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Bad Company, fantasía en la cúspide

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Fue el primer súper grupo que consiguió labrar una carrera con más de tres discos. Alcanzaron a ser denominados la banda más grande de América con procedencia británica, por detrás solo de Led Zeppelin. Reventaron el concepto de arena rock y cumplieron con todas las fantasías escritas en el manual de las estrellas del Rock. Influenciaron en toda la maraña de Rock Fm que vino después (Foreigner lograron vender unos cuantos millones de copias imitando su sonido), y gracias a sus tonadas, unos cuantos años después, se creó un nuevo concepto: el Classic Rock.

A priori estas podrían ser algunas de las exclusivas que definirían la época de Bad Company en la cúspide, bueno, eso y la incomparable voz de Paul Rodgers. Pero Bad Company también arrastra a su paso una especie de halo negro, una especie de simbiosis con la muerte y el mal fario. Quizá el hecho de bautizar al cuarteto como “malas compañías”, nombre extraído de una película de 1.972 sobre la guerra civil americana, no sea una mera coincidencia. Cuando Mick Ralphs abandonó Mott The Hoople porque “no aguantaba todo el rollo del Glam. Quería volcarme en canciones simples de Rock, con orientación hacia el Blues, que es lo que me gustaba”, pocos presintieron la defunción de éstos; vendían miles de discos, Ian Hunter parecía sentirse cómodo en su posición de líder y Ariel Bender, su sustituto, enchufó adrenalina a los recitales en vivo. Mott lo dejaron un año y poco después de la marcha de Ralphs. Rodgers, por su parte, zanjó con Free, devastado por ver la autodestrucción a la que se sometía Paul Kossoff. La del guitarrista era una muerte anunciada (acabó falleciendo en 1.976), aunque salvable en todo caso. La premonitoria letra de «Shooting Star», no deja de marcar una extraña coincidencia en el tiempo.

Dicen que el distanciamiento definitivo entre los miembros originales de Bad Company, –provocando una lánguida y solitaria penumbra en la grabación de Rough Diamonds, donde ninguno de ellos coincidió durante su gestación en el estudio–, la propició la muerte de John Bonham, amigo intimo de la banda. Y la reunificación de 1.999 sucedió porque los cuatro integrantes se vieron por primera vez en muchos años, durante la ceremonia de defunción de Peter Grant cuatro años antes, y Robert Plant les sugirió: “Sois una de las pocas bandas en la que todos estáis en este mundo. ¿Porqué no seguís tocando juntos?”. Si, tocaron juntos, por poco tiempo, ya que Boz Burrell abandonaría la banda, alegando que odiaba tocar Rock. El bajista falleció en España de un ataque al corazón en el año 2.006 y dos años después los tres miembros sobrevivientes se agruparon para rendirle un homenaje. En América al menos, los conciertos son tan lucrativos que el ‘homenaje’ se alarga hasta la actualidad. Y seguirá hasta que deje de ser rentable, o físicamente imposible.

 

SUBIDA METEÓRICA

En 1.971 Paul Rodgers se sentía infeliz. Su banda, Free, se hallaba en punto muerto. Los cuatro integrantes del combo eran unos niños, unas almas desangeladas, sin nadie que les dijese: “Hey, vamos a tomarlo con calma. Vamos a seguir haciendo las cosas poco a poco”. La presión alcanzada por el éxito del single «All Right Now» les había desbordado, pero en el otro eje el disco Highway (editado tan solo tres meses después que el sencillo nombrado) no levantó grandes pasiones pese a la inclusión en él de verdaderas maravillas como «Be My Friend», o «Ride On A Pony». Los choques ego maníacos entre Rodgers y Andy Fraser empezaron a levantar vuelo, a la par que la crisis de identidad de Kossoff se ahogaba entre copas y anti depresivos. Rodgers decidió ahuecar su carácter en un nuevo proyecto que renació como Peace. Y el grupo de efímera duración abrió por toda Inglaterra para unos Mott The Hoople que también atravesaban uno de sus tantos apuros internos.

En la gira Rodgers intimó con Mick Ralphs, un entrañable bebedor de Hereford, Inglaterra. No es que decidiesen formar una banda en el acto, pero la raíz ya estaba creciendo, puesto que Ralphs le mostró al cantante algunas de las canciones que estaba escribiendo: «Can’t Get Enough», «Movin’ On», y «Ready For Love». La primera germinó en «One Of The Boys», y la tercera acabó formando parte del repertorio de Mott, ambas incluidas en All The Young Dudes. La segunda apareció, cantada por Ralphs, en la antología de Hoople de tres compactos editada en 1.998. En cualquier caso esas no eran canciones escritas con Ian Hunter en mente; esas tonadas nacían desde el Rock de acorde basto, y partían hacia la inmediatez del Rock radiofónico, vertido a la americana. Estaban creadas para la nueva vida de Paul Rodgers como cantante.

