Rutas Inéditas

¡Malditos seáis! Josetxo Ezponda (Primera parte)

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.Esta entrega, Josetxo Ezponda.

Resultado de imagen de josetxo ezpondaJOSETXO EZPONDA

Un millón de esqueletos (maquillados como putas)

Parte I

 

“Yo nunca quise ser un maldito. Quería ser una estrella y sigo empeñado en serlo. Que se joda el malditismo, luego tienes que ir recogiendo colillas del suelo porque no tienes para tabaco”. Así de directo se mostraba Josetxo Ezponda en una entrevista circa 1995. Y no hay por qué dudar de su sinceridad, claro, aunque sí tal vez de su sentido de la realidad; porque tratar de triunfar tomando como referentes de tu sonido a nombres como Johnny Thunders, Alex Chilton, los Scientists de Salmon o los mismísimos Only Ones pues hombre…si ya costaría en otras latitudes, en la Navarra de los ochenta y noventa para qué contarles.

De todos modos sería reduccionista –e injusto- limitar la música y la figura de Josetxo a las referencias citadas, o incluso a otras de mayor enjundia como los Cramps, Television o la Birthday Party. Todo lo que parió en el seno de Los Bichos, así como en las escasas aventuras posteriores a su disolución es fruto de un talento propio y una actitud insobornable; Josetxo era el mismo en el escenario –melodramático, divertido, glamuroso, exhibicionista- que en cualquier bar de Burlada, su pueblo; el mismo tipo en el camerino tras un bolo que simplemente deambulando por cualquier calle del barrio. Un chaval que se había enamorado del rock en ferias y recreativos, y del glam en fotos de revistas y fundas de discos. Una figura espigada y carismática ejerciendo de dandy de arrabal en un Norte donde, si no orbitabas alrededor del rock radical, no te hacía caso ni tu puta madre. Y menos calzando botines blancos y con el eyeliner siempre impecable.

Pero la historia de Josetxo no empieza a finales de los ochenta, sino con los últimos coletazos de la década anterior. Más concretamente en 1978 con Tensión, la que dicen fue primera banda punk de Pamplona. Uno de sus paisanos más famosos, El Drogas, recuerda a aquellos críos cuando a Barricada ni se les esperaba todavía: “eran un grupo de chavales de mi edad que se vestían de otra manera, que se peinaban distinto y que tenían un cantante que era otra cosa. Coincidimos en muchos bolos e hice relación con Josetxo. Nos hizo un póster en el que salíamos todos como esqueletos con sus instrumentos. Josetxo le cayó en gracia a la intelectualidad musical navarra (…) se hizo muy visible para esta intelectualidad, pero para lo que les interesaba”. Dos años apenas dura Tensión antes de disolverse, pero no se estaría quieto nuestro protagonista a partir de ahí. Primero con Neon Provos, efímero proyecto en el que coincide por primera vez con el bajista Alfonso Asio y el guitarra Carlos González, Charly para los amigos, dos personajes fundamentales en la historia por devenir. Con un sonido marcado por la experimentación y los sintetizadores –“formamos Neon Provos con la intención de hacer algo así como B-52’s cruzado con psicodelia”-, llegaron a grabar una maqueta en los madrileños estudios Doubletronics a finales de 1982, pero la cosa no pasó a mayores. Josetxo se embarcaría entonces en una primera experiencia en solitario bajo el apelativo Bloodletter, que dejaría tres ignotas maquetas registradas entre el 84 y el 86, embriones y borradores de lo que sería Color Hits un tiempo después. Una última y efímera aventura bautizada como Flores Muertas junto a Charly y Joseba Etxarri, batería de Refugiados, daría paso en 1987 a la banda por la que sería finalmente reconocido.

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Con Josetxo secundado por Asio y Charly, así como por Fermín (alias Ekaitza Da Bator / Se Avecina Tormenta) como batería a inicios de 1988, Los Bichos inician su andadura con una idea muy clara en mente: olvidar los devaneos con la modernidad y volver a lo que siempre les había gustado: “cuando terminó Neon Provos y vi en directo lo que estaban haciendo gente como Nick Cave o los Cramps me dije ‘hay que volver a montar un grupo salvaje, rockero, con guitarras (…) y dejarse de chorradas’”, declaraba Josetxo a Rockdelux en abril de 1990. Un retorno a lo básico y esencial que propiciaría un periplo fulgurante, intenso y, en cuanto breve, dos veces bueno.

