Encuentros

Cat Power, un acto de valentía y amor

Foto: Stefano Giovannini

Hace falta coraje, o inconsciencia, para pisar el Royal Albert Hall londinense y, ante un público expectante, repetir uno de los más recordados recitales que jamás tuvieron lugar en el auditorio victoriano. Chan Marshall emula al Bob Dylan del cisma de 1966… y el resultado es intrépido, emocionante, admirable. Ella misma nos lo contaba el pasado noviembre cuando publicaba el disco que vendrá a interpretar a Barcelona el próximo 9 de julio dentro del ALMA Festival.

Charlyn Marie Marshall me ofrece un cigarrillo. Estamos en la suite de un lujoso hotel de Covent Garden, uno de esos establecimientos reformados para que parezcan antiguos, y no será esta la única anomalía en nuestra conversación. Vestida de negro, calcetines grises y sandalias, me recibe con los brazos abiertos gritando: “¡Nacho, Nacho!”. Y al final, maternal, me regalará un peluche para mi hija, que tanto la admira… Pero, aunque pasa de un grave balbuceo a la euforia, parece en mejor forma que en anteriores encuentros. No ha tenido una vida fácil: infancia de abandono parental, aquejada desde la adolescencia de una enfermedad inmunológica, problemas mentales que obligaron a internarla, abuso de alcohol…

Tiene 51 años y lleva ya seis meses sin beber. Es Cat Power una autora e intérprete excepcional, seguramente porque su expresividad se sustenta en esas angustias vitales que la han acompañado. De la escena alternativa que la acogió, con obras mayores como Moon Pix (1998) o You Are Free (2003), saltó al íntimo R&B del exitoso The Greatest (2006) y al pop electrónico con Sun (2012), entregando su último álbum de temas propios, Wanderer, hace ya siete años. Desde el brillante The Covers Record (2000), mantiene una trayectoria paralela versionando favoritas, con esa voz de salitre y almibar, la expresividad de un alma extraviada. Jukebox (2008) y Covers (2022) derivaron hacia el mainstream, algo que no sucede en su homenaje a Dylan.

Rehacer la historia es una idea atrevida, valiente. ¿Cómo se te ocurrió?

Eso es lo que hizo Bob Dylan… [Rehacer la historia]. Nos llamaron para ofrecernos un concierto en el Albert Hall, el 5 de noviembre. Preguntaron si podría hacerlo. “Joder, claro que sí”, respondí, “pero solo interpretaré canciones de Dylan”. En diez minutos decidí que ese sería el plan, interpretar el repertorio de aquel histórico concierto. El clima actual en América es muy intenso, no hay público para estas canciones protesta, aquí es distinto.

He vuelto a escuchar tu canción «Song to Bobby», incluida en Jukebox. Ahí dices que siempre pensaste que Dylan te cantaba directamente a ti. ¿No es lo que hacen los grandes artistas?

Es lo que siento yo con Bob. Todos los demás, de los Rolling Stones a Johnny Cash, no me producían ese efecto, solo Bob, desde que era una niña. Bob es el único que yo sentía me cantaba a mí. Mis padres tenían una vida muy salvaje, y así fue mi infancia; siempre había música sonando, desde el tocadiscos o la radio del coche, en conciertos. Todo el tiempo había músicos alrededor, grupos de funk como Mother’s Finest, y mi padre tocaba en su banda de blues. Un vecino me hizo de padre desde el jardín de infancia hasta el primer año de escuela, porque mi madre nunca estaba. Mi padrastro me llamaba y siempre estaba escuchando música negra; mi padre también, es de Alabama, mitad negro y mitad judío, solía ir a las iglesias negras. Esa fue la cultura en la que me crié, tenía muchos amigos negros. Descubrí muchas clases de música a la vez. Mi abuela ponía a Sinatra, Hank Williams, Ray Charles, Patsy Cline, Elvis, Everly Brothers. Me sabía todas las canciones, Donna Summer, Queen, Kiss, bandas psicodélicas, pero cuando sonaba Bob era algo privado. Todos los demás rocanroleaban con cosas más fuertes, mi madre se vestía para la ocasión, se peinaba a lo afro y se desmadraba… a mí Bob me hacía sentir distinta. Sus historias me recordaban al actor Burl Ives y sus discos navideños, y a mi abuela cuando me leía la Biblia; aprendí a leer siguiendo sus dedos sobre la página antes de irme a dormir. Bob me recordaba todo aquello, tan personal y mítico, me enseñó los acertijos que yo debía resolver, introdujo en mí el pensamiento crítico cuando era solo una cría. Siempre me han gustado los acertijos…

