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Sharon Van Etten, La chica a la que no supiste amar

Creíamos que se la había tragado la tierra, pero no. A pesar que durante este tiempo ha habido otras aspirantes que anhelan su plaza, ella no va a perder su puesto. Remind Me Tomorrow la confirma como lo que es, una estrella de carne y hueso que sonríe todo el rato. Este fin de semana la podremos ver en el Vida Festival.

 

Tarifa

En el Bang Bang, esta noche, hay una tipa flacucha en el escenario. Parece vestir con ropa del baúl de su bisabuela. Lleva un vestido que no querrías ni de cortina de apartamento de verano y, de remate, bajo los faldones, un pantalón. Colgada del cuello una Fender en vez de un rifle. Siendo niña esa chica seguro que lloró el día que Kurt Cobain se saltó los sesos. Apuesto que no salió de su habitación en todo el día, ni fue a clase ni bajó a cenar. Escuchó cientos de veces «Come as You Are» y «About a Girl». La chica rasga las cuerdas y se hace el silencio en la concurrencia del Bang Bang. Su banda la compone otra mujer a los teclados que la acompañará en los coros, un batería y un bajista, hombres los dos: camisas a cuadros, sanotes, elementos nada intimidantes. Falta otro guitarra. Generalmente hay un guitarra solista. Quién sabe qué ha pasado con él ni dónde estará. No es fácil llegar hasta Twin Peaks. Tampoco salir.

La guitarra suena, ella sola, acordes en tonalidad mayor: los músicos a la espera. La canción, «Tarifa», parece compuesta desde lo añorado, en una habitación de hotel o mejor aún en una alquilada por meses, rodeada por la nieve. Una habitación que no es sino la prueba de una mala decisión: seguir hasta ese agujero a un tipo solo porque estabas enamorada y creías que estando cerca de él, podrías conseguir que no dejara de amarte. Y compusiste algo así al recordar aquella vez que estuviste en Tarifa. El sol sobre el césped, saltarse la hora del amanecer, el momento perfecto. Sabiendo que la perfección no era sino la ausencia radical de los demás. Y el número siete saliendo una y otra vez sobre el tapete. Olvídate de todos los demás y mírame, canta la chica, mira el momento perfecto. Ella no quiere, no puede recordar nada en absoluto que no sea ese momento. Lejos ya, lejos cuando compuso la canción, en la añoranza de lo que nunca es capaz de dejarse aprehender. Como escribe en otra canción: me amas pero vas a cambiar. El mundo, los otros te cambian, te alejan. Por eso, quedémonos encerrados en Tarifa, en esta habitación, en Nuncajamás.

Enseguida llega la voz a la canción y te conquista. Hasta ese momento, esa chica era la hermana pequeña de tu novia, la poco agraciada que se quedaba el final del pasillo mirándoos mientras cerrabais la puerta y os escapabais a la calle en busca de la noche, allá donde las bandas tocaban. La voz tiene una profundidad emocional que te llega, te puede, te gana. Sabe colocarla sobre la herida y curarla e infectarla a la vez. La canción tiene una cualidad melódica innegable, unos arreglos de guitarra y coros minimalistas, es un barco de papel en la tormenta pero no se hunde. No hay estribillo, la letra es elusiva. Pero se hace grande a cada zapatón. Como la chica que la canta, Sharon Van Etten, que hasta se permite refundar la canción cuando ya estaba cerrada con un arreglo de guitarra que no es sino una muestra de talento. Esta chica es cosa seria, Agente Cooper.

 

¿Por qué ella?

¿Por qué Sharon Van Etten? ¿Por qué ella y no Neko Case o Phoebe Bridgers o Feist o St. Vincent…? ¿Por qué alguien destaca en medio de propuestas más o menos similares? Los mismos ingredientes de cantautor electrificado, en una combinación adecuada, algo distinto y una marca identificable y verosímil. Y en el caso de Sharon Van Etten, talento compositivo muy por encima de lo usual. Americana, grunge quejumbroso, folk esquelético, espinazo eléctrico, álbum de fotos depresivo, autocompasivo con ramalazos pop, casi asaltos sin querer a un hit popular («One Day», 2010, «Serpents», 2012, «Every Time the Sun Comes Up» o «Taking Chances», 2014, y «I Don’t Want to Let You Down», 2015) en un universo Van Etten, frágil al tiempo que indestructible, el de sus letras.