Empiezan a mover el culo por el circuito, telonean a Paul Collins en Puente de la Reina y ganan el accésit en el I Concurso Pop-Rock Villa de Bilbao, en 1989. Y de la mano del sello Oihuka debutan discográficamente con el siete pulgadas «Anita Latigazo», un zarpazo sucio e infeccioso-con «Colour Hits» y «Black Blood Nightmare» en la cara B- que supone una carta de presentación sin ambages, rock desde las entrañas, tan elegante como primario, evidente deudor de esa electricidad pantanosa tan típicamente australiana. Pero a pesar de lo apetitoso del entrante, lo que procedía era servir el primer plato, grabado en el mes de marzo en los estudios Elkar de Lasarte (Gipuzkoa). Color Hits fue -y sigue siendo- uno de los mejores discos de debut grabados en este país. Sobre ello no cabe duda alguna, y a quien se preste a discutirlo deberán ustedes borrarlo de su agenda y, a ser posible, de su memoria.

 

Publicado en verano de 1989, su lanzamiento tuvo lugar en un momento en que varios sellos independientes apostaban por bandas emergentes surgidas de la espantosa resaca que dejó la movida. Un público joven que renegaba del plástico y el petardeo hortera que había campado a sus anchas durante buena parte de la década y que recibiría con los brazos abiertos a nombres como Cancer Moon, Sex Museum, Lagartija Nick o nuestros propios protagonistas. Nombres que desde diversos -y alejados- puntos de nuestra geografía ejercerían en cierto modo de conmutador, de bisagra entre la ya mencionada y extinta movida (o el rock radical vasco en el caso del Norte) y la aparición del indie propiamente dicho.

Fue sin duda esa coyuntura la que ayudó a que Color Hits vendiera más de cinco mil copias en tiempo récord, pero la mayor parte del mérito hay que adjudicárselo obviamente al disco en sí; una obra que no es sino un desacomplejado e inspiradísimo muestrario de todas sus influencias – “las canciones están hechas desde el punto de vista de un fan”, decía Josetxo- pasadas por el personal tamiz de una banda en estado de gracia.

El inicio con «Shadow Girl», puro glam neoyorkino del que entra sin lubricante, es una magnífica perla pop de lúbrica lírica -“my head is burning, mi cock is high, shadow girl is here tonight”- que fue editada como primer single del disco con el «Swampland» de los Scientists en el reverso. Le guiñan un ojo a Diddley en «Go Bo!» y otro a los Stooges, poniendo al día su clásico «1969» dos décadas más tarde con el título de «1989» y se ponen fronterizos en el instrumental «Mezkalito», indisimulada intro para la magnífica «Me Gustaría Llorar», un medio tiempo entre bolero y ranchera con otra de esas letras que tan bien se le daban: “jo qué patada en los huevos, es el diablo en mi habitación, mis ojos pinchaos en sus cuernos, y mi cuerpo roto en dos”.

 