De cualquier modo Paul enterró el hacha respecto a Fraser y volvió a Free. “El hecho era Koss, mi amigo, que estaba en necesidad”, recuerda Rodgers. “Fue mi idea compartir el crédito de la creación de las canciones en Free At Last, era un gesto para traer de vuelta algo del espíritu”. El trabajo no se recuerda como el mejor de la banda, pero durante su formación en el estudio de grabación Paul Kossoff vivió sus últimos instantes de paz y felicidad. La gira no fue tan apacible. Rodgers y Fraser volvieron a enfrascarse en ridículas confrontaciones y Kossoff odiaba ver a sus amigos discutir, por lo cual el Mandrax acabó formando parte de su dieta diaria. Fraser abandonó por última vez y formó los rescatables The Sharks junto a Chris Spedding. Koss le siguió, no sin antes pasar por momentos críticos. “Una de las razones por las que Free se rompió era porque nadie quería ver a Koss abandonando este mundo”, comenta Simon Kirke. “Se que no suena muy halagador pero éramos unos niños. Tuve que enseñar a Koss los acordes de All Right Now antes de un bolo en el Albert Hall, ese fue mi último recuerdo. En cuanto tuve la oportunidad de tocar con Bad Company no lo dudé un instante. Quería recuperar la ilusión”. Free facturaron un último trabajo, con una formación totalmente remodelada, en el que Rodgers cometió mucho trabajo de guitarra: “El disco se llamó Heartbreaker porque era una situación desoladora. Era realmente doloroso ver como todo se apagaba”. El disco, –hermosísimo para ser una despedida y conociendo ahora los detalles en que fue emanado–, encauzaba un nuevo sonido, más directo, sin concesión. ¿Era quizás la primera piedra de toque al futuro de Rodgers y Kirke?

En el otro bando Mick Ralphs apenas había contribuido a la creación de Mott, co escribió tres canciones y firmaba en solitario «I’m a Cadillac», pero su hálito constaba lejos de la empatía de Hunter. Dicen que una fuerte discusión con Ian, otros que su miedo a volar le trastornaba como humano… Parece que la verdad ha quedado dicha en el anterior párrafo y concluye el propio Ralphs: “Quería algo mas blues, algo más campechano”. Mick llamó a Paul y este le dijo: “Tengo una canción llamada «Bad Company», quizás podría ser el nombre de la banda”. Nacen en 1.973, año de pistoletazo para muchas otras bandas importantes de la época.

Simon Kirke resulta ser el hombre adecuado para el puesto de batería cuando Rodgers le propone unirse al grupo. “Fui a visitarle a su casa, y me lo encontré con Ralphs, arreglando canciones. Mick era un lunático divertido, pero fue perfecto para nosotros porque Free éramos en muchos sentidos, una banda demasiado seria. Salté al barco de inmediato. La caza entonces se declinó hacia el puesto de bajista”. Boz Burrell aprendió a tocar su instrumento de la mano de Robert Fripp, y perfeccionó su estilo durante su estancia en la banda de Blues de Alexis Korner. “Boz fue el único tipo que no intentó impresionarnos con su tocada”, rememora Ralphs. “La primera cosa que dijo fue: ‘Vamos al pub y echemos un trago’. Todos acabamos completamente borrachos y le dijimos que estaba en la banda. Al día siguiente nos telefoneamos el uno al otro y nos preguntamos: ‘¿Era bueno con su instrumento?’, ‘Si, eso creo…’”.

Paul fue quien tuvo la brillante idea de darle un toque a Peter Grant. “Aprendí la lección en Free. Pensé: ‘¿Quién es el más grande y mejor manager de la escena?’ Entonces llamé a Peter Grant, que estaba con Led Zeppelin. Le llamé y dos días después me dijo que estaba interesado en ser mi manager. Le dije que iba con banda…”. Bad Company firmaron, de la mano de Grant, con el recién estrenado sello discográfico de Zeppelin: Swan Song Records. Bad Company se grabó en noviembre del 73, en tan solo diez días, después de que Zeppelin cancelasen su cita en el estudio situado en la granja de Headley, Hampshire (UK).

