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The Screamin’ Cheetah Wheelies – Sala Apolo (Barcelona)

 

 

No miréis en el macetero del árbol navideño que los reyes magos ya pasaron. Bueno, ayer en Barcelona, hoy pasan por Madrid, mañana por Zaragoza y el sábado por Bilbao. Jamás pensé que esto sería una realidad, porque los Wheelies fueron una anomalía en los noventa y, como tal, sólo los recalcitrantes los recordábamos. Ser una anomalía representa  reducir tu público a una base de fans muy concreta y escasa; en su caso, repartida entre Nashville, New York, y ¡España!.

Que en el pasado su único concierto fuera de Estados Unidos hubiera acontecido en el Azkena reafirma esto. Por otro lado, a Mike Farris le ha ido relativamente bien con sus ceremonias solistas de góspel y soul, así que una reunión de la banda no se avistaba y tan siquiera los más soñadores lo podían presagiar. Pero el covid abrió los ojos del cantante y decidió finiquitar la historia de la banda con unos conciertos de despedida que empezaron el año pasado y seguirán en marcha en 2024. ¿Hasta cuándo? El tiempo lo dirá. Sea como sea, felicitar a los promotores por esta brava aventura y por hacernos felices a un puñado de fans.

Steepwater Band abrieron la velada con su solvente mezcla de rock clásico y blues, con incisos y espacios para la improvisación. Siguen sin convencerme como banda de canciones y les achaco cierta frialdad que en un escenario grande queda aún más patente. Siguen anclados en la dura, aunque honrosa, segunda división, pero tienen seguidores fieles y esto les permite girar por aquí con fiabilidad cada año y medio, dos a lo sumo.

Los Wheelies entraron dubitativos, con problemas de afinación y con una introducción de Farris a la guitarra que hubiera eliminado en el acto. Tal fue que «Magnolia», la gema con la que abrieron, sonó descafeinada y en un tono desconocido. Fue arrancar con «Shakin’ The Blues» y la cosa cambió radicalmente. Se veía claro que Farris sigue en un estado de forma nivel dios, tanto escénicamente como vocalmente o dirigiendo el escenario tal Steve Marriott en la cumbre de su carrera. La banda, pues bien, muy solventes, a la altura de las circunstancias y de las canciones, pero el tiempo no ha jugado a su favor y en ciertos pasajes se les notó el tiempo que han estado desconectados. Aún y con todo, mantienen el tipo musicalmente, especialmente el batería Terry Thomas, uno de los grandes de la época junto a Chad Smith y Matt Cameron.

Fueron desgranando la mayor parte de Magnolia, mucho del perfecto debut y menos de Big Wheel, logrando un equilibro implacable entre las canciones de riff, las más introspectivas y las que te llevan a un lugar emocionalmente brutal; de la majestuosidad de «This is the time» a la introspección catártica de «Father Speaks», el bello viaje que supone retroceder a «Sister Mercy» o lo que desprende «Good Time», una canción que nos enseña que vale la pena vivir y luchar por ello. Mientras tanto, alguna jam aquí y allá, Farris ejerciendo de maestro de ceremonias como no verás en un ningún otro escenario, y muchas caras de felicidad entre la audiencia.

Dignificaron una época trascendental de la vida de much@s de nosotr@s. Demostraron que ellos estaban en lo cierto y l@s miles que no pararon en su música en su día o años más tarde se equivocaron vilmente. Porque no hay mayor reconocimiento en el arte que la trascendencia de tu obra pasado el tiempo. Ayer, cuando sonó «Hello from Venus» en el cierre del concierto (por cierto, dejaron fuera «Boogie King» y «Ride The Tide» por restricciones de la sala, lo más parecido a un éxito que disfrutaron en su periplo original) la sensación era la de estar experimentando algo único, como cuando te enfrentas a «Drifting» de Hendrix o «TheWaiting» de Petty, pinceladas que surgen de la magia de unos creadores con una entidad propia y un acento muy pronunciado. Los Wheelies vencieron, al tiempo, a la industria y a su propia historia.

 

Texto: Sergio Martos

Fotos: Sergi Fornols

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