Encuentros — 29 noviembre, 2018 at 14:01

The Pretty Things, últimas fechas para la despedida de un clásico

Foto: Alberto Belmonte

En estos días, The Pretty Things se están despidiendo de su público en lo que parece que sí será la definitiva. El concierto de Barcelona fue memorable, una cita histórica para el recuerdo sin caer en la babosa nostalgia gratuita. Queremos recuperar este artículo-entrevista que publicamos allá por el 2015 para rendirles nuestro particular homenaje y tributarles el respeto que se merecen y merecerán por siempre. Solo quedan dos fechas para poder vivir la experiencia: viernes 30 en Sala El Sol de Madrid y día 1 en Mardi Grass de La Coruña.

Los primos feos de los Rolling Stones, la mejor banda de R&B de toda Inglaterra (Van Morrison dixit), la mayor banda de culto… Citas que suelen ir acompañando las entradillas dedicadas a los Pretty Things desde los últimos diez/quince años. De todas ellas me quedo con la tercera, aunque ahora no recuerdo donde la leí y tampoco sé muy bien porqué. ‘La mayor banda de culto’. Maldita calamidad eso de ser una banda de culto. ¿De culto de qué? ¿O a qué? ¿Al rhythm and blues? Sí, los Pretty Things, como la mayoría de sus camaradas británicos, fueron deudores en sus inicios del grillete que tallaron en el otro lado del atlántico los Bo Didley, los John Lee Hooker, los Chuck Berry. Cierto es, que en su presente encarnación, han hecho un retroceso hacia ese sonido primitivo, casi brutal. Debe ser por quienes forman el tándem actualmente, quienes acompañan a los imprescindibles Phil May (voz, maracas y pandereta) y Dick Taylor (guitarra): los explosivos y jovencísimos George Woosey (bajo) y Jack Greenwood (batería). Phil, como ejemplo del ahora de la banda, habla del directo reciente Live At The 100 Club, en el que revisaban su álbum debut ̶ el seminal y homónimo de 1965 ̶ de cabo a rabo: “Creo que era una perfecta ocasión de decir: esta es la banda. Suena fantástico, como destapar la caja de los truenos. George y Jack, quien entró a formar parte de los Pretty Things con 16 años, tocaban y crecieron con esa música”.

Phil, Dick & John, 1963

El quinto integrante, el que colorea y hace que los hilos funcionen, es el otro guitarrista, Frank Holland, que entró a colaborar con los Pretties a mediados de los ochenta, y se asentó en el quinteto a finales de esa década. ” La razón del porqué Frank está en la banda es extraña”, recuerda May. “Compartía piso con Mark (St. John, manager y archivista de la banda desde los ochenta), son amigos desde hace años. Un día llegó a uno de nuestros ensayos con Pete Townshend, en la época en que estábamos reformando la banda. Como Mark, Frank era un fan de los Pretty Things, por lo tanto conocía muy bien nuestro material. Así empezó, pero por alguna razón, conforme pasaban los ensayos, él sentía que aunque estaba tocando bien, las canciones no sonaban como debían. Estaba tocando muy bien a mi parecer, pero debía ser frustrante para él tener esa sensación. Nos pedía que le despidiésemos. Un día me lo llevé a casa, y se encontraba muy triste. Se bebió una botella de vodka y dijo: Es mejor que me despidáis de la banda, porque os voy a arrastrar conmigo. Le puse en pie y le dije que debía luchar porque eso no sucediese, pero no paraba de repetir: Echadme, echadme de la banda. Un día fuimos a ensayar y no apareció. Al día siguiente tampoco lo hizo. Así que Mark investigó y lo encontró en un hospital de Holanda, en Alcohólicos Anónimos. Lo trajimos a casa, se puso a ensayar el material, y en dos días hicimos un concierto. Años después seguimos muy felices de que sea parte de la banda”.