A menudo te has mostrado frágil en escena, sofocada por la emoción. Imagino que debió ser aterrador salir a escena en el Albert Hall.

El hecho de ser mujer, haber crecido pobre en el sur, cambiando siempre de escuela, me hizo objeto de atención por parte de los demás desde niña, así que siempre fui la intrusa que se quedaba mirando, observando, aprendiendo. Más tarde, cuando empecé a cantar, me inquietaba cómo iban a verme, que me criticasen. Pero al salir a escena en el Albert Hall quise imponerme, mirar directamente al público, observar cada mirada. Estaba homenajeando a Bob, y eso me dio fuerzas. Quise que sonase compacto, que las letras fuesen exactamente las originales. No quise preparar las canciones, porque no se me da bien, me pongo nerviosa, pero revisé las letras. Ya no me pongo nerviosa en escena, me importa una mierda lo que piensen de mí. Le daba demasiada importancia a lo que los demás proyectaban en mí y me protegía con un escudo; crecí sufriéndolo y sé cómo es la gente. Se trata de concentrarte y leer al público, tengo un excelente oído, puedo oír una conversación a mucha distancia, lo que es un coñazo. En los dos ensayos que hicimos quise asegurarme de que la banda no tocase desde el ego, que no sonásemos como si estuviésemos en un antro de Beale Street, que fuésemos conscientes de que estábamos actuando, y grabando, ¡en el Royal Albert Hall! Esto no es un chiste, la gente lleva mucho tiempo esperándolo.

Comprendo…

Dylan apareció por sorpresa en Farm Aid hace tres días. ¿Te fijaste que en la última canción les soltó a los músicos: “Y la próxima vez llamadme por teléfono”. Inmediatamente escribí un e-mail a su manager diciéndole: “Dile a Bob que me llame por teléfono”. He pedido muchas otras cosas, pude conocerle y demás, pero nunca que Bob llamase a mi número…

¿Cómo encaraste cada canción?

Fui a los dos ensayos, pero no canté, lo intenté [Entona graciosa «Mr. Tambourine Man»]. Soy muy supersticiosa con las grabaciones, tiene que ser una sola toma en vivo, yo soy así, me afecta estar en el estudio; en mis primeros discos, cuando tocaba todos los instrumentos, era otra cosa. Quizás retocamos un redoble, una parte de guitarra o piano, pero eso es todo. Normalmente tengo que tocar y cantar, sola o con la banda, y grabarlo en una sola toma, pero esta vez fue distinto, me dejé llevar. Soy supersticiosa, me lavo las manos antes de tocar la guitarra. Fue extraño cómo surgieron las melodías, no son como las haría Dylan. Le expliqué a los músicos que las armonías que yo cantaba eran erróneas. Cuando era una cría y escuchaba Thriller sin parar, cantaba “I wanna be startin’ something…”, pero me equivocaba, seguía mi propio patrón vocal.

¿Has visto a Dylan en su actual gira?

Cuando anunciamos el concierto, al día siguiente él anunció que iba a girar por Reino Unido. Resultó que tocaba en Glasgow la noche antes que yo, pero no quedaban entradas. Me lo encontré en el hotel y le dije: “Oye, Bob, soy Chan, Cat Power…”. Se detuvo, me miró distante, dijo “Qué bien verte…”, y siguió su camino. Una hora más tarde me dicen que tengo una entrada. Bob está haciendo los mejores conciertos que yo le haya visto; son muy intencionados, todo está súper estilizado. Tocan a tan bajo volumen, todos aportando sus partes, es muy elegante. La voz de Bob es perfecta; mejor que nunca. Es como un ballet espectacular, perfectamente ejecutado. Lloré y lloré… ¿Le has entrevistado alguna vez?

