Rutas Inéditas

¡Malditos seáis! Daniel Jeanrenaud

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado. Hoy Daniel Jeanrenaud.

Daniel Jeanrenaud | Discography | DiscogsDaniel Jeanrenaud: Siempre hay gatos en el callejón

 

Algún día habría que escribir un artículo sobre las epifanías de los músicos. Sobre aquel momento concreto -a veces en la infancia, otras en la primera juventud- en que el rock’n’roll les soltó una colleja a traición para, desde aquel momento, no volver a ser los mismos. Y es que si bien una parte de los grandes (y no tan grandes) nombres del rock nacieron en hogares en los que la música popular, escuchada y/o interpretada por el clan, era el pan de cada día, otros tantos crecieron prácticamente en la inopia hasta el día de la revelación. En el caso que nos ocupa, esta sobrevino en 1972, a la tierna edad de doce añitos. De origen marsellés y posteriormente -tras la muerte del padre- establecida en Ginebra, la familia Jeanreaud le daba básicamente a la música sacra. El progenitor había sido ministro del movimiento Pentecostal y la madre tocaba el piano y cantaba en la Iglesia, así que no es de extrañar que cuando en un viaje de vacaciones a Inglaterra el joven Daniel se topó con el «Tutti Frutti» de Little Richard, el subidón fuera inmediato: “pensé ‘¡guau, qué gran música! Y también pensé ‘¡y qué gran lenguaje!’”. El aguijón no solo se había clavado, sino que se quedó dentro y para siempre. De vuelta a casa empieza a perder interés en la escuela y a ganarlo en las seis cuerdas (y en meterse en líos con bandas de motoras). Cuando el punk pega el estallido, le falta tiempo para montar una banda tras otra. Pero a pesar de que se siente atraído por la energía del imperdible, al mismo tiempo se siente constreñido, limitado en los márgenes de una música que no siente como propia. Así, cuando se encuentra con la posibilidad de telonear a Link Wray y Robert Gordon, cae definitivamente en la cuenta: aquello es lo suyo. Loco desde hacía tiempo por dejar atrás las tierras helvéticas, pero con la cuenta corriente imposibilitándolo, la oportunidad llegó en 1980, de forma inesperada. Su novia Joan, americana de Memphis, era violonchelista clásica. En esas que le surgió la oportunidad de una audición para nada menos que Kronos Quartet. El tiempo justo, pues, de pasar por la vicaría y pillar un vuelo a California.

Establecido en San Francisco, se dedica durante año y medio a buscar músicos con los que tocar, en sus propias palabras, “rock’n’roll con la mente abierta”. Tarea fácil en absoluto, por cuanto en la Costa Oeste, por aquel entonces, el rock 50’s no era precisamente lo que estaba más en boga. Hasta que en una fiesta conoce a Chris Wilson. Hacen buenas migas de inmediato, tanto que ambos se mudan -con sus respectivas parejas- para compartir apartamento. Conocer al resto de los Flamin’ Groovies y convertirse en su roadie de guitarra ya vino rodado. Pero la conexión de Daniel con la banda todavía iría un paso más allá. Durante una residencia de una semana en el Whiskey A Go Go de Los Angeles, tuvieron como teloneros a Roy Loney & the Phantom Movers. Pese a que Daniel fue advertido de mantenerse lejos de aquellos “gilipollas” (la relación con Loney & Co no parecía idílica precisamente), nuestro hombre se las arregló para colarse en una de las pruebas de sonido y entablar conversación con el batería Danny Mihm. Cuando poco después se enteró de que tanto este como el guitarrista James Ferrell iban a dejar a Loney, a Daniel le faltó tiempo para coger el teléfono y tratar de convencerle para unirse a la banda que tenía en mente. Reticente al principio, bastó medio minuto de ensayo para que ambos constataran una química innata entre ambos. Con el fichaje de Ferrell poco después, y la incorporación de José “Zé” Moita al bajo, los Kingsnakes acababan de nacer: una pura banda de rock’n’roll con actitud punk, vistiendo con glamour y destrozando camerinos allá donde los contratan, como reconocería años más tarde: “hicimos todo lo que hacen las estrellas de rock, incluso romper cosas, excepto que no teníamos el dinero para pagarlas”.

