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Purple Weekend Estrella Galicia – León

 

Temples (Foto: Ana Cayón)

 El festival Purple Weekend se ha resuelto a volantazos en los últimos tiempos, propio de un equipo de fútbol en construcción. Primero fue la pandemia, luego llegaron los cambios repentinos en la gestión, además del difícil encaje de una línea marcada y bastante conservadora que choca con el paso del tiempo y la falta de relevo generacional… Sin embargo, parece que poco a poco el Purple está recuperando el pulso y la claridad en sus decisiones.

Tal vez la primera piedra se colocó el año pasado con los Charlatans, una banda que brilló en el tránsito entre el sonido madchester y el britpop en la década de 1990 y que continúa ofreciendo conciertos estupendos. En esta ocasión los organizadores se han agarrado a la vía mística de Kula Shaker y la psicodelia contemporánea de Temples. Los noventa y la actualidad pop. Acertaron de lleno.

Ambos tiraron del carro en una 34 edición que volvió a contar con una clase media de grupos que mantuvo el tipo (desde The Liquorice Experiment a The Shadracks) y, sobre todo, una atractiva nómina de djs que se desplegó por varios garitos de la ciudad. Un Purple sin patearse los bares del barrio Húmedo y bailar picodelia, garaje, soul, beat y el delicioso surtido de singles de los años 60 no es lo mismo. Acudir a León también va de entregarte, de los pies a la cabeza, por cada instante que pasas en bares como Café Luna, Babylon, Chealse, Llibla y el Gran Café, oficialmente fuera del evento pero con un espíritu muy similar. Cada canción que gira en el plato se celebra como si fuera un gol por la escuadra. Y otra buena noticia: se vieron más mujeres que nunca en las cabinas. La paridad se abre paso en la escena sixties. Ya era hora.

Reme (Foto: Luís Canal)

Sin salirnos del horario vespertino, triunfaron los conciertos recogidos, sudorosos y, en algunos casos, rocanroleros de la sala Glam. Fue paradigmático el caso del grupo valenciano con sede en Londres The Liquorice Experiment. Los autores de la infecciosa «Man of action» se llevaron al público de calle con una fórmula que salta, sin ningún colorante ni aditivo extra, del r&b/garaje de 1965-66 a la actualidad. ¿Retro y vintage? ¿Los Yardbirds y Pretty Things del mediterráneo? De acuerdo, pero con canciones propias, actitud y un frontman tan resuelto como Álex Amorós, al que también se le vio retratando con su cámara al público que acudió al festival. Reme, otros paisanos que viven en Londres, tienen una capacidad innata para crear brillantes melodías y captar la explosiva imaginación de la música pop. En un espacio kitch y de fantasía como el Glam estuvieron en su salsa con una propuesta muy abierta, rica en matices y para todos los públicos. Como si los Beatles se hubieran reencarnado en Tame Impala con el olor a cecina surcando las calles contiguas del Húmedo.

Por su parte, el viaje por las estrellas de Calizo, macarras y contundentes, en algún lugar entre Triana, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba y el casticismo de los 70, cuajó y se agotaron las entradas. Parafraseando una de sus canciones más celebradas, también conquistaron León.

El Palacio de Exposiciones de León tiene sus pros y sus contras. Queda a desmano del centro y la acústica de un espacio multiusos de estas características juega malas pasadas, una herida que puede ser mortal para la música en directo. Fue un poco decepcionante que los primeros grupos de las jornadas del viernes y el sábado (el shoegaze de los escoceses The Kundalini Genie, el garaje del trío Tiburona) tuvieran que lidiar con un sonido bajito y con poco fuelle, mientras que los cabezas de cartel atronaban sus instrumentos en las coloridas paredes del edificio. A cambio, uno se puede mover con absoluta comodidad por el recinto y hace un calorcito que se agradece en la fría capital leonesa.

Kokoshca (Foto: Ana Cayón)

Tras el aperitivo punk e indie del jueves (Gente Muerte, Kokoshca, La Trinidad), decenas de personas guardaban cola en la calle para entrar al palacio de congresos hacia las 22 horas del viernes. En el radar de los asistentes, Kula Shaker. Dentro otro grupo escocés, Logan’s Close, demostraba que no se casan con ningún estilo, empezando por el llamativo vestuario de su cantante. Scott Rough llevaba un chándal azul con rayas blancas a los lados, camiseta blanca interior y una camisa roja de lunares. Musicalmente también hacen lo que les apetece y eso está muy bien, aunque a más de uno puede llegar a despistar una propuesta tan ecléctica que nace, efectivamente, en los 60 pero que se enmaraña en un agradable cóctel pop-rock.

 

Duelo psych

Con Kula Shaker ocurre justo al revés: pocas cosas parecen haber cambiado desde que en 1996 su álbum de debut, K, conquistase Inglaterra. Chrispian Mills, 50 años ya, luce el mismo flequillo que siempre y su voz ruge con una admirable energía juvenil. Sonó «Hey Dude» y una pequeña pantalla empezó a escupir imágenes psicodélicas tras ellos. Como siempre, el espíritu de la India se apoderó del imaginario de la banda y el pedal del wah-wah de Mills echó humo. ¿Lo mejor? La comunión colectiva con los clásicos («Tattva» y «Hush») y cómo sus viejos temas encontraron acomodo con algunas joyas más recientes como «Indian Record Player» o «Infinitive Sun». Un concierto largo y generoso que culminó con los versos en sánscrito de «Govinda». Premio del Público en León.

Kula Shaker (Foto: Ana Cayón)

El sábado se generó cierto debate entre la gente que se desplazó al Palacio de Exposiciones, menos numeroso que el día anterior. Los ingleses The Shadracks maravillaron a algunos y otros se quedaron fríos con una actuación que fue ganando interés, llevando el espíritu de Ian Curtis, The Cramps y Dead Moon a un terreno propio. Costaba despegar la mirada de este magnético trío, sobre todo de los nerviosos movimientos hacia adelante y atrás de su bajista Rhys Webb, conocido por tocar con los Horrors. Se lo habrán dicho millones de veces, pero viéndolo es imposible no acordarse de Wilko Johnson. Terminaron con una apabullante versión de «The Witch», el clásico single de los Sonics al que sacaron chispa a una velocidad supersónica.

Pasadas las once de la noche el idílico paisaje natural de la portada de Exotico, el último disco de los Temples, se fijó en la parte trasera del escenario. La proyección fue mutando levemente, con parsimonia, como si el quinteto que se dio a conocer con «Shelter Song» hace más de una década quisiera llevarnos de excursión a un lugar de ensueño, con playas paradisiacas y un ramo de flores abriéndose entre las nubes. El viaje fue precioso y sutil, coloreado por el teclado, omnipresente, que fue compartiendo el protagonismo con las guitarras.

Los ingleses suenan ahora más pop que nunca, con un punto muy etéreo y delicado. También algo más modernos. Muy centrados en los temas de su disco más reciente, nada ejemplifica mejor la evolución de la banda británica que «Slow Days», un medio tiempo que se te queda clavado en el cerebro dando vueltas días y días. Una delicia de canción y de show que se quedó corto de tiempo (unos 65 minutos) y culminó con un bis que explotó con un espectacular desarrollo instrumental. El viaje se dio por finalizado.

 

Texto: Jon Pagola

 

 

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