Rutas Inéditas — 12 septiembre, 2018 at 18:31

Diario de Gira ” Violética” con Nacho Vegas


Nacho recorre la pantalla con el índice mientras mira por encima de las gafas de sol que se descuelgan por su nariz. Luego se rasca la frente y murmura algo entre dientes. “El feminismo es el único movimiento con capacidad de desborde”, “Spotify y YouTube son parte de un capitalismo especulativo más peligroso que el de amiguetes”, “Podemos ha adoptado una estructura vertical que personalmente aborrezco”, Nacho Vegas: “He perdido público de mi edad y he ganado al más joven”… la lista de titulares continúa desplazándose pantalla abajo. Ane, la compañera de prensa de Emerge (el management con el que trabaja Vegas) comenta que están algo decepcionados con algunos titulares especialmente retorcidos, otros demasiado fantasiosos, otros directamente inventados, no todos, y con la enorme cantidad de música que se queda fuera de las entrevistas.
El tipo de negro que lleva mi nombre asiente y se pregunta qué demonios pondrá a modo de titular, qué pregunta que pueda salvarse al final de estos tres días que comienzan en Barcelona, una ciudad que recuerda a quienes viven más allá del Negrón (y son muchos y muchas en esta comitiva que forma la Gira Violética) que el artista antes conocido como verano muestra su faz habitual de tanto en tanto en otras latitudes, en esta Barna menos caliente en la calle, aunque sea una escuela de calor, de la que penden las reclamaciones de la ciudad que nunca volverá a tener un Barrio Chino pero sí una estúpida Zona @ y calles donde conviven una Parafarmacia subtitulada al mandarín y una sucursal de The British Dental Clinic. Vivo al norte del norte, tintinea un mensaje que sobrevive al bochorno de fuera y el aire insuficiente de la furgoneta. Es que no acabamos de andar y por eso el aire no llega, dice Martin.

Este es el hombre que no descansa hasta que todo termina, todo, la gira entera, el que se pelea con los horarios antes de que el primer motor arranque y está luego en la cama pensando si estará bien aparcado. La idea es que ellos estén cómodos, dice, y lo consigue con una especie de método Guevarista, que el Ché decía que a veces es preciso endurecerse sin perder la ternura, y Martín no grita, pero tampoco pregunta, cede, pero hasta donde sabe que no rompe. Ayuda que lleven trabajando muchos años juntos, él y ellos, ese ellos que incluye, en este caso, únicamente a quienes han de atravesarte el pecho en escena. Ellos. Joseba Irazoki, Edu Baos, Abraham Boba, Luis Rodríguez, Manu Molina y, claro, Nacho Vegas. Ellos. Tal vez una banda de hermanos, aunque ¿no será demasiado apaisanado y machirulo decirlo así? El caso es que son todo tíos, en la banda son todo tíos. Pero no en el coro.

Foto: Fernando Ramírez

¿Sabes que en el coro entraron quienes se presentaron sin más? Eso decía, una y otra vez, una chica en el BIME del año pasado, del 2017 (el de PJ Harvey, no el de Suede). La verdad es que no es así, aunque es cierto que el Coru Matrialrcal, Antifascista y Faltosu Al Altu La Lleva (una expresión en asturiano que viene a querer decir “Muy alto”, o sea, cantar o hablar muy alto) no es profesional, también los es que está bien dirigido, armonizado, arreglado… y que su reino trasciende los límites de este mundo, además de que no solo es matriarcal, sino que es mayoritariamente femenino. Tanto es así que Aníbal, director a la sazón, era la nueva soprano, nueva. Cantó travestido en los tres conciertos. En el primero, en de la Razzmatazz, a punto estuvo de que le echaran, creían que se había colado a beber cervezas en el camerino.

La Sala estaba algo tensa, no hacía mucho que había sufrido un episodio turbio en sus entrañas, una chica que decía y luego no dijo que había sido violada. Desde el principio quedaba claro que no iba a haber acceso indiscriminado al backstage tras el concierto. Unas pulseras amarillas, pocas, darían acceso, esas y nada más que esas. Acceso ¿a qué? ¿qué buscamos cuando queremos acceder tras el concierto? ¿la foto? ¿los quince minutos que creemos que nos deben quienes acaban de tocar? ¿qué quiere Ana Dos Santos que lleva desde las 16:00 sentada, al sol, en la puerta de la sala? En la calle huele francamente mal y las puertas no abren hasta dentro de casi cuatro horas, pero ella ha venido desde Tarragona y se ha plantado allí, se ha hecho una foto con Nacho y no quiere más que vivir el concierto desde la primera fila, vivirlo, así de simple. Ella no piensa en entrar al camerino luego, aunque sí en saber cuál será el bar que le suceda y acercarse a brindar.