A principios del año siguiente se edita el single de «Can’t Get Enough» y es un éxito inmediato a ambos lados del Atlántico. El sencillo bebe de la misma agua que «All Right Now», con la diferencia de que Rodgers ha encontrado una nueva expresión en su voz, más concentrada, menos dramática, directa, inmediata. Otra gran diferencia es la tocada de Ralphs; mientras que Koss se basaba en el vibrato y su verdadera baza era su solista, Mick es un guitarrista de grandes acordes, solos bellos pero discretos, y rítmicas fuertes como un roble. Cuando el álbum se edita en el mes de junio, la prensa especializada no habla de otra cuestión. El disco por otra parte no decepciona; visto en la actualidad parece un ‘grandes éxitos’ al uso: el dramático tema título, el single mencionado, «Movin’ On», la grandilocuente revisión de «Ready For Love», «Rock Steady», la hermosa «Seagull»… La conquista de la banda fue inmediata.

Boz Burrell: “Estábamos de gira con Edgar Winter cuando el disco llegó al numero 1 en USA. Fuimos la peor pesadilla para los cabezas de cartel”. Por otro lado Peter Grant se las ingenió para que recibieran trato de estrellas desde el primer instante. “Hicimos un recital en el estadio de futbol de Charlton con los Who y otras bandas, y se suponía que debíamos tocar al mediodía”, rememora Ralphs. “Peter me telefoneó por la mañana y me dijo: ‘Tu coche está estropeado. No vengáis hasta tarde’. Mientras los managers de las otras bandas se quejaban, Peter no paraba de decir: ‘Estos malditos músicos. Nunca aparecen a la hora’. Cuando llegué, Peter, delante de los organizadores, me dijo: ‘Imbécil, debíais estar horas antes’. Todo eso mientras me guiñaba un ojo”. Como resultado de esa fingida parsimonia Bad Company fue la primera banda de la tarde en utilizar los focos de escenario. Era el primer gran espectáculo de la banda en Inglaterra, y Grant consiguió justo lo que deseaba.

Cambian de paraje para su siguiente obra, esta vez marchan al Castillo Clearwell, originario del siglo diecisiete. La banda empalma su primera gira con la grabación y aparece eufórica. Aunque algunos tildan a Straight Shooter (publicado en abril de 1.975) de copiar los patrones de su antecesor, en mi opinión, y en la de Ralphs, nos encontramos ante el mejor disco del cuarteto. Dos de las canciones incluidas acompañan la memoria colectiva de muchos norteamericanos desde que fuesen creadas: las inmortales «Feel Like Makin’ Love» y «Shooting Star». Las agraciadas «Weep On More» y «Call On Me» redondeaban el lado meloso del vinilo, y las viscerales «Good Lovin’ Gone Bad» y «Deal With The Preacher» perforaban un trabajo que se me antoja impecable. Si bien es cierto que la evolución respecto a Bad Company es justa, la banda suena intachablemente conjuntada, poderosa en todos sus ámbitos. Kirke firma un par de tonadas, aunque de nuevo el basto material escrito se lo reparten entre Rodgers y Ralphs. “Con este disco nos asentamos en los placeres que anhelaban todas las bandas de la década: viajar en jet privado, mujeres, montañas de dinero, y cocaína”, señala el guitarrista.

Tal fue el incomparable suceso de Bad Company en América que cuando se rememora esa era en falsas películas retrospectivas, suelen ser el ejemplo de banda de Rock de los setenta. No eran especialmente guapos, pero su música cumplía con todos los requisitos para alcanzar el podio, para vivir la fantasía de todo héroe que se tercie. Solo sus compadres Led Zeppelin podían superar en exceso y mitología el cariz de Bad Company. “Comprábamos los coches más caros, las casas más lujosas”, conmemora Kirke. “No es que esas cosas fueran necesarias para vivir, pero ahora teníamos el dinero para hacerlo. También estaba el tema de la coca… Paul lo dejó en el 76, pero yo perdí el contacto con la tierra. Aunque nunca fallamos en nuestras actuaciones”. Para el tercer álbum, Run With The Pack (1.976), la banda tenía asegurada una gira por los estadios más poblados de USA. Eran ya un valor seguro. El disco completa el primer ciclo del combo, la originaria trilogía de álbumes, el fin de una era, el último gran trabajo que realizarían sus protagonistas en sus largas carreras musicales. Grabado en Grasse, Francia, (como los Stones, decidieron alejarse de los impuestos británicos), con la unidad móvil de los de Jagger, y con el ingeniero Ron Nevison a los controles, Bad Company facturaron otra obra impecable, de aquellas que te hacen entender como era la música en los setenta.