Lo veo inalcanzable, difícil de encarar, es una figura mítica, un universo múltiple en sí mismo…

“I contain multitudes…”. ¡Joder! Es una persona muy amable y cool. Un caballero, encantador, sexy…

¿Qué te pareció la película I’m Not There?

Me encantaron todos los personajes que encarnan a Bob, todos los actores están excelentes. Me quedo con la historia de Heath [Ledger] y Charlotte [Gainsbourg]…

¿Ha hecho Bob algún comentario sobre tu concierto?

Escribí a su manager diciéndole que no estaba pidiéndoles permiso, pero sí quería que supiesen que iba a hacer ese concierto y que no sabía si saldría un disco o no. Les dije que amo estas canciones, que adoro a Bob y quería rendirle homenaje.

No le emulas vocalmente, pero al escuchar «She Belongs to Me» sentí la presencia del joven Dylan, rasposo, expresivo, fantasmal…

¡Guau, gracias!

Siempre me han fascinado tus álbumes de versiones, sobre todo el primero, donde deconstruyes canciones como «Satisfaction»…

Sé tocar la guitarra, pero no sabría decirte qué jodido acorde estoy tocando, por eso suenan como suenan en aquel disco [The Covers Record]. Algunas partes de guitarra en el último de versiones que hice [Covers, 2022)] las tocaron otros; en «I’ll Be Seeing You» toca mi amigo Erik, porque yo no sabía cómo. Pero en este álbum toco yo, de ningún modo iba a apoyarme en otros. Quise vivir este concierto como si fuese una manifestación de respeto hacia ese momento en el que él cambió la historia de la música. Los artistas que vinieron después ya eran conscientes de lo que podían decir en una letra y cómo afrontar el arte en general. Influyó a toda clase de personas, de periodistas a políticos, granjeros o pintores. Dylan tenía un público amplio y creo que, al pasarse a la electricidad, lo supiese él o no, esa red se hizo todavía más amplia.

En tus álbumes posteriores viraste hacia el R&B…

The Greatest [2006] ya se abrió al soul. De nuevo, lo grabamos en vivo en el estudio. Y fue horrible cuando Teeny Hodges [guitarrista de Al Green y Hi Records] se puso enfermo a mitad de la gira; tenía enfisema y tuvimos que suspender, no quería ser responsable de que empeorase. Fue descorazonador. Necesitaba una nueva banda, tenía toda una gira por delante, y encontré a Judah Bauer [Blues Explosion] y Jim White [The Dirty Three]. En el primer ensayo no tocamos las canciones de The Greatest, nos divertimos haciendo versiones de favoritos como Otis Redding y Patsy Cline. Resulta que Dylan iba a actuar allí y, aunque había escrito a su manager, exigí a mi discográfica que, si quería que accediese a posar para la portada de una revista, me consiguiesen un pase de backstage para conocerle. Tras enviar aquel mensaje y cerrar mi laptop, sin saberlo, Judah y Matt Sweeney tocaban «Buckets of Rain». Nos encontrábamos en el estudio donde Bob había grabado, en Criteria, Miami, un lugar alucinante. Le dije al ingeniero que pusiera en marcha la cinta y grabamos «Song for Bobby». Y unos días después le conocí.

¿Cómo fue el encuentro? Tengo amigos que, cuando se han encontrado frente a él, han sido incapaces de decir palabra…

¡Oh, no, hablamos un buen rato! Se fijo en mis zapatos blancos, levantó la vista y me dijo que eran muy bonitos. Estuvimos haciéndonos preguntas el uno al otro, igual que dos críos en una tienda de chuches.

Como no podía ser de otra manera, en tu concierto alguien gritó: “¡Judas!”. ¿Estaba preparado?

