Entrar en el universo de James McMurtry fue algo fácil. Lo hice en 2005 con Childish Thing, su séptimo disco en estudio si no contamos el directo Live in Aught-Three (2004). Un disco aquel que me descubría a un artista espléndido que reunía todo lo que me gusta: una capacidad asombrosa para contar historias, buen tino con las melodías, querencia por las raíces resumida en una admiración equitativa entre el rock americano de Bruce Springsteen y el country de Hank Williams…Todo era casi perfecto. Incluso sus discos. Y no dudé en hacerme fan. Poco a poco, después fui descubriendo algunos de sus secretos. Hijo del novelista Larry McMurtry, fue estudiante de literatura inglesa y español, con lo que las palabras tenían pocos secretos para él. Siendo joven se largó de gira ¡a Alaska! para presentar sus canciones, para luego volver a Texas. Pudo conocer a John Mellencamp en 1992, ya que estaba protagonizando la película Falling From Grace basada en un libro de su padre. Mellencamp interpretaba al cantante de country Bud Parks en un papel escrito a su medida. Eso lo convenció de convertirse en profesional, tras haber empezado a hacer sus pinitos en 1987 ganando un concurso de cantautores. De hecho, acabó interpretando la banda sonora de la citada película.
Si este duodécimo disco de James McMurtry no es su mejor trabajo, poco le falta. Se trata de su primer álbum en cuatro años tras The Horses and The Hounds, y ha sido producido por Don Dixon (Smithereens, REM). Con una portada dibujada por Ken Kesey y basada en recuerdos de infancia de McMurtry, encontramos 10 canciones (para qué más si son tan buenas), ocho del propio autor y dos versiones, la rockera «Laredo (Small Dark Something)» de John Dee Graham que abre el disco con un crudo retrato de las adicciones y «Broken Freedom Song» de Kris Kristofferson que cierra el álbum de manera sublime. Por en medio, el poder y el abuso aparecen en «Soul Texas Lawman», los desastres de la demencia en el tema titular, basado en la experiencia personal con su padre, el sueño americano en «Sons Of The Second Sons» y el peso de las decisiones tomadas en «The Color Of The Night». Mezclando humor e ironía, con referencias cotidianas y crudeza. Utilizando en su medida justa las guitarras eléctricas dándoles un buen colchón de acústica que, sin sobrecargar los arreglos, se mantiene elegante todo el disco. El propio McMurtry ha reconocido que el motor creativo de esos temas fue “el miedo a volverse irrelevante”. Y a buena fe que no lo ha hecho. La prestigiosa Saving Country Music le da un 8.3, y para mí que se han quedado bastante cortos.
Eduardo Izquierdo