Haciendo referencia a lo de ‘banda de culto’, encasillar a Pretty Things en banda de r&b es igual a omitir que Hendrix fue un compositor celebre y un personalísimo cantante, y destacar solo que era guitarrista. Tan poco sentido tiene tanto los que reivindican en solitario las virtudes de S.F. Sorrow como los que siguen sin percibirse de que Parachute podría ser el mejor disco de todos los tiempos (ahí lo dejo). The Pretty Things son todo eso y muchísimo más. Son cincuenta años, interrumpidos, de conciertos memorables, de tallar una carrera al margen de todo, de sobrevivir, y de construir una discografía (desconocida para el gran público en la mayoría de sus capítulos) solemne y resistente al paso del tiempo. El precio del cofre Bouquets From A Cloudy Sky (Snapper) no hará que la banda despierte la curiosidad a las siguientes generaciones, pero sí es un mazo en el que razonar el porqué de la existencia de la misma, lo que significa y como la eternizará. De la dichosa caja dije en la crítica publicada en esta ruta que es “su testamento a la humanidad, una obra de arte que atesorará tanto valor en el futuro como un Rembrandt”. Phil May cree que podría ser un buen trampolín hacia una nueva audiencia, pero personalmente pienso que una versión reducida de ella haría más sencillo el camino, de haber alguno. En lo que estamos de acuerdo es en la belleza de la misma, en el impacto que rezuma adentrarse en ella. ” Es fantástica”, me cuenta May. “Hemos tardado mucho en prepararla, porque había que tomar las decisiones correctas, mimarla. Pero vaya, Snapper siente un gran respeto hacia la banda. Han comprado nuestro catalogo y han elegido algunas caras b’s para redondear el aspecto histórico. (…) Tenemos todo el catalogo en propiedad, excepto los dos discos que hicimos para Warner, pero llegamos a un acuerdo fantástico para poder incluir el material en la caja. Y luego encontramos algunas cintas perdidas en mi almacén. Es gracioso, porque cuando estábamos poniendo en marcha la caja para Parachute, queríamos encontrar esas demos y no fue posible. En la época, como era habitual, estábamos totalmente arruinados, y David Gilmour nos compró unas cintas para poder grabar las demos, pero como no podíamos comprar más, gastamos esas y regrabamos encima para poder tener más espacio. En mi almacén vi una cesta de basura en el que había más cintas de Parachute, las escuchamos, y ahí estaban los restos de esas demos. Más que un hallazgo fue un milagro”.

La celebración del box set viene acompañada para una nada desestimable noticia: la edición de un nuevo álbum de estudio. Sin haber podido hincarle el diente para cuando escribo estas líneas, esto es lo que el cantante tiene que decir al respecto: “Es un disco rápido y retro. Refleja la conexión que tenemos con las nuevas audiencias, esa gente joven que viene a escuchar una música con muchos años de antigüedad. No creo que los Pretty Things hayan hecho un álbum que no refleje lo que somos y sentimos en cada momento. Este álbum refleja una parte del ahora, de esa audiencia, y de la perspectiva de nuestra carrera. Además, George y Jack querían tener su parte en esta historia. Lo estamos grabando en un estudio en el que cada día hay un accidente, material antiguo que se va desvaneciendo poco a poco, pues cada día hay que reparar algún desperfecto. Lo más increíble es que esto haya surgido al haber puesto en marcha el proyecto de la caja. Es como una regresión, y creo que echoes, de nuevo citando a David Gilmour, hubiese sido un buen título”. Al final, el título elegido será The Sweet Pretty Things Are Now In Bed Of Course. La frase procede de cuando Bob Dylan los inmortalizó en su célebre «Tombstone Blues» después de haber pasado una noche de fiesta en su compañía. Los referentes discográficos más directos de los Pretties son Balboa Island (07) y …Rage Before Beauty (99). Fresco y sincero el primero (qué temazo es «The Beat Goes On», sin dejar atrás «Buried Alive»), forzado y nada inspirado el segundo. El doceavo trabajo en estudio adelanta entusiasmo, las sensaciones enormemente positivas que atañen a los chicos jóvenes en la banda deben dar buena fruta. Una pista, los conciertos que vienen dando en los últimos años. Noches memorables para los pocos que asistimos a sus shows, de esas que quedan marcadas a fuego en tu memoria para el resto de tu vida. Palabra. Y de nuevo, si el ser una banda de culto significa cruzar el estrecho de Gibraltar con una furgoneta destartalada que se va desmontando en pedazos a cada kilometro, le pueden dar por culo al romanticismo de tal vanagloriada frase. Lamentablemente, el público es el que es (injustamente) y los números hablan. Pero no por ello resulta indigno y desolador desde el punto de vista del espectador y/o seguidor.

