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Sonny Boy Wiliamson, ¿quién es quién?

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Hablar de Sonny Boy Williamson es hacerlo de dos personas diferentes. Dos hombres distintos con una única cosa en común: su capacidad para emocionar tocando blues. O quizá más. Y es que lo cierto es que ambos compartían ciertos rasgos de carácter y comportamiento. Pero no avancemos acontecimientos. Porque como aseguraba Pitágoras, el principio es la mitad de todo, y esas palabras, en este caso, adquieren más sentido que nunca. Trasladémonos pues al comienzo de este embrollo, fácilmente ubicable en un estudio de la emisora KFKA de Arkansas.

Allí, está a punto de entrar a trabajar como músico residente del recién estrenado programa King Biscuit Time un joven llamado Rice Miller. Nacido Alek Ford, el chaval no tardó en adoptar el apellido de su padrastro. El hecho de que en su Glendova (Mississippi) natal le apodaran Rice por su efusividad al trabajar el arroz le puso las cosas fáciles cuando tuvo que buscar un nombre artístico en el momento en el que el blues se metió en sus venas. Pero las cosas no eran tan sencillas, y ni siquiera que rápidamente mostrara su habilidad innata con la armónica favoreció su carrera. Con más pena que gloria, y a pesar de compartir conciertos con Howlin’Wolf o Robert Johnson, Miller, apodado por muchos Little Boy Blue, se recorría los principales garitos de blues del Mississippi para acabar consiguiendo apenas unos dólares que, en raras ocasiones, acababan cubriendo sus necesidades vitales. Debía encontrar una solución, y esta le vino a la mente casi por casualidad.

En uno de esos encuentros con compañeros de profesión, Elmore James comenta con Miller el éxito que está teniendo en el norte un espléndido bluesman llamado Sonny Boy Williamson y, ni corto ni perezoso, decide suplantarlo. De manera fulgurante, en el momento que empieza a presentarse como Sonny Boy Williamson, las ofertas y las audiencias de sus conciertos se multiplican y acaba recibiendo la citada oferta de la KFKA que, conociendo la historia, aceptan para mejorar la audiencia, seguir el juego. En un golpe de honestidad, Miller se presenta a veces como Sonny Boy Williamson II, consciente de que poca gente va a hacer caso de ese ordinal que complementa su nombre, y el efecto va a seguir siendo el mismo. Aunque no tardará en olvidarse de ello. Pero el amigo Miller, considerado por muchos el último gran bluesman de la historia, no había valorado de manera adecuada el aceptar la dichosa oferta. Él no contaba con que las emisoras de Chicago reemitieran algunas de las grabaciones realizadas en el Sur y allí, por supuesto, iba a enterarse del percal el auténtico Sonny Boy Williamson.

Nacido como John Lee Williams, como muchos otros, Sonny Boy se inició en un coro de góspel, aunque lo suyo eran los tugurios de mala muerte y, sobre todo, los burdeles. Mujeriego empedernido, Williams combina sus actuaciones en casas de putas, a cambio de un buen polvo, con una gira permanente dentro de un medicine show. A pesar de haber nacido también en el Mississippi, con apenas veinte años se instala en Chicago y allí es donde desarrollará su carrera. Su habilidad para tocar la armónica era difícilmente igualable y su único problema era una evidente dificultad en el habla que le impedía cantar de manera convencional. Hábil e inteligente, hizo de su fraseo su marca de fábrica y en poco tiempo Lester Melrose, productor de RCA le firmaba un contrato para grabar con la subsidiaria Bluebird Records. Melrose había fundado junto a su hermano mayor Walter y Marty Bloom, Melrose Brothers Music Company en 1918, en lo que para muchos significa el inicio real del blues en Chicago.

Tras vender en 1925 su parte del negocio, cinco años después acaba entrando a formar parte del elenco de RCA para la que descubriría a músicos como Big Bill Broonzy o, años después, a un tal Muddy Waters. Uno de los primeros temas que Sonny Boy Williamson grabará para Bluebird será «Good Morning Little Schoolgirl», convertida en un éxito radiofónico gracias a lo cual llegará hasta el sur donde Sonny Boy Williamson II, por supuesto, la incorporará a su repertorio. Pero como hemos visto, la radio también será la culpable de descubrir al suplantador, y el verdadero Sonny Boy, hombre de armas tomar, coge un autobús hacia el sur acompañado de sus compinches Walter Davis y Big Joe Williams para dejarle las cosas claras al que se estaba aprovechando de su fama. Este hace mutis por el forro y desaparece convenientemente durante una temporada, por lo que Sonny Boy Williamson vuelve a Chicago para seguir grabando éxitos, algo que hará hasta 1948.