En 1981 salen por primera vez del estudio con cuatro temas bajo la manga, de los cuales solo uno («She’s not Nice») acabará en plástico. En el recopilatorio Rising Stars of San Francisco, concretamente, editado por War Bride Records. La canción pasó sin pena ni gloria, y para más inri Daniel fue llamado a filas desde la madre patria. Tocaba pues cruzar el charco, hacer la mili y dar un empujón a sus propósitos, pues en San Francisco las cosas andaban estancadas. Para ello se trajo a la banda a Ginebra, donde hicieron algunos shows, pero en general seguía sin surgir nada realmente interesante. El desánimo empieza a hacer mella, y no faltaba mucho para que el proyecto echase el cierre cuando en 1983, de visita a Paris, Daniel acaba por recabar el interés de New Rose. Por entonces tan bisoño como los propios Kingsnakes, el sello creado por Patrick Mathé y Louis Thévenon les firma contrato y los envía a Londres. Allí, en diversos estudios de la capital y con la incorporación del teclista Bernard Hall como quinto miembro, plasmarán siete canciones…no sin ciertos contratiempos: a mitad de las sesiones, con la mitad del material ya terminado, Ferrell deja el grupo, siendo sustituido por Michel Aguet. El resultado final, un mini álbum titulado How Tuff, los alinea en el revival rockabilly de los ochenta, esa escena comandada por los Stray Cats y secundada por grandes nombres -muchos de ellos olvidados a día de hoy- como Leroi Brothers, Polecats, The Shakin Pyramids o los Shakers de Steve Hooker. Siete temas de rock’n’roll clásico y garagero, presentados al año siguiente en sendas giras por Francia y España antes del regreso a Estados Unidos, en 1985, para grabar una segunda entrega.

Elepé en toda regla, perpetrado en los estudios de Peter Miller en San Francisco, Roundtrip Ticket se convertiría solo salir del horno en uno de los mejores discos de la década en su estilo, el típico trabajo al que no le falta ni le sobra una nota. Diez temas propios y una versión de Fats Domino («I’m Ready») que rinden homenaje al rock de los 50 y los 60 mostrando a una banda en su mejor momento. Clasicazo, punto pelota. Llegada la hora de salir a presentarlo, no obstante, surgieron nuevas dificultades cuando Mihm abandona la banda. La solución llegaría pronto, eso sí, de la mano de un personaje de sobras conocido. Manu Chao, fan de los Kingsnakes y por aquel entonces al frente de su propio combo de rockabilly, los Hot Pants, ofrece a sus músicos y a él mismo para la gira. Con el beneplácito tanto de Mihm como de New Rose, los Kingsnakes de Jeanrenaud/Chao se patean Europa con un sonido un tanto distinto, más punkie. Recalan en ciudades como Amsterdam, Londres y por supuesto Ginebra, pero el grueso de fechas se concentra como anteriormente en Francia y España, donde han construido una reducida pero sólida base de fans. Tanto, que en septiembre de 1986 son incluidos en el cartel de las Fiestas de la Mercè, patrona de Barcelona. Tocarían en la mítica Recta de l’Estadi el día 20, antes de Graham Parker, en una edición que incluía en días posteriores a Long Ryders, 091 o Wilson Pickett. Tiempos mágicos para el rock, más cuando se compara con el inmenso montón de mierda en que se ha convertido la programación musical de dicha festividad desde hace años. Esquivemos la nostalgia y el vinagre, en cualquier caso, para seguir con lo nuestro.

Daniel Jeanrenaud | The Kingsnakes | Interview - It's Psychedelic Baby Magazine

De la relación de la banda con España da buena cuenta asimismo un flexi single (regalado con el número 18 de Rock de Lux, mayo de 1986) que incluía el tema «Roundtrip Ticket» compartido con Los Rebeldes y su «Mescalina». Primera conexión con los de Carlos Segarra, refrendada al año siguiente al incorporar una versión de los franceses -«A Little Bit of Your Love»- en su directo Preferiblemente Vivos. Sin olvidar por supuesto su también temprana aparición en nuestras páginas (¿Estás preparado para The Kingsnakes? – número 6, abril de 1986) y su actuación en una de las primeras y hoy míticas fiestas ruteras.

