
Ozzy Osbourne, el eterno Príncipe de las Tinieblas, ha fallecido a los 76 años, dejando tras de sí una de las trayectorias más icónicas, excesivas y transformadoras del rock. Nacido en Birmingham en 1949, John Michael Osbourne cambió la historia de la música como voz de Black Sabbath, fundadores del heavy metal, y como artista solista que supo reinventarse sin renunciar jamás a su esencia.
Con Black Sabbath, Ozzy dio forma a una nueva era sonora, oscura y visceral. Discos como Paranoid, Master of Reality o Sabotage no solo definieron un género, sino que crearon un imaginario propio. Como se afirmaba en el artículo “De menos a más – Black Sabbath (part 1)” de esta Ruta 66, Sabotage representa “el cenit de toda la carrera de Black Sabbath”, una cima artística que solo podía alcanzarse tras haber “desbordado las aguas” del bloqueo creativo con “pasajes acústicos desoladores, teclados, flautas y perturbadores arreglos de cuerdas”, donde canciones como “Killing Yourself To Live” reflejaban “la insatisfacción y sufrimiento en el mundo real”.
Tras su salida del grupo, Osbourne resurgió con fuerza en solitario, acompañado de talentos como Randy Rhoads, Zakk Wylde o, más recientemente, Andrew Watt. Su disco Ordinary Man (2020) anticipaba ya una mirada nostálgica, casi de despedida, que se confirmó con Patient Number 9 (2022), del que Daniel Renna decía, “Ozzy Osbourne exorciza sus demonios una vez más y mira de frente a su destino, esta vez rodeado de gente que le admira y a quien él admira”.
Hoy, el mundo del rock pierde a una de sus voces más reconocibles, a un artista que abrazó lo oscuro con honestidad y lo convirtió en arte. Ozzy Osbourne no solo dejó huella: la esculpió a martillazos eléctricos sobre la historia de la música. DEP.






