Vivos

King Gizzard & the Lizard Wizard – Poble Espanyol (Barcelona)

«¡A mi yo de 21 años le habría parecido hilarante e inconcebible que a alguien fuera de nuestro grupo de amigos cercanos y unos cuantos frikis del garage rock le importara lo más mínimo!». Quien echa la vista atrás es Stu McKenzie, cantante / guitarra / capitán de King Gizzard & the Lizard Wizard, al escribir sobre su debut 12 Bar Bruise (2012) en el pantagruélico apartado discográfico de la web de la banda australiana. Más inimaginable le hubiera parecido entonces profetizar sobre la carrera de los trece años posteriores, una trayectoria regida por la más absoluta independencia que ha permitido a los de Melbourne operar desde la libertad creativa y generar así una legión de devotos Gizzheads, demostrándole de paso a la industria que sí se puede alcanzar el éxito siendo fiel a tu instinto y sin tener que vivir de las migajas de tu pastel. 

¿Tienes cinco elepés listos y quieres publicarlos a la vez? 2017 fue el año del quinteto. ¿Además quieres que uno de ellos se pueda descargar gratis, hacer copias y lo que la peña quiera? Polygondwanaland, el elegido, acabó siendo editado por 88 sellos de todo el mundo para un total de 188 versiones. ¿Te apetece hacer una mini-gira en formato de residencia de tres días en cinco ciudades europeas? Se está haciendo y en Barcelona asistimos a la escenificación del poderío, artístico y de comunidad, de esta banda sin igual en el panorama internacional. ¡Ah! Me olvidaba, ¿quieres que cualquier fan pueda conectarse para ver los conciertos en directo? Descuida, todos se emiten a través de su canal de YouTube, pero con el streaming accesible para que youtubers afines –y que ya generan contenido sobre la banda– puedan ampliar su comunidad ofreciendo el visionado a posteriori. 

Son solo un puñado de ideas materializadas que ayudan a entender por qué en el Poble Espanyol no eran pocos los espectadores llegados de otras latitudes para ver a su banda favorita: hablé con uno llegado de Texas que sudó los tres días enfundado en disfraz de lagarto; con una pareja holandesa que, todavía en una nube por la residencia en Lisboa, anhelaba que en la capital catalana también cayera «Rattlesnake» –spoiler: solo sonó en las pinchadas de los after parties que se oficiaron en la cercana Sala Upload– y si uno se asoma al foro de KGLW.net, el portal de referencia de los Gizzheads, puede rastrear el entusiasmo de unos cuantos que están siguiendo al grupo en procesión por Europa.

En este contexto, la pregunta parece lógica: ¿tenía sentido acudir a los tres conciertos de la cita barcelonesa? Evidentemente, no todo el mundo podía permitirse los 120€ del abono y el seguidor estándar de los australianos con un concierto ya saciaba, no sin razón, su apetito de Rey Molleja. Yo mismo me había planteado acudir solo la primera noche, pero después conseguí acreditación para la noche del sábado y, claro, ¿cómo iba a perderme ya el fin de fiesta del domingo? Me habré gastado (y estoy cansado) más de lo previsto, pero también puedo afirmar que también soy más fan de Stu Mackenzie, Joey Walker, Ambrose Kenny-Smith, Michael Cavanagh, Lucas Harwood y Cook Craig que antes de cruzar el umbral del Poble Espanyol por primera vez. 

Es por ello que creo importante entender la residencia como un todo, como la mejor escenificación posible de su credo artístico: vivamos el momento, juguemos con la experiencia del directo, divirtámonos con nuestro repertorio, abrámonos a lo imprevisible. Sí, cada noche tenía su setlist –para un total de 51 canciones; un buen festín, ¿no crees?–, una hoja de ruta para cada velada que puede leerse como si de un menú se tratara: el viernes fue el primer plato, sabrosa bienvenida a la celebración que durante dos horas iba a oficiar una banda que necesitó ir aclimatándose en ese nuevo escenario, ante ese nuevo público; el sábado fue claramente el plato principal, toda la carne en el asador, con la mayor asistencia de la residencia –la desgraciada / inevitable coincidencia con el concierto de OSEES había mermado ligeramente la entrada del día anterior–; y el domingo fue el postre, la guinda del pastel, el regalo para los fans –y ellos mismos–, con un espíritu festivo envolviendo a la banda y abrazando al respetable. 