Run With The Pack es el disco favorito de Dave Clayton, presidente de la Free Appreciation Society, y del propio Rodgers, como él mismo explica: “Es nuestro canto de cisne. Es al culminación de la originalidad de Bad Company”. La pulcra cubierta del vinilo, con la manada de lobos en relieve sobre un espejo grisáceo, –que al contrario que las anteriores no fue realizada por los artistas de Hipgnosis–, nos pone de antemano ante una tanda de canciones inmejorable: la demoledora «Live For The Music», la desgarrada «Simple Man» (posiblemente la última gran canción compuesta por Ralphs), «Love Me Somebody», donde Rodgers rememora a los refinados cantores del cosmos negro, el perfecto tema título, con tantos matices que relatar, –el piano y la fuerza vocal de Paul, la sección de cuerda, el doblaje de guitarra…–, y así hasta enumerar la mayoría de tonadas del álbum. “Creo que es un gran trabajo”, cuenta Kirke. “Pero a partir de aquí empezaron a aparecer los nubarrones”. Bad Company no giraron por Inglaterra en la presentación de su tercera obra; quizás es que ya eran demasiado americanos, y no necesitaban del resto del mundo.

 

ANGELES DESOLADOS

No es casualidad que la debacle artística de Bad Company concuerde con la de Led Zeppelin, que habían firmado su última obra maestra en 1.975 con Physical Graffiti. Todo coincide con la lamentable devastación de Grant como ser humano, prosaico en su consumo de alcohol y drogas. A eso hay que sumarle el hecho de que con la excepción de nuestros protagonistas, el resto de artistas de Swan Song Records denostaba un fracaso tras otro. Tan solo Dave Edmunds consiguió laurel y eso fue ya a finales de la década con Repeat When Necessary. El caso es que Burnin’ Sky (1.977) resulta ser un disco soso, que repite en demasía los esquemas ya expuestos, y se salva, pidiendo mucho, el tema que da nombre al disco. La banda se nota cansada, goza en su propio auto estima, y vive endiosada en un universo que no pertenece a la realidad. “Cuando llegamos al estudio no teníamos ni una sola idea, y las drogas, a la larga, tampoco ayudaron”. Los cuatros integrantes de Bad Company habían pasado cuatro años intensos, peso a eso súmenle las carreras de todos ellos en sus anteriores y respectivas bandas. Demasiado deprisa, demasiada verticalidad. Necesitaban un respiro y lo tuvieron.

Desolation Angels (1.979) fue una buena manera de expulsar la década del exceso. Con el decenio Bad Company dejaba su historia escrita, un cuento que no debió de pasar a otro capitulo. Su sombra no estaba dispuesta a seguir una evolución natural, eran tipos ricos, famosos, ya habían vivido el nacimiento y el auge. Desolation Angels fue un buen trabajo, sin acercarse a la vigencia de la primera trilogía, pero artísticamente fue un buen regreso respecto a su antecesor. En él hallamos una de sus mejores canciones, el alegato a la vida en la cúspide del sueño que todos pernoctaban, un auto homenaje por un trabajo bien hecho: «Rock ‘n’ Roll Fantasy». Se convirtió en otro básico de la radio estadounidense.

Y una perla del recatado Burrell, «Gone, Gone, Gone», se encuentra entre el material expuesto a objeto de reivindicación. “Parecía que todo iría bien, el disco funcionó, y volvimos a tocar en UK, donde fuimos recibidos con agrado. Pero entraron los ochenta, Bonzo murió, Lennon fue asesinado y nosotros nos gastamos como banda”, admite Kirke. Por si acaso, Paul Rodgers volvió a enemistarse con un bajista, tal y como sucedió en los días de Free; Burrell y él llegaron a las manos, lo que en opinión de Ralphs, significa el beso de la muerte para cualquier banda británica. Kirke: “Es como si todo se hubiese vuelto del revés. Nadie respondía por Swan Song, Paul se peleaba por todo con cualquiera, Mick iba a su rollo, y la cocaína nos hacía a todos mucho mas paranoicos”. Era el fin de una era y un pensamiento. Aunque aún tuvieron la oportunidad de reflejarlo por si mismos, sin necesidad de que yo lo relate en este articulo.