Ane Dos Santos es una fan, sana y honesta, pero una fan. Perfecto ¿qué buscamos el resto? Nacho es exquisitamente amable, la banda accesible y el Coru, ya está dicho, no es de este mundo, pero aquello no se parece en nada a una bacanal, hay bebida, hay comida, pero en apenas una hora se da una fuga hacia la noche sin más.  Cuando eso ocurra, Fino Oyonarte (el bajista de Los enemigos que ha firmado un sensacional debut llamado Sueños y Tormentas”) habrá tenido que pedir silencio a la sala tras ser un junco nervioso antes de pisar el escenario, antes de eso Nacho, los chicos y el Al Altu la Lleva habrán dejado para siempre un concierto intenso , de sonido cálido e implacable, con un público dispuesto desde las primeras notas de aire Neubaten que dan paso a El Corazón Helado, un público que se había zambullido ya en Violética, aunque apenas llevara una semana disponible, y que disfrutó de chapotear clásicos del repertorio Vegas tan intensos como Morir o matar, Nuevos planes, idénticas estrategias, o Dry Martini S. , que aullaron La Gran Broma Final y se sintieron parte de algo común y concreto al fundirse con El hombre que casi conoció a Michi Panero. Una vez vivido todo aquello ¿es necesario lidiar con los impedimentos que velan por la seguridad para saludar o compartir unos momentos de camerino si no eres parte de las amistades de quienes lo habitan?

“Hablo solo bebo té”, Nacho parece sorprendido de que alguno dudemos qué dice en la primera frase de Dry Martini S. A., se vuelve levemente en la furgoneta que comienza a refrescarse bajo el sol que irá escoltando el camino a Valencia, está pendiente de un desalojo inminente en La Camocha y coordinando la subida de CiesNo, la plataforma contra los centros de internamiento para extranjeros de los que habla la escalofriantemente bella Crímenes Cantados, con la historia de Samba Martiné (muerta en el Centro de Aluche) en primer plano, para cuando termine esta gira de presentación grabará una canción sobrante del disco para Ecologistas en Acción, las cuestiones sociales que tanto le afean a Nacho no son, ni han de ser, ni tiene sentido que sean, una pose, son una posición firme, un compromiso sincero que no desdice ninguna de las opciones vitales en la vida de Vegas. Durante todo el viaje hacia Valencia, entre el plácido dormir de los ocupantes se siente el murmullo de los asientos delanteros, donde se deciden conciertos, se cierran citas, se lanzan propuestas, no hay noches libres en la cárcel y para mantener bien tenso el alambre es necesario estirarlo de continuo, de otro modo los pasos dejarían de ser firmes, y la caída siempre está al acecho.

De este modo el camino es seguro, aunque se empiece a hacer largo justo cuando llega Valencia, ancha y abierta, achicharrada bajo el sol, pero refrescante cuando brindas y comes (paella) junto a la Malvarrosa. Aquí se prefiere alargar la sobremesa antes que dormir la siesta, por mucho que tiente pasarse un rato al fresco en el Hotel o hacer uso de su piscina, ducha, café y a la prueba, comer, probar, tocar, comer, probar, tocar, comer, probar, tocar, estos son los puntos cardinales básicos, en medio puede haber tiempo para dar una vuelta, buscar una terraza, ver bailes regionales en un parque, tocar el piano del escueto camerino del Palau de la Música, y perderse varias veces por sus entrañas.

Este tipo de lugares, pensados más bien para la música clásica, y con ese aire un tanto frío (literalmente), y en este caso demasiado blanco, para desespero del técnico de luces que no ve el modo de hacer lucir los nuevos aires de las luces en gira, no acaban de encajar con este tipo de eventos, a veces el protocolo tampoco ayuda, por mucho que quienes lo ejerzan sean un encanto, y ponen algún ligero problema a la presencia sobre las tablas y tras ellas del alegre pero firme grupo de CiesNo. La frialdad se filtra pero no se contagia entre quienes tocan y cantan, afecta más bien al público y eso puede que reste algo de comunidad festiva al concierto, pero no de calidez, ni por supuesto de calidad, si se ve desde cerca se puede sentir el modo en que se cruzan las sonrisas al tocar, eso suma mucho, eso dice todo, la banda que sonríe al tocar toca mucho y toca más.