Daniel mantendría la formación con los músicos de Hot Pants (menos Chao, ya por entonces demasiado liado con Mano Negra) para su tercer disco, More (1988), con el tema homónimo editado en España por EMI como maxi single. Y como suele ocurrir, ir de la mano de una multi muchas veces te trae tantas ventajas como inconvenientes. Más capacidad de promo, presencia en los medios y personal a tu disposición, por un lado. Pero por el otro llegan las injerencias no deseadas, especialmente en cuestiones puramente artísticas, y el desajuste de presupuesto. Como resultado de ello Daniel se encontró con apariciones en radio y TV y no pocos sold outs durante la gira, con Mihm regresado tras los tambores. Buenas noticias si no fuera porque con el equipo de gira duplicado, el caché no estaba al alcance de muchos promotores modestos (ergo, menos bolos) y porque, además, Daniel se encontraba promocionando un elepé cuya producción odiaba. Ciertamente, en More el componente más primitivo y garajero había sido convenientemente eliminado. Si a ello le añadimos una portada espantosa (puede pasar por un recopilata de los Gypsy Kings sin problemas) y un single de dudoso ritmo pseudolatino, la cosa no estaba para tirar cohetes.

File:Daniel Jeanrenaud.JPG - Wikimedia CommonsA todo ello se sobrepondría Daniel de ahí en adelante, asumiendo que el tren del éxito suele estar bastante oxidado bajo unos vagones falsamente lujosos. Seguiría girando con Dios y con su madre, incluyendo una remozada versión de la banda con Ferrell, Mihm y Chris Wilson, hasta instalarse definitivamente en Londres a mediados de los noventa. Allí crearía su propio sello, Rock And Roll House Records, editando algunos títulos todavía a nombre de Kingsnakes: Georgette (1993), estupenda antología, ideal para introducirse en su música, el mini álbum Belleville Cat ‎(1995) y finalmente Come On, Ça Va!? (1997), última referencia de la banda hasta hoy. Al año siguiente, en el Olympia de Paris, darían su último concierto como teloneros de Screamin’ Jay Hawkins.

La pista discográfica de Daniel se detiene prácticamente por aquel entonces (tan solo puede rastrearse un CDr homónimo con temas propios ya conocidos y unas cuantas versiones, editado en 2011), no así su actividad en directo. Ya el año antes se las arregla para conseguir una residencia de seis noches a la semana en la trastienda del Marathon Kebab House de Camden Town, un garito sin escenario en el que cada noche durante años y años -hasta que perdieron la licencia- deleitó a la parroquia con todos los clásicos imaginables, entre la medianoche y las cuatro de la mañana. Parroquia de renombre, muchas veces: “Jack White supo de mí y vino a verme. Le encantó. Hicimos un dueto en algunas pistas de blues de los sesenta. Aparecían muchos músicos: Robert Plant, Noel Gallagher, Paul Weller. Amy Winehouse siempre solía pedir a gritos canciones de Elvis. Después de hacerse famosa, un día regresó y todos fuimos a una fiesta a su casa. Tuve que entrar por la ventana porque ella había perdido las llaves. Yo era el único que sabía cómo allanar un domicilio”.

Docenas de anécdotas allí o donde se terciara, porque a Daniel te lo podías encontrar en el rincón de un italiano como The Spaghetti House en Tufnell Park, de donde también era habitual o incluso tocando de forma regular en los vagones de la línea Norte del metro. Solo o en compañía de su banda, los Camden Cats, el hombre que años atrás compartió escenario con leyendas como Bo Diddley, Chuck Berry, Arthur Brown, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Carl Perkins o Sly Stone enchufa y rasga la guitarra allá donde sea, siempre que haya alguien dispuesto a escuchar rock’n’roll.

Para este 2021, ha prometido finalmente material nuevo. Su segundo disco en solitario, titulado Rock n Roll Tzar, y un directo de los Kingsnakes en San Francisco el año 81, teloneando a Robert Gordon.

Estaremos atentos a ello, pues de su estirpe quedan pocos, muy pocos.

 

Eloy Pérez

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