El concierto del viernes sirvió para constatar lo bien ensamblado que está un repertorio que fluye de forma admirablemente natural a pesar de picotear en álbumes tan dispares entre sí como el boogie-rocker Flight b741 (2024), el thrash-metalero Infest the Rat’s Nest (2019) o el más electrónico The Silver Cord (2023). A ello sin duda ayuda el modo en que los seis juegan con lo que está escrito en los papeles que tienen a sus pies, incorporando lo que en argot gizzer se conoce como teasers, suerte de anotaciones con las que salpimentan algunas de sus canciones: por ejemplo, en «Raw Feel» –de Flight b741– colaron un riff de «Muddy Water» –de Gumboot Soup, 2017– y en esta una referencia a «The Bitter Boogie» –de Paper Mâché Dream Balloon, 2015–; tres canciones separadas por diez años y  encadenadas para permitir a la banda dialogar sobre su faceta más bluesera. 

En abril KGLW anunció una nueva ristra de fechas por Europa y Reino Unido en las que alternarán conciertos con orquesta, para presentar comme il faut los temas de su inminente nuevo disco Phantom Island, con otros presentados como rave sets, enfocados a dar rienda suelta a la veta más electrónica del mencionado The Silver Cord. La misma con la que la banda ya está experimentando en este residency tour con un bloque de exploración electrónica donde irrumpe en escena un set interconectado de sintetizadores, secuenciadores, loops y osciladores analógicos para que principalmente Stu y Joey se lancen a la loable misión de fundir el cerebro al respetable con, por ejemplo, una versión de casi veinte minutos de «Gilgamesh». Nightclubbing, my dear…

Que la del sábado iba a ser la noche donde el sexteto pretendía arrasar con todo ya nos lo anunció el cartel pidiendo respeto en el pogo que se proyectó en la pantalla grande justo antes de que el tema «H.O.O.D.», del trío de Belfast Kneecap, estallara por los altavoces para calentar la salida del grupo. Ahora mismo, no me viene una demostración tan apabullante de guitar rock –desmedidamente épico e intrincadamente psicodélico, como un sueño febril de Tony Iommi o Ray Harryhausen– como la concatenación de las ocho canciones de la ‘segunda parte’ de su set; a cubierto que llueven meteoritos: «Witchcraft»,  «Mars For the Rich», «Venusian 2», «I’m In Your Mind», «I’m Not In Your Mind», «Cellophane», «I’m In Your Mind Fuzz» y «Gila Monster»…. I’m the Gila, blood spiller, witch killer (Gila, Gila)!… Esa noche llegamos tarde a casa, lógicamente. (PD: Añadir que, a pesar de lo que acabo de comentar, quizá mi tramo favorito fue cuando encadenaron «Minimum Brain Size» y «Oddlife» de ese discazo que es K.G., del infausto año 2020)

¡No hay dos sin tres! Menudo regalo el del domingo, qué paseo más disfrutón por las joyas menos evidentes de su abrumador catálogo sin que por ello se resintiera –¿acaso todo lo contrario?– la experiencia para aquellos que debutaban en la residencia justo cuando llegaba a su fin. Por si había alguna duda del porqué de la elección del veterano cuarteto Etran de L’Aïr como banda telonera, el arranque del último concierto con «O.N.E.» sirvió para trazar una conexión desértica entre Nigeria y Australia y para ubicarnos mentalmente en el espíritu exploratorio de las dos siguientes horas.

Los tres temas encadenados de esa fantasía sci-fi que es Murder of the Universe, el estribillo vacilón de «Le Risque» que un veinteañero gritó enajenado detrás mío –Hello, Evel Knievel!–, los 14 alucinantes minutos de la jam de «Magenta Mountain», el guiño a «La Grange» (ZZ Top) y el duelo armónica (¡Ambrose predicador!) vs guitarra durante «Cut Throat Boogie», la explosión de júbilo ravera-trovadoresca de «The Grim Reaper» (¡con guiño a «Intergalactic» de Beastie Boys!) y otro final de infarto –y ronda de chupitos en escena– con «Converge», «Superbug» y «Flamethrower», rubricada esta última con el grito de Free Palestine!, recogido como un clamor por el público. La noche de los seis aussies fue más larga que la mía, pero gracias a ello he podido escribir esta indisimulada carta de admiración a una banda que ahora mismo ejemplifica como pocas que estos siguen siendo tiempos de rock’n’roll.

Texto: Roger Estrada
Fotos: Sergi Fornols

Un comentario

  1. Lluis Bertran

    La 14,15 i 16 vegades que els veig i cada vegada mes fan

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Contacto: jorge@ruta66.es
Suscripciones: suscripciones@ruta66.es
Consulta el apartado tienda