No, para nada. Aunque yo presentía que alguien iba a hacerlo. Llamé a Courtney Love, pues nos hemos hecho muy amigas, y la invité al concierto. Ella ya no bebe, y yo llevo ciento cincuenta y nueve días sobria. Le propuse que fuese ella la que gritase “¡Judas!”. Me dijo que era una idea divertidísima, pero al final no pudo acudir, anda muy liada escribiendo su autobiografía. Le dije: “¿Y si gritas Jesús…?”. “Ahhh…”, respondió. En escena, me acordé de nuestra conversación… y lo dije yo ante el micro.

Chan Marshall con el peluche que regaló a Carol Juliá

Como dice el texto promocional, “transformaste la tensión anárquica del recital de Dylan con una alegría cálida y luminosa”. ¿Era esa tu intención, la redención de un tenso momento histórico?

Sí, mi concierto fue mucho más alegre, porque él cambió mi vida y la de muchos otros al crear un sentido más profundo de la poesía popular y ayudar a la gente a dejar de pensar como si estuviesen encerrados en pequeñas cajas. Esto es lo que hizo por mí y por todos mis amigos que lo aman.

Existe la idea de que una canción debe escribirse para otra persona, no para el público en general…

Bueno, mis canciones salen espontáneamente mientras toco la guitarra, y las letras brotan de mi mente, otra cosa es si luego puedo recordarlas. Pero a veces escucho al mundo entero, a veces canto para la gente en general.

Sí, eres muy activa en Instagram.

Bueno, no creí en las redes sociales hasta la Primavera Arabe y Occupy Wall Street, cuando vimos que la gente tomaba las calles y el gobierno no podía hacer nada al respecto, no podían controlar las comunicaciones. La revolución no será televisada…

Cuando vi anunciado el concierto pensé que iba a ser una ocasión única, pero ya se han anunciado dos noches en el Troubadour de Los Angeles…

¡Yo también lo pensé! Hubo algunos problemas: una persona estuvo hablando todo el concierto, lo que anuló un micrófono. Mierdas que pasan. Vamos también a la Sidney Opera House, donde estuve hace cinco años celebrando los veinte de Moon Pix con los músicos originales del álbum, Mick Turner y Jim White de The Dirty Three, y sección de cuerda. Para mí aquello fue una gran experiencia, como el concierto de Bob, un reconocimiento de todo por lo que había pasado siendo una mujer, los años tratando de imponer mi integridad, que ha sido siempre lo más importante. Me sentí agradecida por estar viva y cantar aquellas canciones, especialmente por aquella personita confusa que había sido yo y que, pese a ello, nunca se vendió.

El futuro será hembra o no será. Los tiempos están cambiando, ¿no?

Fíjate en Cleopatra. Dicen que se suicidó. Hace seis meses, de pronto comprendí que fue asesinada. De ningún modo iba a quitarse la vida…

Lo digo por preguntarte si te ves haciendo un concierto similar con el repertorio de Nina Simone o Janis Joplin…

O Satie o Chopin… ¡ya veremos!

Me refiero a mujeres.

Ah, veo. No sé, no estoy segura. ¡Billie Holiday es mi reina…! [Suspiro].

Han pasado veinticinco años desde Moon Pix. ¿Qué le dirías a esa jovencita si pudieras comunicarte con tu yo pasado?

Le diría que no cuestionase nada de lo que está haciendo y que siga haciéndolo. Has de creer en tu instinto, escuchar a tus entrañas. No mires atrás…

El otro día posteaste en Instagram: “Me sentí muy libre al volver a estar de gira. Fui creada para espantar cantando todo el dolor que casi me mata, para que todos puedan conocer el resultado”. Es un autorretrato muy honesto…

Es verdad. A los 24 años quise suicidarme, tenía muchos problemas, y en aquella época había menos recursos, menos compasión, en una sociedad dominada por los hombres. Estaba en un hotel en Francia, sufriendo un ataque de nervios, cuando llamaron para decirme que subían. ¡Joder! Me vestí deprisa, parecía un espantapájaros, y me puse a llorar. Había una chica, oía su voz, estaba con alguien y se reían. Entonces ella colapsó, me abalancé sobre ella y me dijo que acababa de salir del psiquiátrico porque había intentado suicidarse. A partir de ese día me di cuenta de que ella era como yo: “¡Oh, no estoy sola!”. Y por eso en todas las entrevistas hablo de ello, porque ahí fuera hay alguien que está a punto de saltar por una ventana. Hoy hay más recursos y sé que, por desesperada que te sientas por la noche, el sol siempre sale al amanecer, y que el pánico que sientes pasará.