Foto: Alberto Belmonte

PEQUEÑAS COSAS BONITAS

Me encuentro con Phil May en Shepherd’s Bush, barrio al oeste del centro de Londres que acogió a los Who en sus años de formación. El día anterior, mi compadre Xavi Llop y un servidor, asistimos al show que anualmente y a favor de la investigación del cáncer en la gente joven, ofrecen los Who en el Royal Albert Hall. “Vaya, alguien me ofreció ir a ese show, pero pensaba que era más adelante”, comenta Phil. Sin aparente relevancia, hago este comentario porque siempre hubo una comparación entre los Pretties y los Who, por el salvajismo de sus inicios y por la aparición de sus respectivos discos conceptuales; hablamos de Tommy y de S.F. Sorrow. En pocos meses de diferencia, ambas bandas habrán actuado en Londres, pero mientras que los Who no tienen problema en agotar dos noches en el gigantesco O2, los Pretties se pasan al intimismo del club Borderline. Esta comparación sería también atinada con los Stones, ya que el guitarrista Dick Taylor fue miembro fundador de los mismos, aunque allí como bajista. ¿Algo de lo que arrepentirse? “Supongo que el dinero hubiese estado bien, pero siempre he tenido esta mentalidad de ser integro con mi música, con mi arte. The Pretty Things es un acto de fe. No hay esqueletos en el armario. Nunca hubo la necesidad de cumplir unas expectativas, ni de satisfacer a una compañía discográfica. Yo creo en estos mandamientos y veo a la banda como a una familia.

Creo que la música debe basarse en la experimentación y en la espiritualidad. Una combinación de ambos. Hay quien llega a alcanzar una meta, pero nosotros nunca tuvimos una meta, simplemente hacíamos y hacemos lo que sentimos que debemos hacer en cada momento. Cualquier error que hayamos cometido… La integridad se ha sobrepuesto. La verdad, no me veo retrocediendo en el tiempo y tomando decisiones diferentes. Un tipo me decía que quizás he gobernado a la banda como un dictador que no escucha opiniones externas, pero no creo que sea ese el caso. Gran culpa de esta actitud procede de un disco que no es de mi agrado, que fue saboteado por la compañía discográfica, Emotions, un trabajo estúpido. Hay gente a la que le gusta ese disco, pero para mí refleja nuestro momento más bajo. Dick decía que no lo tomase tan en serio, pero (Alan Waller) Wally y yo empezábamos a escribir juntos, a crear algo, y queríamos hacerlo a nuestra manera, plasmar nuestra visión. Pero la discográfica lo hubiese entorpecido de cualquier modo, porque como les debíamos un último álbum por obligación contractual y ellos querían intentar tener algo vendible, el resultado siempre hubiese sido el mismo. Nosotros solo queríamos deshacernos del contrato mierdoso que habíamos firmado y acabó siendo una pesadilla, una experiencia que me hizo rabiar. Putos trombones.

Cuando me preguntas qué cambiaria, te diré que cometimos muchísimas decisiones erróneas de negocio. Pero debo decir que muchas de esas decisiones se tomaron a favor de la integridad. Alguien me preguntaba el otro día, que porqué llegué a abandonar incluso la banda (a finales de los setenta)… Bueno, si hubiésemos tenido un éxito hubiese sido por haber hecho un álbum de mierda, un álbum para ser vendible. Si S.F. Sorrow o Parachute no alcanzaron el éxito, pues mira, puedo decir que hemos vencido al tiempo. La mayoría de discos que alcanzan el éxito están hechos con ese consentimiento, el de ser vendibles. ¿Qué precio hubiésemos tenido que pagar de haber sido Emotions un disco de éxito? Gracias a que el disco estaba arruinado incluso antes de ponerse a la venta, nosotros ya estábamos con un pie y medio en Abbey Road pensando en S.F. Sorrow“.

Emotions (67) pudo ser un álbum accidentado, pero ante todo, descoloca si lo comparamos con los anteriores: tanto el homónimo del 65 como Get The Picture? (66). En ellos encontramos una banda desbocada de r&b, sucia, descarada, y anárquica. Los singles de la época hablan por sí solos: «Midnight To Six Man», «L.S.D.», «Rosalyn», «Honey, I Need»… Y no hablemos de los directos, con esa pareja que formaban Phil May ̶ “Un gorila demente con maracas”, dijo de él el periodista Nick Kent ̶ y un incontrolable baterista que atendía por el nombre de Viv Prince. Los vídeos están ahí, el nivel de salvajismo era total, la energía era desbordante. Quizás por la influencia de los estupefacientes y el alcohol, pero la locura de Viv llegó a un punto en el escenario (olvídense de Keith Moon, esto era mucho más salvaje) en el que afectó a su actitud fuera de él. Fue invitado a marcharse y desde entonces poco se supo de él, excepto que vive en Portugal, hasta ahora: ” Está vivo, trabaja en los naranjales. De tanto en tanto recibo una llamada suya, que suele ser a las cuatro de la mañana”.