Rough Diamonds (1.982) habla por si solo. Contiene un excelente tema, el inicial «Electricland», pero el resto del disco carece de pulso. Por momentos se acerca a la calamidad, salvado por la solvencia de los músicos y la voz de Rodgers, que sigue siendo un placer escuchar. Como muchos otros camaradas de generación, Bad Company intentaron poner a punto su sonido, afín a los tiempos que se estaban cociendo. Algún teclado pasajero, una sección de viento que ya no encaja en el perfil de la grabación, y algún estribillo que sonroja. Aún así el cambio no es tan drástico como sí sucede en otras discografías, y pese al desplome compositivo, el trabajo se deja escuchar en el presente. Siempre que uno tenga tiempo que malgastar, claro. Conociendo el proceso de grabación del trabajo uno se pregunta si no hubiese sido mejor tomarse otro respiro y hacer las cosas con calma. Lo define Simon Kirke: “Paul y Bob tuvieron otra gran pelea, y Ralphs se entrometió; los tres acabaron peleándose. Paul vivía muy cerca del estudio, por lo que decidió dedicarse al cuidado de su joven familia”.

Rodgers se volvió una figura solitaria, asolada por la naturaleza de la banda. Aunque el no cree ser el problema: “Creo que Mick no estaba escribiendo las canciones que la banda necesitaba. Para ser honesto, no creo que los chicos pusiesen mucho de sí mismos en el disco. Yo había dejado lo de las drogas y ellos vivían en una fiesta continua. En ese punto eran ellos y yo. Verdaderamente frustrante”. No hubo gira de presentación del trabajo. Rodgers se marchó y con él otra época. Vuelvo a lo señalado, Bad Company fueron el ejemplo de banda marcada por un período, los protagonistas de un film que podría realizar el director Cameron Crowe. El ascenso meteórico, la estabilidad, y finalmente el pasotismo, el conveniente final. Nos quedan para el recuerdo una treintena de canciones inolvidables y la remota posibilidad, aún sin ser un hecho considerablemente excitante, de que la nueva versión del ahora quinteto, pase por tu ciudad.

 

NO ACEPTEN FALSIFICACIONES

Lo dijo Simon Kirke: “Después de la grabación de Rough Diamonds Paul (Rodgers) seguía obsesionado con la idea de hacer un disco en solitario; quería hacer un trabajo en el que solo su dictamen fuese importante, sin tener que escuchar las otras tres opiniones. Así que dijo, ‘Mirar, me voy a tomar un tiempo de relax, quiero hacer este álbum, ya nos veremos’. Y nunca volvió”. Bad Company, oficialmente, nunca se disolvieron. Mick Ralphs ya en 1.984 grabó un disco en solitario, Take This, que fue una perdida de tiempo y dinero. Kirke se unió a Wildlife, pero fue demasiado crudo el hecho de volver a tocar en salas completamente desocupadas. Y Boz Burrell, se juró a sí mismo no volver a tocar en una banda de Rock.

Por otra parte Rodgers no tardó en volver a encabezar los noticiarios, al fundar una nueva alianza junto a Jimmy Page bajo el nombre The Firm. Con el panorama en trance y la presión de Ahmet Ertegun desde Atlantic Records que esperaba un nuevo trabajo de la banda, Ralphs y Kirke convencieron a Burrell para reformar el grupo junto a Brian Howe, que había cantado en los británicos White Spirit y formó tándem junto a Ted Nugent en el álbum Penetrator de principios de los ochenta. “Sin Rodgers nunca fuimos Bad Company”, señala Ralphs. “Me supo mal arrastrar a Boz porque de verdad que él no quería volver a tocar, y fue un palo muy duro para su autoestima”. Grabaron Fame And Fortune en 1.986, y a contra corriente, –con Rodgers emperrado en llevar a la banda a los tribunales, sin fortuna–, lograron volver a triunfar en los charts americanos. Burrell renunció en cuanto tuvo ocasión, pero la banda salió adelante con Dangerous Age en 1.988. Ralphs siguió el vestigio del bajista, y con Kirke como único miembro fundador, lograron que dos años después Holy Water fuese otro suceso, alcanzando el millón de copias.

Siguieron Here Comes Trouble en 1.992 y un directo al año siguiente, hasta que Howe fue despedido por discrepancias y desavenencias con Kirke. Ni que decir tiene, que ninguno de estos discos mencionados posee la magia del cuarteto original, y de hecho arrastraron el nombre hasta las cuotas más desosegadas y maltrechas del AOR para las masas fáciles de contentar. A mediados de los noventa Ralphs volvió al ahora quinteto y con él entró el voceras Robert Hart, con quienes registraron Company of Strangers e Stories Told And Untold. Sonaron mas rockeros, más próximos a la formula original, pero Bad Company sin Rodgers eran un mal sueño, una mala imitación que nunca debió pasar del local de ensayo.

Texto: Sergio Martos

Artículo publicado en el número 274 de septiembre del 2010

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