque ambos escriben muy bien y tienen muy buenas ideas. También fue especialmente divertido, porque escribiendo letras se hace mucho humor: hay momentos donde uno busca una frase y se la pasa diciendo cualquier cosa. La clave es tener confianza. Aunque no la tengas: inventarla. Al final, eso es lo que más nos limita cuando escribimos: no soltarse. Cada cual ha de hacer su esfuerzo para decir, bueno, me desnudo un poco. En ese sentido, es importante, antes de escribir con alguien, hablar un rato: ¿Cómo estás? ¿Qué tal la vida? Pero de verdad, que no se quede en un todo bien. Abrirse un poco, para empezar a quitar las capas.
En el caso de “Perfecto Final”, la letra surgió entre ambos. Nathy y yo empezamos a buscar, a escribir y fueron saliendo palabras. No sé muy bien de dónde, pero aparecieron. Quizás vinieron de esa idea de algo que uno no quiere que termine, pero que ya no da para más. Los finales nunca son perfectos, digamos. Nada es perfecto, claro; pero menos un final.
Detengámonos ahora en “Desastres Fabulosos”, ¿cómo fue el proceso de componerla?
Jorge y yo teníamos ambos las guitarras encima, una hoja y un boli; como ves, muy barroco todo. Nada de productores y un millón de songwriters al lado. Simplemente fuimos cantando cosas. Cuando empezamos a trabajar, yo no le dije nada, pero abrí mi móvil y apreté Rec en las notas de voz. O sea, que tengo grabado como dos horas y media de estar componiendo, donde hay espacios de silencio, espacios de: “¡Ay, cómo es esta palabra! ¡Uy, y si decimos esto! ¡Sí! ¡Uy, y si decimos esto! ¡Bueno, yo no sé si diría eso!”. Vaya, de todas las cosas que pasan en una composición. También de ir negociando un poco lo que a uno le sale y al otro le gusta, porque siempre hay una tensión, aunque para discutir o que haya piques, creo que ya tiene que haber mucha más confianza. A mí nunca me ha pasado, si el otro tiene una idea y a ti no te gusta mucho, buscas entonces el mejor modo para descartarla con elegancia, ¿no? Dices: “¡Ay, me encanta! Probemos otra”.
Es frecuente en la tradición de rock argentino dar con lo fabuloso —pienso, por ejemplo, en el columpio fabuloso en el espacio de Spinetta—. ¿Qué evoca para ti este término?
Fabuloso para mí es algo extraordinario; algo que se sale de la regla, de lo esperado. Y un poco la canción habla de eso, ¿no? De un desastre, pero fabuloso. Lo fabuloso tiene brillo. Así, el desastre fabuloso es como cuando tienes un amigo que siempre hace algo que está mal, pero te gusta que lo haga.
En una entrevista sobre tu anterior álbum, Jet Love, reivindicabas el juego como modo de crear, ¿de qué manera has jugado esta vez?
Como un ping-pong, porque al trabajar con otro hay algo de tiro para que vos tires. En momentos de silencio hay que saber llevarlo como, bueno, va, va, ¿en qué estamos? Hagamos un café. No sé, hay que generar situaciones para divertirse y seguir generando contenido. Ser músico y trabajar de eso, al final, es solo una excusa para mantener lo más posible la idea de ser niño. No creo que un contable tenga una personalidad muy de niño, pero un músico sí. No quiero decir con esto que un contable no pueda ser creativo, sino que la creatividad y el juego van completamente de la mano.
Este año estás acompañando a Leiva en el Tour Gigante, ¿cómo es tocar para una audiencia que posiblemente no te conozca?
Es una gran apuesta, no estoy acostumbrado. Y hay algo de eso que me está gustando mucho. Porque no estoy cantando para mi público que ya me vio varias veces y me analiza, como diciendo, a ver cómo está ahora; sino que la gente dice: “este tío, ¿quién es?”. Y eso me divierte. Yo soy de esas personas que si las invitan a un cumpleaños y no conocen a nadie, no tienen problema. Da ciertas libertades que nadie te conozca. No tengo problema en presentarme a alguien y decir: “¿Cómo te llamas? Yo me llamo Mateo. ¿Y qué haces de tu vida?”. Entonces creo que es un poco lo que estoy haciendo con Leiva: ir a su cumpleaños —que un show siempre es como un cumpleaños—, y, aunque nadie me conozca, saber me lo puedo pasar bien.
Texto: Sara M