Sharon ilustra la chica a la que no supimos amar, que un día se levantó del suelo, dejó de llorar, cogió sus bártulos del lavabo y de la habitación y se marchó. La persona a la que no supimos ver, la que esperaba un cambio que no llegaba o un regreso a aquel momento perfecto cuando de la baraja solo sacábamos sietes bajo el sol de Tarifa. La que solo manteníamos al lado alejándola de lo que podíamos ser, en una eterna promesa nunca cumplida. ‘’Pudimos ser algo grandioso (…) conviérteme en algo grandioso’’. El púgil al que golpeabas y se volvía a poner de pie, que se dejaba pegar hasta que con lo último de amor propio que le quedó, se largó una mañana y compuso alguna canción que, a veces, te dicen que habla de ti y tú lo niegas pero sabes que es verdad, que pudo ser algo grandioso pero no supiste amar a Sharon Van Etten y ella quizás vio en ti, algo mejor de lo que eras. El mundo Van Etten hasta hace muy poco era ese. Con buen criterio, en su nuevo disco, Remind Me Tomorrow, trata de ser ella misma pero adulta, sin ser una caricatura ni un fraude pero tampoco una muestra aburguesada de armonía doméstica. Y aunque el adelanto «Comeback Kid» es un bodrio, en el resto de canciones quizás podamos encontrar muestras para seguir confiando en ella.

Una de las respuestas a por qué ella, por qué la Van Etten entre otras y otros, con sus guitarras al cuello, cantautores kurtcobainos cuando no jeffbuckleianos, es porque es una compositora extremadamente talentosa. Muchos de sus competidores, urden alguna o algunas buenas canciones, tienen trozos de discos pero a veces todo es la voz, cómo la colocan, la imagen, la oportunidad de la propuesta. En todos las colecciones de la cantante nacida en New Jersey, en 1981, hay temas por los que aquellos matarían. La han versionado Bon Iver/Justin Vernon, War On Drugs o Ben Howard y para estos músicos el mundo es una apuesta solipsista de ellos mismos. Van Etten también muestra buena mano en la ecléctica elección de las suyas desde Nick Cave, Kris Kristofferson, Glass Ghost, The Smiths, Morrissey, Soft Boys o la pergeñada en directo con orquesta, hace muy poco, de los LCD Soundsystem, «New York, I Love You but You’re Bringing Me Down». Y sabe cantarlas; esa sería otro razón, claro, la pericia cantarina. Su voz tiene textura, profundidad, la arrastra por el suelo con la misma dosis de Valium, sonajero y esperanza, de igual modo que la encadena a una estructura de más decibelios, batería, bajo, guitarras y en ambos casos hace diana. Te la crees. Crees lo que te canta. Crees que lo que canta es importante para ella. Crees que la canción no es un saldo sino una muestra de algo importante para ella. Y ahora, gracias a «Comeback Kid», sabemos que hasta es humana y puede equivocarse.

Talento compositor, voz expresiva, alma folkie pero mano izquierda firme sobre la Fender y una imagen muy particular de fábula eterna, patito feo, cisne hermoso, el baile en la oscuridad de aquella con que nadie contaba qué podía bailar, todo eso que no deja de ser mito y, por tanto, poseedor de la suficiente fe y verdad como para beber de la realidad y devolverle la imagen: Sharon Van Etten, la chica a la que no supimos amar es feliz, exitosa sin haber renunciado a nada de su gusto y arte, sin venderse ni impostar ni imagen ni cancionero. Buenas noticias para todos menos para los que se han quedado diez metros atrás en la carrera con menos talento, menos honestidad o peor suerte. Y además, la mujer se parece tanto a ti y a mí y a la hermana pequeña de tu novia que cae bien por unanimidad. Ahora solo depende de ella —pero con colegas como la gente de The National o Justin Vernon no parece en peligro— no defenestrar la carrera.

 

Érase una vez un patito distinto al resto

Nacida en New Jersey, se mudó en la adolescencia a Tennessee, regresando después de finalizar sus estudios a su ciudad natal. Kyp Malone de TV On The Radio le persuadió para que se decidiera a ser músico de manera profesional. En 2009 editó su primera colección de canciones, Because I Was in Love, cuya producción del también compositor Greg Weeks —y dueño del sello en el que se editó el disco, Language of Stone— directa, monótona y low-fi hicieron que Van Etten sacará una limpieza de cara editándolo en nueva puesta a punto del mismo disco el año pasado, con producción de Joe Lambert y dos temas extras. A pesar de todo, cortes como «I Wish I Knew» o «For You» demostraban el talento compositor de una Van Etten que delimitaba un territorio de mujer insegura de sus sentimientos y del otro, con canciones que hablaban de incertidumbre, dependencia emocional y extravío. Al año siguiente, publica Epic, con las ventanas abiertas a un sonido más espacial, más popero y en el que Sharon muestra más hechuras de chica con banda electrificada detrás que de chica con guitarra acústica. Y además está «One Day» como primera gominola Christine McVie de Van Etten, y «Love More», un corte tan bueno que hasta lo versionó Bon Iver. Produce Brian McTear en otra portada horrenda como lo fue la de su anterior trabajo. Con ese disco saldrá de telonera por Europa y Estados Unidos con The National y también colaborará vocalmente en alguno de los cortes grabados por aquella banda.