Una de mis canciones favoritas tuyas, «There’s Nothing but Time», con Iggy Pop [Sun, 2012], brota de una abrumadora compasión.

Va sobre una niña a la que ayudé a criar, su padre [el actor Giovanni Ribisi] estaba en la cienciología, y yo veía los problemas de ella con aquello. Horrible. Yo nunca había estado en su lugar, nunca me había relacionado con ellos de ningún modo, pero vi su angustia y esa canción es para ella, para Lucía. Por cierto, voy a grabar de nuevo con Iggy.

Te veo muy bien, en un lugar mejor, ¿no?

¡Oh, Dios mío, sí! Tener a mi hijo fue un regalo. Tiene ocho años. Le gusta jugar a fútbol con los mayores, es muy competitivo. Yo le digo que de mayor será un fiscal federal que luchará contra las grandes corporaciones; sus habilidades negociadoras son de alto nivel para un niño de ocho años. Me va mucho mejor ahora, sí, porque cuando la industria discográfica entera me dio la espalda, básicamente tuve que volver a empezar de cero. Pasar por todo aquello con mi hijo fue una demostración de ética de trabajo, tuve que ponerme las pilas, y luego llegó la pandemia. Mi hijo tiene pensamiento crítico, un increíble sentido del humor; es muy compasivo, lucha para que haya justicia en su clase. Los más pequeños le llaman papá, muy raro, pero a él le gusta y los críos le adoran. Me siento muy orgullosa y creo que por eso estoy tan bien.

 

TODOS SOMOS DYLAN

Discos de versiones de Dylan hay muchos, pero quizás ninguno como este. Lo que Chan Marshall hizo aquel 5 de noviembre en el regio auditorio londinense no se puede comparar con las decenas de elepés que ofertan selectas canciones a gusto del intérprete, es otra cosa, la valerosa redención de un acto histórico, una de esas fechas que en los sesenta cambiaron el rumbo de la música popular para siempre. Hacen falta agallas para acometer un repertorio que Dylan utilizó como un giro de guión imprevisto pero decisivo, cuando tras una primera parte acústica, al gusto del mojigato público folk que le seguía como al fulgurante líder de la canción protesta, el cantante y su banda eléctrica desataron una tormenta cuyos ecos todavía resuenan. Ocurrió en su gira británica, como meses antes había sucedido en el festival de Newport.

Sabemos que en realidad aquella tensa velada en que llamaron Judás a Bob sucedió en Manchester, no en Londres, pero así se escribe la historia. En Cat Power Sings Dylan: The 1966 Royal Albert Hall Concert (Domino-Music As Usual), la cantante de Atlanta suena poseída por un espíritu superior que la guía sin posibilidad de error por «Visions of Johanna», «Desolation Row» o «Just like a Woman». La mujer antaño impredecible y mentalmente inestable, aquí muestra toda su capacidad, su carácter, sin lugar a titubeos o rompimientos emocionales. Cada nota, cada aliento, son los idóneos, respetuosos con el original pero absolutamente ella. Y entonces aparece la banda y ataca mercurial, aplicado espejismo de los Hawks que Dylan reclutó para aquella gira invernal. «Tell Me, Momma», «Just like Tom Thumb’s Blues» o «Like a Rolling Stone» reviven enérgicas y la hibridación entre él y ella se consuma.

Dice que ya está maquetando canciones nuevas y que ha grabado otro dúo con Iggy Pop, «Working Class Hero», para un álbum dedicado a Marianne Faithfull. Mientras tanto, Chan canta a Bob con hechizante serenidad. No te lo pierdas…

Texto: Ignacio Julià

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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