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Tim Bernardes – Parlal·lel 62

Mi primer contacto con el planeta Bernardes, fue a través del disco de Chico Bernardes, el hermano pequeño de Tim, que publicó un magnífico álbum homónimo en 2019 y del me deshice en elogios hace ya un par de años.  A través de Chico me adentré en la música de su hermano mayor Tim y quedé igualmente fascinado con su disco Recomençar. No había podido aún verlo en directo y tenía muchas ganas de comprobar que esa magia que desprenden sus discos (recomendable también su última obra Mil Coisas Invisíveis) era transportada al escenario.

La velada en el Paral·lel 62 cumplió y superó todas las expectativas que tenía. Tim es de esos artistas que está tocado por la mano de dios, y que todo lo interpreta con un virtuosismo y una humanidad difíciles de ver en los escenarios de hoy en día. Como si fuera un personaje sacado de una peli de Wes Anderson y almibarado en el George Harrison del 69, Tim desprende mucha sencillez y autenticidad. Y solo en el escenario consigue transmitir tanto que te olvidas que hay una única persona actuando. Es más, es que prefieras que este formato siga así para siempre. Toca de forma brillante, ya sea con la guitarra o con el piano y tiene una voz que embelesa por su amplitud de registros y su suavidad. Tim cultiva el detalle y persigue la belleza. El brasileño se embadurna en la magia del pop atemporal enraizado en la música de su país. Poca gente supo reinterpretar la explosión pop de la British Invasión y mezclarlo con sus propias raíces musicales como lo hicieron los brasileños a finales de los sesenta.  Tim es heredero y continuador de ese sincretismo musical, y destaca por elaborar altas dosis de realismo mágico amarradas en lo más sublime.

A través de sus composiciones rompe la rigidez y la sencillez del pop y empuja sus límites hacia realidades mucho más complejas. Sus canciones, colmadas de acordes, pero a la vez fluidas y seductoras, emanan saudade glacé y pura mimosa. Y da igual si en un momento estás oyendo a Judy Garland cantando «Over The Rainbow» o a Chico Buarque o Tom Zé. En sus manos todo cobra sentido de una forma coherente.

El concierto tuvo un sonido prístino que permitía dejarse llevar por las canciones de Tim como si fuese casi un único plano secuencia musical en el que poco importaba qué canción estaba sonando. Sus melodías, sedosas y cargadas de fragilidad recordaban al Jeff Buckley del Live At Saint É o al Rufus Wainwright menos épico, con ecos de Fleet Foxes aullando en los vacíos de la sala. Igualmente, el pop de los Beatles y la candidez de los cantautores del Brasil de los setentas emanaban como fuentes cristalinas. Sus dedos se deslizaban en un fingerpicking hermoso, descubrían detalles percutivos con la madera de la guitarra acústica o se fundían en las teclas de piano con preciosas escalas. El público respondió enérgicamente al encanto de Tim y se creó una maravillosa sucesión de silencio respetuoso y aplausos magníficos, un precioso intercambio público autor. Tim muy agradecido correspondió con un set list generoso que repasó toda su carrera: tanto versiones, como canciones de su grupo O Terno como temas de sus dos discos. Un repertorio con energía hipnótica que cautivó a un público absolutamente entregado. Tim recoge el brillo de la herencia pop brasileña y lo sitúa en pleno siglo XXI cargándolo de una humanidad tan presente, tan cautivadora que lo convierte en un artista realmente especial. Si vuelve a venir no dudes ni un segundo en comprar la entrada. Estoy seguro que seguirás oyendo hablar mucho de él.

Texto: Andreu Cunill Clarés

Fotos: Marina Tomás Roch

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