En el 2012 editará Tramp ya con la disquera con la que aún graba, Jagjaguwar. Las relaciones con The National son tan excelentes que lo producirá Aaron Dessner, su guitarra y compositor. Además también aparecen por el disco su hermano Bruce, e integrantes de The Walkmen, Beirut y Wye Oak. El disco volvió a funcionar entre colegas de profesión y enterados y empezó a sonar para un público más amplio y medios más generalistas, lo que hizo que algunos de ellos lo sacaran entre lo mejor del año. Es su primer asalto a un gran público y funciona ese camuflaje roquero en la furiosa «Serpents» o en «Warsaw» al lado de baladas marca de la casa, «Magic Chords». Van Etten está mucho más segura, de su forma de cantar y de que el marco referencial de su música es ella misma, sin necesidad de mirar de reojo a otros colegas. Su personaje, la protagonista de sus canciones sigue siendo alguien vulnerable pero ya no un saco de arena. Ha salido de eso, está fuera mirándose a ella misma y no va a volver a llamar a tu número, pasó tu oportunidad, chaval. Vulnerable, frágil sí pero sobretodo superviviente.

Con todo y aún siendo una buena colección de saberes y haceres de nuestra chica, la sensación que quedaba era de un cierto extravío de lenguajes y maneras. Algo que se corrigió con el siguiente disco ya en 2014, esa suerte de disco redondo y casi perfecto que es Are We There?. La producción en este caso será de Stewart Lerman (Elvis Costello, Sophie B.Hawkins) junto con la propia Van Etten, y todo parece encajar. El piano se combina con la guitarra en el esqueleto de canciones que aciertan de lleno en la toxicidad de relaciones («Your Love Is Killing Me», «Break Me» o «I Love You but I’m Lost») pero la aguja del compás está ya clavada en acusar, empatizar, confesar pero también en dejar atrás toda esa mierda. Saltar con miedo porque es imposible hacerlo sin él pero saltar («Afraid of Nothing»), la paranoia del amor que está cambiando («Tarifa»), pero la propia producción, los matices tanto de composición como de interpretación, abren muchas más posibilidades al tiempo que cierran caminos de autoflagelación ya no creíbles en una mujer más segura como intérprete, compositora y ser humano. Joyas pop como «Taking Chances» o «Every Time the Sun Comes Up», esta cerrando el disco con sonrisas de Sharon y Heather Woods en el estudio. Un disco luminoso, sincero, lleno de talento y nervio, nada autocomplaciente y sí autorreferencial respecto del menú de gustos musicales de su creadora.

El éxito del disco facilitó una extensa gira que le llevó a España —cosa que, por el momento, no va a suceder ahora— y luego el silencio discográfico interrumpido en el 2015 por un disco de cinco canciones, todas excelentes, destacando «I Don’t Want to Let You Down» y «Tell Me» grabada en directo en Barcelona en el Gran Teatre del Liceu. Vuelve a producir Lerman junto a James Frazee.

 

Recuérdame mañana

Con promo, curiosidad mediática, merchandising y expectación de estrella, el nuevo disco de Van Etten, Remind Me Tomorrow, tiene prevista su salida a primeros de enero. Bloqueada como compositora sobre un instrumento como la guitarra —demasiadas escuchas de Ry Cooder, confiesa—, la nueva exhibición del cancionero son temas compuestos sobre pianos y sintetizadores y bajos tuneados. Producción de John Congleton (Swans, St. Vincent) y como referencia de lo que quería Van Etten, el último trabajo de su admirado Nick Cave, Suicide o Portishead. Nueva vida personal de la artista, mucho trabajo, colaboraciones en televisión —actriz en la serie de Netflix, The OA—, bandas sonoras, giras y madre por primera vez en 2017. Vuelta de tuerca a la forma y algo menos al fondo, en cuanto a la sensibilidad emocional. Aquí el miedo no es al otro sino a los otros, a perder tu identidad, a ir hacia un lugar al que nunca quisiste ir: crecer, parir, responsabilizarte. La duda —como siempre— es si el marco artístico se va a poder nutrir del aislamiento que conlleva el éxito, la armonía autista y el sedentarismo de lo adulto.

Por el momento, la profundidad de la confidencia de su voz y su querencia melódica no se ha perdido en temas como «I Told You Everything», «Jupiter 4» o «Memorial Day», cortes vestidos con nuevos ropajes electrónicos en el siempre loable intento de cualquier artista de ir hacia territorios más allá de los ya requetesabidos, evitando el piloto automático. En las primeras escuchas te sumas sin querer al desconcierto, ya que el cambio es, al menos en la apariencia de las primeras escuchas, radical. Me temo que echaremos en falta algo medianamente inspirado —quizás «Seventeen» y seguro que «You Shadow»— y no se entiende que una buena compositora dé como avance algo como «Comeback Kid», más allá de escucharse cabalgando sobre una alfombra mágica electrónica servida por Congleton, en un remedo de cómo hubiera sonado Patti Smith si hubiera sustituido a Dave Gahan en los Depeche Mode de hace veinte años. De todas maneras, no importa. Tiene todo el derecho de hacer lo que le dé la gana con su talento y sus canciones y, en el fondo, aquello de la operación ha sido un éxito pero el paciente murió, sigue teniendo su gracia.

 

Texto: Carlos Zanón. Publicado en Ruta 66 # 366, enero 2019

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