Cuando la última nota se apaga hay gente que baila, y una serie de personas e instituciones que quieren saludar y saludan, luego llegan algunos conocidos y conocidas, entre ellas Soledad Vélez que será la encargada de hacer bailar a quienes den más tarde con sus huesos en la pista de un bar vacío al inicio, extasiado al final. De vuelta al hotel toca contar las horas que faltan hasta que lleguen las 9:00 y haya que subir a la furgo de nuevo, sería bueno desayunar antes. Dos, tres…
El buffet libre luce estupendo y hay más frescor en las mesas de lo que pudiera parecer unas horas antes, Nacho tiene el pelo mojado y lo aparta mientras cuenta su lucha a muerte con un mosquito en la habitación. Mosquitos, precisa. Eran tres. Al menos dos cayeron aplastados por un poemario. El otro está desaparecido ¿miedo al zumbido de los mosquitos? No, miedo a que siguieran picando, que ya habían empezado. Tras el desayuno, unas tres horas y media camino de Madrid, tres horas y media, nos dicen, tres horas y media nos cuenta el reloj, un parpadeo en realidad, entre el cerrar de ojos y despertarse llegando al hotel cercano a La Riviera y acercarse sonriendo a la terraza del Miss Carrusel para comer en familia. Está la banda, está el Coru Al Altu La Lleva, están amigos y amigas, llega Cristina Llanos (El Columpio Asesino) que va a participar en el concierto, también Christina Rosenvinge y María Rodés sumarán esa noche, y rueda la comida, el vino blanco, las claras y, las risas.

Foto: Fernando Ramírez

Si alzas la vista y oteas alrededor puedes ver unas treinta personas refugiadas bajo la sombra de unos árboles que refrescan lo justo, un buen puñado de rostros sonrientes que se ocupan del management, que tocan, que han tocado, que cantan, que han cantado, y que se han ido a sumando poco a poco al clan. ¿Te imaginabas esto cuando empezaste a tocar con Nacho? Manu Molina niega con la cabeza mientras da un sorbo a su cerveza, ni de coña, cuatro furgonetas, seis mesas en paralelo y en línea, treinta personas brindando al sol de Madrid, ni de coña.

Hay una entrevista con Colombia recuperada, todos han decidido ir a descansar un poco y refrescarse, le doy vueltas a toda esta gente trabajando junto a Nacho, debe ser mucha responsabilidad que tu obra sea la que prenda la chispa de esa llama, aunque por otro lado hay un afecto sincero entre quienes arden en ella, lo mismo pude sentir en ambos conciertos, el de Barcelona especialmente, hay una enorme ola de cariño hacia Vegas, emana del público, del equipo, de las habitaciones, los camerinos, las mesas, los ensayos y las pruebas, es una especie de hermandad. Una hermandad, suena intenso y Coelhista pero también es cierto, un hermandad. Nacho llega del baño y pedimos otra cerveza y un chupito, caminamos hasta la sala, hay algo más de nervios en su mirar, Madrid es Madrid, tocar en Madrid tiene ecos en el resto de ciudades, atravesamos un parquecito, sea como fuere Nacho sonríe y cuando vuelve al camerino está relajado y de buen humor, tal vez el disco y la gira de presentación hayan llegado demasiado pegados, muy de la mano, pero los conciertos están mostrando la solidez de la propuesta y afianzado el modo adecuado de funcionar como equipo, la mayor declaración política de Nacho Vegas son sus actos, que no siempre valen más que mil palabras (hay palabras que tumban murallas) pero en este caso sí, sí lo hacen, el modo en que Nacho actúa, y, sobre todo, el modo en que ha destruido la imagen del creador solitario al rodearse de una familia que crece y se cuida, no para entrar en batalla, no para pelear en la batalla de San Quintín, si no por la vida, por desterrar la desesperación y aferrarse a la posibilidad de la belleza, el dolor y la vida, eso, la vida. Y todo a golpe de canción. Sin más arma que la canción. Una hermandad, una banda de hermanos, una banda de hermanas.