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Podríamos seguir y hablar de lo oscuro en «Lluvia y Luna», de lo excesivo en «Sssnake (lullaby)» y «De Noche», de las guitarras de Charly o mencionar simplemente lo bien que llevan a su terreno el «My Girl» de los Temptations, pero por no hacer de esto una reseña de disco al uso, dejemos al lector acabar de descubrir o desempolvar -tachen según convenga- este pequeño clásico de nuestro rock, no sin antes hacer una última mención a la joya de la corona, el tema que abría la cara B del álbum. «Verano Muerto» -segundo sencillo extraído- es lo más cerca que estuvieron de lograr un hit en el sentido más tradicional. Obviamente no lo lograron en cuanto a ventas, pero sí en cuanto a resultado artístico. Jugando de nuevo con las referencias y cierta ironía, el tema se abre con los clásicos acordes del «Sweet Jane» de la Velvet y una voz que recita ese igualmente clásico “suitcase in my hand” antes de dar paso a una canción cuasi perfecta que nos habla de cómo “un millón de esqueletos caminan en silencio, perdidos y asustados bajo el cielo plateado…pintados de colores, maquillados como putas”. Imágenes lúgubres y surrealistas para una poesía entre lo macabro y lo inocente, nacidas de la pluma de alguien que se tomaba muy en serio a sí mismo, pero no lo suficiente para manifestar lo contrario cuando se le antojaba. Y es que leer en retrospectiva a Josetxo, ya sea interpretándolo a través de sus letras o directamente transcrito en entrevistas, es encontrarse con un personaje tan fascinante como contradictorio; talentoso e imaginativo (en la frontera con la más pura fantasía en ocasiones) pero a la vez lúcido y desencantado, capaz de mezclar la melancolía y la vulnerabilidad con un exhibicionismo emocional/sexual que, incluso escrutado bajo ojo clínico, nunca se vio impostado.

Volviendo -para acabar ya- a Color Hits, Josetxo demostraría tener también buena mano con el diseño y el grafismo, encargándose de portada y contra con un estilo que desde entonces sería marca de fábrica visual en casi todos sus lanzamientos. Curiosamente el relativo éxito en ventas no motivó una posterior edición digital, quedando en formato de elepé y casete durante veinticinco largos años, hasta que el propio sello Oihuka lo reeditaría por primera vez en formato CD en 2015, incluyendo como temas extra las tres canciones de «Anita Latigazo».

Al año siguiente andan más atareados si cabe. Primero, participando con dos temas – «Backward Kisses» y «Pussy Fighter»- en el disco colectivo The Worst Around, junto a tres de sus clásicos compañeros de generación: La Perrera, Cancer Moon y La Secta. Editado por Romilar-D, Josetxo se encargaría asimismo del diseño gráfico, en la línea del de Color Hits pero bastante más extremo en conjunto. Y segundo aportando la demo de «I’m Inside Her» para el EP que acompañaba el número 0 del fanzine Beatnick Fly editado por el Bar Muga a principios de 1991. Por aquel entonces estrenaban también nuevo batería. El tercero, de hecho. Pese a haber firmado todas las baquetas en el elepé de debut, Fermín hacía ya meses que había dejado su puesto a Rubén Ruiz -procedente de Tijuana in Blue-, sustituto temporal que no tardó en ser remplazado por Jesús Suinaga de Cancer Moon. En ese sentido los Bichos siempre fueron bastante Spinal Tap. Un trío consolidado y compenetrado que nunca terminó de encontrar a su batería idóneo. O, al menos, no supo retenerlo.

En cualquier caso la buena acogida dispensada a Color Hits animó a Oihuka a poner toda la carne en el asador con un segundo disco que debía refrendar lo apuntado hasta entonces. De nuevo en los estudios Elkar y durante dieciséis jornadas de trabajo divididas en dos bloques -finales de noviembre de 1990 y Semana Santa de 1991-, Los Bichos iban a engendrar, gestar y parir uno de esos discos que definen la trayectoria entera de un artista, su visión del rock en particular y de la vida en general. o consolidado y compenetrado re fueron bastante Spinal Tap. Un trel elep

 

Eloy Pérez

One Comment

  1. Josetxo ha tenido un gran éxito criando malvas, muy cierto. Versioneado por los guitarristas más petimetres de la cosa popi de la ciudad, el Ruta sigue apostando por el pijerio más perro de esta nuestra foralidad e insiste en negar toda evidencia de un rock (este si) único, agitador, intenso y acertado ademas de, aunque pese y esté en desuso la palabra, verdadero… Me refiero a los cinco discos de Wild Mick Riot los cuales destruyen y exterminan todo vestigio de aquello que alguno llamó «los poperos». Muerte a los iruñako. Muy malamente tiene que estar la cosa para basarlo todo en preguntar la dirección de un bar que sabes dónde está… Y en un grupo hipercaduco cuyo mérito no fue otro que tener para comprar instrumentos cuando casi nadie tenía. Fuck off.

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