A Viv lo sustituye otro tipo de cuidado sobre el escenario, Skip Alan. Pero más significativa será la entrada de Jon Povey a los teclados, y sobre todo, el bajista Wally Allen, que viene a cubrir la baja de John Stax. Emotions es un disco extraño que parte la trayectoria de la banda en dos, pero ahí entran a formar parte las armonías vocales que serán marca de la casa en los subsiguientes trabajos. Y en ello son cruciales las participaciones de Povey y Wally. “Era como añadir un nuevo color al cuadro”, rememora May. “Hasta ese punto, cuando quería hacer una armonía me iba a buscar la octava nota. Fueron ellos quienes me enseñaron a armonizar”.

Todos esos ingredientes alcanzan su máximo estado de ebullición en el fastuoso S.F. Sorrow (68). La banda borda una madurez musical sin paliativos, traveseando con diversos estilos, abriendo nuevos horizontes y dejándose embelesar por la incipiente escena sicodélica que marcan los nuevos bríos de un nuevo y rejuvenecido Londres. Algo de culpa debió de tener el productor Norman Smith, que ya debió sufrir un viaje sicotrópico al sentarse tras los controles en el Piper At The Gates Of Dawn de Pink Floyd. Pero en cuanto a sonido, él era una parte importante de que las canciones de los Beatles sonasen con esa brillantez y definición. Su aprendizaje como ingeniero en Abbey Road hizo que para cuando los Pretties se presentan con un trabajo tan ambicioso, los cabos queden atados y amarrados. Otra cosa es la historia del disco, el concepto, la vida y milagros de un tal Sebastian F. Sorrow. Sin entrar en detalles de la narración, se adelanta éste al viaje que sufre el protagonista de Pete Townshend en Tommy, pero sin lograr la repercusión mediática o de ventas que sí logran los Who para hacerles entrar en los setenta en lo más alto del podio. S.F. Sorrow será un fracaso en ventas y solo el tiempo lo colocará en el lugar merecido (de culto, vamos). “Por culpa de Tamla Motown (la discográfica en USA, en Europa fue Emi), que tenían problemas con el dibujo de la cubierta y con algunas de las letras, el disco salió muy tarde en América. Creo que Pete Townshend y Kit Lambert, y ambos eran amigos, tenían miedo de hacer coincidir la edición de los trabajos. No digo que Pete se inspirase en S.F. Sorrow, pero sí que te puedo decir que él sabía que el disco existía. Para mí fue muy frustrante cuando apareció en América y todo el mundo empezó a decir que habíamos copiado Tommy, cuando el nuestro era anterior. Me dolió especialmente que Pete se callase ante este hecho. (…) Sorrow era muy complejo para adentrarte en América. Con Tommy podías engancharte a las melodías, era un blockbuster”.

Decepcionado de que gemas como «Private Sorrow», «S.F. Sorrow Is Born» o «Baron Saturday» (por nombrar solo tres) caigan en saco roto, Dick Taylor abandona la banda. Piensa que nunca podrán superar el nivel obtenido en el trabajo. Tendrán que pasar más de diez años hasta que Taylor vuelva a la banda (para quedarse hasta día de hoy) y junto a May, Wally, Povey, Alan y Peter Tolson (que entró a partir de la grabación de Parachute) graban otro disco tan olvidado como reivindicable: Cross Talk (80). Entonces los Pretties sonaban más a una banda de post pub rock, que a los experimentales de Sorrow. Canciones, maravillosas todas ellas, como «I’m Calling», «No Future» o «She Don’t», quedaban más cerca de lo que ofrecían entonces Rockpile o Costello. “Lo grabamos totalmente en directo porque era el sentimiento de inmediatez que buscábamos”, rememora May. “Es mi segundo disco favorito”.

