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Dogstar – La Sala, WiZink Center (Madrid)

 

Vamos con la crónica más complicada que he escrito jamás. Puesto que esto es una más que respetable revista musical, empezaré por hablar de lo que fue el bolo de la forma más técnica posible, y luego ya de lo que fue el concierto en el que menos importaba lo musical de la historia.

 

Dogstar se presentaba por primera vez en España para promocionar su primer álbum en más de veinte años, Somewhere Between the Power Lines and Palm Trees. El trío angelino, comandado por Bret Domrose, ofreció un recital sobrio en una Sala del WiZink abarrotada y entregada. Un show old school con esencia noventera en el que el objetivo es llegar, tocar, deleitar y despedirse. Sin trucos ni ambages. Sin efectos ni escenografía. Algo minimalista y austero. Un show que cumple su función, del que disfrutas cada minuto y del que te olvidas en cuanto sales por la puerta.

Un recital que, por lo que ha costado –menos de 30€- es para sentirse más que satisfecho. Dogstar no va a salvar al rocanrol ni va a estar entre tus 200 grupos favoritos. Tampoco va a haber más de una o dos canciones en tu lista de Spotify – en parte porque solo está disponible su último álbum, cuyo mejor tema es “Overhang”, lo más oscuro que tienen dentro de un disco muy power pop-.

Y hasta aquí la crónica para los más ruteros.

Ahora, tras esta breve pausa, vamos con el no concierto. Si Dogstar es una banda reconocida es porque su bajista es un tal Keanu Reeves, una de las tres personas más molonas del planeta. Una superestrella mundial que lo es por algo ajeno a la música. Keanu no es Jared Leto en 30 Seconds To Mars. No es el cantante, miembro que habitualmente se lleva todas las miradas.; tampoco es Johnny Depp y sus Hollywood Vampires, una banda formada por músicos legendarios como Alice Cooper o Joe Perry; Y, por supuesto, no es un actor que se haya hecho famoso por interpretar a un músico, algo que están aprovechando artistas como Bradley Cooper.

Keanu Reeves es un tipo normal y corriente, archiconocido y forrado, como tú y como yo –salvo por lo de archiconocido y forrado- que se ha vuelto a juntar con la banda que montó junto a sus colegas hace más de 30 años para darse un paseo por el mundo. No tienen ningún tipo de ambición ni les va la vida en ello. Conforman un grupo sin nada excepcional. Por tanto, tres de cada dos de los allí presentes no fueron a ver un concierto. Fueron a ver una película en la que Keanu Reeves interpreta a un tío que toca el bajo.

Son las 21h y el primero que sale es el bajista, que se acerca al micro, suelta un tímido “Hey”, se coloca el instrumento y saluda de manera robótica y nerviosa a todos los presentes. Nada más. Y a partir de ahí, móviles al aire, cámaras con un solo objetivo y gente llorando y gritando. Papelón el del vocalista Bret Domrose cuando abre con “Blonde” y nadie le está escuchando ni, por supuesto, mirando ni, por supuestísimo, cantando con él. Robert Mailhouse, el batería, al menos puede taparse un poco al estar sentado, pero Domrose es de esos héroes que no llevan capa.

 

Sin embargo, y aquí yo también me rindo a ello, el aura de este hombre es algo que jamás había presenciado, y eso se tiene o no se tiene. Camiseta básica negra, pantalones y botas del mismo color y el pelo muy corto, dejando atrás esa melena tan característica que lo ha acompañado estos años y que, las cosas como son, le daba un toque muy singular. Keanu Reeves es un tío que está por encima del bien y del mal. Introvertido en exceso, tanto tocando como dirigiéndose al público, asume un rol totalmente secundario. Y, aún con todo esto, es el carisma en su máxima expresión. Ser su agente tiene que ser el trabajo más sencillo del mundo.

Me sorprendió, nada más entrar a una sala que suena de maravilla, que la gente estuviera repartida por todo el recinto y no subidas unas personas encima de otras en el lado derecho del escenario. A medida que se acercaba la hora del comienzo, escuchabas a mujeres hablando de que iban a infartar. De que esto no podía estar pasando. Se supone que el fenómeno fan andaba por el Santiago Bernabéu, pero esto era algo que yo nunca había presenciado. Porque la sala tiene aforo de 800 personas y se veía de puta madre desde cualquier lado, si no, hubiera apostado a que alguno de los allí presentes llevaba pañales y tres días esperando en la puerta.

En el transcurso del concierto sucedieron cosas extrañas. Surrealistas, por no decir absurdas. Foster Wallace hubiera publicado un ensayo de 200 páginas. Al que aquí escribe, una mujer le pidió -de manera muy educada- que si hablaba con mi acompañante lo hiciera separándome, aunque eso implicara hablar más alto. Como si hubiera querido coger un megáfono, pero por favor no me interpusiera entre su mirada y Keanu.  Otra adulta justo delante se quejaba de que una adolescente aún más adelante subía un cartel donde se leía que venía desde Florida solo para ver a Dogstar. Decía, muy vehementemente, que iba a matarla porque le estaba jodiendo un video en primer plano de Keanu que debió durar 68 minutos. Solo bajó el teléfono cuando el trío hizo la pausa antes del bis. Un bis en el que un hombre que estaba a mi lado soltó un “¡anda, que toca el bajo y no la guitarra!”.

En resumen, porque no soy Foster Wallace, 70 minutos donde a nadie le importó que Dogstar presentara nuevos temas como “Out Of” o “Runaway”. Más de tres o cuatro cantamos la versión de “Just Like Heaven y aquí creo que quizá podían haber metido alguna versión más para captar la atención del respetable, aunque, citando a un sabio, es posible que hubiera sido tan inútil como disparar a un pato muerto. Podían haber interpretado la misma canción durante todo el bolo que nadie se hubiera dado cuenta.

Keanu se despide tocándose el corazón y haciendo fugazmente el gesto del “te quiero” con la mano, es decir, los cuernos típicos pero con el pulgar también abierto. Mientras abandona el escenario, una chica algo más mayor que yo le dice a su amiga, súper emocionada: “tía, te juro que me ha mirado”.

Texto: Borja Morais

Fotos: Salomé Sagüillo

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