El 1 de junio de ese año, el bluesman se encuentra intentando abrir la puerta de su casa cuando un tipo se le acerca por detrás y le clava un pica hielos en la cabeza ¿El motivo? Un auténtico misterio, aunque muchos aseguran que al ser un mujeriego, como su alter ego sureño, el asesino podría haber sido algún marido vengativo dispuesto a satisfacer el honor de su parienta. El camino estaba libre para Sonny Boy Williamson II. Este, que tenía tanto de buen músico como de caradura, no duda en presentar su primera grabación, publicada en 1951 con el eslogan de “the one and only Sonny Boy Williamson”. Casi nada. Aunque hay que decir que para la mayoría de los que lo conocían, su habilidad musical hacía olvidar sus malas artes. Gracias a ello participará en grandes momentos de la historia del blues, como la grabación de «Dust My Brown» de su amigo Elmore James.

Reconvertido en estrella radiofónica, Sonny Boy Williamson II combina sus conciertos con su programa de radio en Arkansas, hasta que en 1963 decide cruzar el charco para mostrar su destreza en el viejo continente. Allí conocerá a jóvenes músicos como The Yardbirds o The Animals, que no dudarán en solicitarle que grabe con ellos. El blues está de moda en Europa y tener allí a uno de sus nombres más reconocidos es un auténtico acontecimiento. Eric Clapton o Jimmy Page no dudan en convertirse en sus cicerones y Williamson empiezaa sentirse cómodo viviendo en las comodidades que proporciona la fama. En Estados Unidos era considerado un grande del blues, pero en Europa, aquellos chavales lo veneraban como si de un Dios se tratara. Y eso le gusta. Aunque sus obligaciones le llaman. El contrato indefinido que había firmado para realizar anualmente King Biscuit Time en la radio llevaba demasiado tiempo suspendido y los capos de KFKA no duda en esgrimirlo asegurándole que si no volvía a incorporarse a unas emisiones que se habían resentido de su ausencia le interpondrían una denuncia millonaria. Malhumorado, Williamson volvió, aunque con la idea de encontrar la manera de romper su contrato para regresar. No iba a conseguirlo y, lo que es peor, no volvería a pisar Europa.

Instalado de nuevo de manera temporal en el Delta, Sonny Boy retoma su programa incorporando al mismo a sus colegas Houston Stackhouse y Peck Curtis. Pocos programas realizarían juntos. Porque el 25 de mayo de 1965, Sonny Boy Williamson II no se presenta a la emisión diaria y, tras salir del paso como pueden, sus dos compañeros se desplazan a su casa dispuesto a encontrarlo, probablemente, durmiendo la mona. Se equivocaban. Sonny Boy Williamson II fue encontrado muerto en su cama a causa de un infarto de miocardio. Su vida, envuelta de misterio, merecía un final similar. Porque si nadie sabía en qué año había nacido y hasta tres fechas, 1890, 1899 y 1901, se daban como posibles, su lápida iba a hacer honor a su leyenda. Enterrado en Whitman Chapel, a las afueras de Tutwiler, en la lápida que había pagado Lilian McMurry, la propietaria de su principal discográfica, Trumpet Records, alguien iba a grabar mal su fecha de fallecimiento. No podía ser de otra manera.

El penúltimo hombre que vio a Robert Johnson

Puede parecer baladí, pero Sonny Boy Williamson II fue una de las últimas personas en ver a Robert Johnson con vida. Otro hecho que lo haría pasar a la historia. El también bluesman David Honeyboy Edwards aseguraba que Robert Johnson mantenía una relación con la mujer del hombre que lo tenía contratado durante el verano de 1938, así que cuando el 13 de agosto empezó a encontrarse mal después de hincharse a whisky, no dudó en pensar que el marido despechado había intentado envenenarlo. Johnson no fue capaz de actuar aquella noche, y entre un par de borrachuzos del local lo acercaron a su habitación en Greenwood, de la que ya no saldría. Sonny Boy se acercó al día siguiente para ver cómo se encontraba y halló al legendario guitarrista, en sus propias palabras, “andando a cuatro patas por el suelo, aullando como si fuera un perro”. Johnson fallecería dos días después, pero sus palabras no hicieron sino acrecentar la leyenda de que el diablo había decidido ir a buscar la parte del famoso pacto que había cerrado con él en un cruce de caminos. Solo una persona más, el también bluesman Johnny Shines, vería con vida a Robert Johnson después de hacerlo nuestro protagonista.

Texto: Eduardo Izquierdo

Artículo publicado en el número 358 de abri del 2018

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