Retrocedamos de nuevo. Dejamos el viaje alucinógeno que supuso la vida del hombre bautizado como Sebastian Sorrow para introducirnos en una obra de rock que tiene tanto de apocalíptica como de belleza cerebral. Dos partes, intercaladas entre sí, la vida a caballo entre la ciudad y el campo, lo oscuro y lo idílico. Su cubierta lo deja bien claro: una carretera asfaltada que divide los dos paisajes. ¿Otra obra conceptual? Simplemente, Parachute (70). “Es extraño y oscuro. Había una rara sensación, con toda esa gente emigrando al campo, desde Steve Winwood a Alvin Lee, llevándose a sus bandas a grabar a esas grandes mansiones inhabitadas.. A mí me gustaba estar cerca de la ciudad, ir al pub, ver a los mendigos y a los traficantes callejeros. Cuando más adelante Peter (Grant) me llevó a Rockfield a grabar le dije:Pete, no puedo concentrarme con un montón de vacas con cencerro a mi alrededor“. Del tremendo impacto que supone el inicio con «Scene One», a las melodías bucólicas de «She Was Tall, She Was High», a la oscuridad diabólica de «Cries From The Midnight Circus», al viaje alucinógeno de «Grass», o el ritmo trotón que conduce «Sickle Clowns». May hace la mejor y más versátil de las interpretaciones que nunca haya hecho en disco, las armonías de Povey y Wally alcanzan cuotas de perfección igualables a las de Sorrow, y el guitarrista en el disco, Victor Unitt, toca de forma imaginativa y original. Luego está el tema de los textos.

Porque claro, es de esos discos que un servidor disfrutó por primera vez en dos ocasiones: antes y después de conocer los textos. “Deberían haberte cobrado el doble porque has disfrutado de él dos veces”. Les explico a Phil que la mayoría de gente en España que empezamos a escuchar música a muy temprana edad, no reparamos en los textos hasta lustros y lustros más tarde. “Como letrista me siento ofendido”, (reímos). Quizás esa debe ser la virtud de un disco que es más que una simple colección de canciones, las sensaciones que produce hasta el punto de crear tu propia fantasía en base a su música. ” Es como ver a un travesti o un transexual, aunque sepas que es un hombre, es la imaginación la que está jugando por ti. Esa es la percepción. La música es un estado en la mente. Debe ser un viaje que te mueva a algún otro sitio al que nunca has viajado físicamente. Tu empiezas en la música para emitir vibraciones. Aunque yo me motivo el doble cuando estoy envuelto en las letras. Es una motivación extra intentar penetrar tus oídos. Es por ello que sigo escuchando a Neil Young y Joni Mitchell. De acuerdo, el sueño se ha acabado, pero yo sigo soñando cuando vuelvo a sus discos. Es algo que va más allá de la lógica. (…) Las letras del disco tratan sobre la pérdida del respeto, a la gente mayor, a las prostitutas, los travestis; es algo con lo que podía identificarme porque tiene mucho que ver con el oficio de músico. Todas esas prostitutas que conocí en Hamburgo o en Yugoslavia, podrían ser nuestras madres, nuestras abuelas, pero al final estamos aquí para hacer de ello un modo de vida. Cualquiera puede obtener un puesto en un supermercado o ser camarero, trabajos con los que no pones en riesgo tu vida. Lo contrario puede parecer perverso, tiene esa dualidad que entra en lo oscuro”. Deliciosamente inicuo, como Parachute.

BAJO EL MARTILLO DE LOS DIOSES

Aunque Parachute es nombrado disco del año por Rolling Stone, de nuevo la discográfica americana Motown (aunque sale a la venta a través de la subsidiara que pertenece al grupo Rare Earth) parece tener nulo interés en promocionar el álbum o invertir en él. Otro golpe para el grupo, que sufre daños colaterales con la baja de Wally Allen, co compositor de las canciones de tanto Sorrow como Parachute. Aún así, se queda como productor para el que será el primero de los discos que graben para Warner Records (el segundo será Cross Talk, años más tarde): Freeway Madness, aparecido en 1972. Trabajo más relajado que su antecesor, pero de inexpugnable belleza, como se aprecia en «Love Is Good» y «Country Road». Pasó más desapercibido que una mota de polvo en un cubo de basura.