Y poco a poco van llegando, se oyen los golpes de batería, la guitarra de Joseba, llegan Cristina, Christina y María. Rosenvinge es todo serenidad, talento, intensidad y calma, estalla en la prueba y estallará aún más en directo, Llanos es una sonrisa sabia y cariñosa, un encanto firme, entrañable y algo macarra, Rodés lleva un aire despistado y naif que hace aún más indispensable su arte, su forma de cantar, de escribir, de crear e interpretar. Y no le gustan los “in ears” (un equipamiento técnico que elimina los monitores, van acoplados a la oreja y proporcionan un sonido cristalino a quienes tocan, para que no se sientan en una pecera César Verdú, técnico de sonido y baterista de León Benavente, les mete algo de sonido ambiente). Rodés prefiere los monitores y además le da cosa compartir el aparatito, a Llanos le gusta y confunde el apellido de María varias veces. En media hora nadie recuerda los monitores, o casi, en media hora el backstage está repleto, hace calor, suenan los vasos, Nacho aún no se ha cambiado, me hace un gesto y le acompaño.

Paseamos de vuelta al hotel, se ha levantado cierta brisa, o tal vez no y he fabricado este detalle porque recuerdo aquel paseo de un modo especialmente agradable, por el camino varias personas jalean a Nacho, le digo que si les ha pagado para quedar mejor en estas líneas, se ríe. Nos vemos en su habitación veinte minutos después y me deja un producto para fijar mojado el pelo. Bajamos juntos y tomamos el camino de nuevo a La Riviera. Las terrazas están llenas, llenas de gente que va al concierto. Fotos, más fotos, más fotos aún, llegamos tarde, le apuro pero es incapaz de negarse, más y más fotos, tío te has pasado con los sobornos, él carcajea algo colorado bajo el flequillo y llegamos a la sala, han salido a buscarle, respiran aliviados.

César me dice que vea el concierto a su lado, es un lujo que acepto encantado. Me siento tras la mesa de mezclas, la barra está a mi espalda, pido cervezas para los técnicos y para mí. Hay problemas de sonido, se arreglan, se ilumina el cartel de Violética en el escenario, Verdú da la señal de que salgan, La Riviera está llena hasta la palmera y estalla en gritos y aplausos, aparece la banda, aparece el Coru, veo salir las caras sonrientes de Arantxa, de Esther, de Charo, de Isa… esta gente no viene a batallar, no son una banda de hermanos armados, no, miro a César, bello, concentrado y sonriente, recuerdo lo que me contaba Calamar, (otro técnico sin fisuras) que prefería trabajar más con esta gente aun trabajando menos, por alguna razón se me antojan hermanas, una banda de hermanas. Nacho saluda, Violética gira.

NACHO VEGAS-VIOLÉTICA
(MARXOPHONE, 2018)

Nacho no se reinventa con este último disco, sino que sintetiza su carrera y la lleva más lejos de un solo golpe. Este Violética es un disco político, popular, personal, colectivo, desgarrado, cenizo, esperanzado, dejado y enamorado, seguramente uno de esos trabajos que definen el momento que viven, , y a la vez miran hacia delante. Poco o nada tiene que ver con el jovenzuelo y plateado Cajas de música difíciles de parar, su anterior trabajo doble, en esta ocasión la banda está engrasada, rodada y convenientemente desatada (ahí siguen Luis Rodríguez, Joseba Irazoki, Abraham Boba , Edu Baos y Manu Molina, con César Verdú a los mandos y el Coru Al Altu La Lleva a la vida subrayada), y las canciones germinadas en el esfuerzo individual que estallan al pasar al plano colectivo, y que desde el guiño inicial que tan bien define a Vegas, entre la Neubaten y el homenaje a los fugaos asturianos tras la Guerra Civil, desde ese Corazón helado hasta A ver la ballena, recorren una ruta inspirada y coherente que lo mismo baila cumbia (Todos contra el cielo), que canta por Violeta Parra haciendo rechinar los dientes (Maldigo del alto cielo), con tiempo para la belleza reposada (Ser árbol, Las palabras mágicas) la denuncia y la lucidez (Ideología, Crímenes cantados) y las metáforas alucinadas (Desborde), póngale unas gotas de Cristina Llanos (El Columpio Asesino), Christina Rosenvinge y María Rodes, y súmele una voz tomada pero firme cantando los textos que ya imagina, y tiene el disco que necesitaba.

 

Texto: Jorge Alonso

Fotos: Fernando Ramírez (Sala Razzmatazz Barcelona)

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