De todos modos, una nueva oportunidad les estaba esperando a la vuelta de la esquina, pues Led Zeppelin habían fundado su propio sello, Swan Song, y los Pretty Things eran una de sus bandas fetiche. “Swan Song no era una boutique, lo que querían era un sello para poder financiar a las bandas que les gustaba. Nosotros fuimos atraídos por ellos y no al revés. Eso te da una idea”. Trabajar al lado de Peter Grant es algo que a muchos les hubiese atemorizado, pero no sucede así con un grupo que desde el primer día ha sido un quebradero de cabeza para managers, agentes y propietarios de discográficas.

“Cuando por fin decidí ir con Jimmy Page a conocer a Peter, lo primero que me dijo fue: Joder, no tengo bastante con ser el manager de Led Zeppelin que ahora me toca lidiar con vosotros, los no-manejables. Es parte del trato, intentar controlarnos, le dije. Pero la verdad, siempre fue muy respetuoso con la banda, un gran tipo con el que tomar una copa y reír un rato. Su historial era interesante. Trabajaba para luchadores y su misión era recoger el dinero de los peores antros de Inglaterra. Era un tipo fiel a los suyos. Un día me dijo: No voy a dejar que nadie que sea mi amigo sea jodido. Al defender a sus artistas surgía su cara oculta, se convertía en Mr. Nasty. Era ‘el padrino’ y los que estaban a su alrededor, como Richard Cole o aquél convicto por asesinato llamado John Bindom, se aprovechaban de las situaciones para dar rienda suelta a sus maléficas intenciones”.

Foto: Alberto Belmonte

Dos fueron los discos que grabaron para el sello: Silk Torpedo (74) y Savage Eye (76). Nada del otro jueves, rock deudor de su era. Lo mejor de ambos se podía fundir en uno solo y hubiese quedado algo muy apañado. Los Pretty Things de Swan Song son May, Povey, Alan, Peter Tolson y los nuevos Jack Green y Gordon Edwards. Por el efecto Zeppelin entran en charts americanos, pero es tan solo un espejismo. En el ahora sexteto hay tal escasez de química que el propio May decide abandonar la nave. “Estaban perdiendo dinero con nosotros, eso seguro, pero aún y así, Jimmy y Peter me llamaron y me pidieron que volviese a la banda. Yo estaba viviendo con Philippe DeBarge (con quienes los Pretties grabaron un álbum que fue editado en 2009), que como todo hijo de millonario en esa época, era heroinómano. Yo estaba inmerso en mi mundo rodeado de cocaína, viviendo a caballo entre su bote y un lujoso apartamento situado en el centro de París. Un día aparecieron un par de tipos que venían en su busca, pero me agarraron por el cuello y empezaron a estrangularme. Apareció la policía y pensé: Bien, al fin un poco de justicia.

Pero la policía quería enchironarnos a mí y a mi mujer por algo relacionado con Philippe. Todo ello coincidió con la llamada de Jimmy y Peter, y pensé que sería buena idea volver a la banda. Me había comportado de forma estúpida durante un tiempo, así que debía aclararme las ideas. Cuando volví, mis compañeros me dijeron que querían seguir sin mí y aprovechar el contrato de Pretty Things con Swan Song bajo el nombre de Metropolis. Entonces Pete volvió a llamarme: Ya pueden hacer lo que quieran, porque ni en 25 años voy a editar una sola canción de Metropolis en la que tú no estés involucrado. Mañana nos vamos a Rockfield y empiezas a trabajar en tu disco en solitario. Así que, uno a uno, mis antiguos compañeros empezaron a unirse a mi banda. Pensé, ok, le daré otra oportunidad a la banda, los Pretty Things de segunda generación. Aubrey Powell de Hipgnosis me dijo entonces: Pete no va a dejar que te vayas así como así. Les debes un montón de pasta, y eso es como debérselo a la mafia. Llamé a Peter y le dije lo que pensaba hacer y al cabo de unas semanas comentaba algo así como este Phil tiene huevos, me ha llamado para pedirme su contrato y ha hecho que se lo devuelva“. Sea como sea, la última imagen que se conoce de Peter Grant es la que se ve en el vídeo de la canción «Rosalyn» que la banda regrabó en 1995. La imagen: la banda entra en un club y allí, bajo la luz tenue, les espera un melancólico Grant que abraza a los músicos uno a uno. Una imagen muy significativa de lo que abriga el hablar y oír a los Pretty Things: respeto.

Texto: Sergio Martos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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