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Mad Cool – Valdebebas-Ifema (Madrid): La Música como camino

 

Con el eco de la “lluvia púrpura” y Pedro Aunión en la memoria, llegamos a Madrid.

En esta tercera edición, Mad Cool sube la apuesta y pisa el acelerador en su carrera meteórica por hacerse hueco en el olimpo de los festivales. Con un cartel espectacular que mira a los ojos a Coachela, Lollapalooza o Glastonbury, cambiando su ubicación y pasando de los 35.000 asistentes por día que acudimos a la Caja Mágica, a los 80.000 que comenzamos a pulular por los alrededores de Valdebebas.

La tarde del jueves huele a desborde y a ciertos aires de improvisación, bajo un sol que este año sí viste sus mejores galas. Pero ni las colas kilométricas para entrar, ni las que se formaran dentro para pedir en las barras, nos harán descarrilar. Una vez más, la música marcará el camino.

Nuestro festival comienza a lo grande, con el «Out in the street» de los Who y el «Raspberry Beret» de Prince, filtrados por la garganta arenosa de Mark Oliver Everett, que araña el atardecer en cada fraseo. Mr E intercala junto a sus Eels temas del flamante de The Deconstruction (2018), como «Bone dry» o la refrescante «Today is the day», con clásicos inflamables como «Souljacker Part I» o los aullidos de «Prizefighter» y «Fresh blood», que hacen que aumente la temperatura por momentos. Nos mece con la brisa de «That look you give that guy» y nos toca la fibra con «My beloved monster». Clase y carisma a raudales que nos vacuna de todo caos, dibujándonos una sonrisa tras el «Blinking lights (for me) » y el enérgico «Wonderful, glorius» final.

Fleet Foxes

Corremos al escenario principal con el «Grown Ocean» de Fleet Foxes flotando ya en el viento. El folk orquestal y lisérgico del sexteto de Seattle, aunque brilla y cala mucho más en espacios pequeños, centrifuga a cámara lenta los últimos rayos de sol, esos que aún doran la piel y reflectan en las brillantinas y pinturas de colores que relucen en miles de rostros. Aparcamos el estrés y nos olvidamos de todos los problemas en la magia evocadora de «White winter hymnal», y llegamos al Koko Stage sin tocar el suelo, siguiendo el rastro de la lluvia de perseidas que desatan con «Mykonos». Allí nos da la bienvenida a los rezagados Leon Bridges y su banda, con una «Coming home» en la que nos hubiéramos quedado a vivir la eternidad y un día. Soul y Mississippi que se entremezclan en su último trabajo Good thin con toques funky-disco, como bien refleja hoy con «It it feels good» y «You don’t know», en las que la luna gira como si fuera una bola de espejos. Pero es el fuego lento de su álbum debut el que nos remata, ya sea con los aromas que desata con «Twistin’ & Groovin’», de Louisina a Tenesese en cuatro minutos, o ese «River» de despedida que para el tiempo, con el espíritu del mismísimo Sam Cooke a su lado.

Se acerca la hora del esperadísimo baño de psicodelia con los australianos Tame Impala. La expectación es tan grande que, del paso de «Nags» a la ganadora «Let it happen», ambas piezas de su último lanzamiento de 2015, Currents (en el que basan casi la mitad del repertorio), justo cuando la electrónica-rock comienza a fundirse en la noche y la explosión de confeti nos acerca a un éxtasis prematuro, cientos de fans saltan la valla que separa la zona VIP y celebran eufóricos la momentánea victoria de la clase media. Bajo la lluvia de LSD de «Sundown síndrome», del rompedor primer LP de 2010 Innerspeaker, la nave despega y vamos de camino a otra galaxia. Entre sintetizadores, coros, la voz y la Rickenbacker de Kevin Parker, tejen una vaporosa tela de araña espacial de mil colores, de la que es imposible escapar. Las proyecciones gráficas de las gigantescas pantallas, acompañadas de un sonido perfecto y de luces que parecen tender puentes a otra dimensión, acentúan el estado de ensoñación continua del que no queremos despertar.

Tame Impala

Las guitarras de Lonerism llegan como una brisa afilada que deja estelas fluorescentes en el cielo. Así, los chispeantes riffs de «Mind mischief», «Keep on lying» y «Elephant», seguidos de la no menos crujiente «The less I know the better», inyectan en la negritud una nueva vida resplandeciente a más de una estrella muerta.

Tras la coreada «Eventually», no volvemos a pisar tierra hasta que la ola expansiva de la traca final se apague. Dos bombas más de 2012, «Apocalyse dreams» y «Feels like we only go backwards», y como cierre «New Person, Same Old Mistakes», un tomar vuelo de nuevo y comenzar con energía otra historia, aún a sabiendas de que cometeremos los mismos errores.

Parecía que el día había tocado techo, pero el plato fuerte de la jornada y quizás del festival, está apunto de llevarnos por delante. La emoción no sólo se palpa, sino que se mastica, se huele y se ve reflejada en cada rostro. Da igual la edad y que estés solo o acompañado en ese momento, los sentimientos se comparten y unen, de eso se forja la verdadera música.

Sale a escena la banda de Seattle y se abre el cielo en dos. No pisan la capital desde hace once años, y Vedder, botella de vino en mano con la que brindará con los 80.000 afortunados durante toda la velada, comienza liberándonos en la oscuridad con «Release», la primera de las siete joyas que caerán de Ten (1991). Tras el grito colectivo de “Release me!”, nos sumergimos en los recuerdos de «Elderly woman behind the counter in a small town», y aunque los corazones y pensamientos se desvanecen, la pasión y la locura de vivir que desprenden los pioneros del grunge durante las dos horas de épica y apoteósica actuación, nos aferran a un aquí y ahora inolvidable.

Los músicos se funden y rompen cadenas en cada interpretación, volando en una vibrante «Given to fly», con Mike McCready (incombustible y eléctrico durante todo el concierto) y Stone Gossard sacando fuego de sus guitarras, seguido del endiablado minuto de «Lukin», con Jeff Ament y Matt Cameron acelerando las pulsaciones y marcando el rumbo de los rugidos desenfrenados de Vedder.

Pearl Jam

La conexión con miles y miles de ojos vidriosos que intentan pestañear lo mínimo, es total. Gargantas que se dejan la voz y el alma en cada letra, sudando lágrimas de alegría por cada poro de la piel. No hay tregua y la tormenta continúa con una relampagueante «Corduroy», las musculosas y guitarreras «Why go» y «Animal», y una «Even flow» (Vedder recuerda que la cantó hace más de 25 años en la mítica sala Revolver ante unas cien personas) en la que más de uno hasta suelta las muletas para saltar.

Del último y sobresaliente Lightning Bolt (2013), hacen temblar los cimientos de Valdebebas con «Mind Your Manners» y la que da nombre al álbum, celebradas como dos himnos más.

El abrasivo cover de Van Halen «Eruption», marca la antesala del ecuador con una intensa «Jeremy» que nos hace un nudo en el estómago que aún duele.

Intentamos recuperar el aliento y terminamos girando en el ojo del huracán de la rockera «Do the Evolution», seguida del reivindicativo último censillo de la banda «Can’t Deny Me», con mensaje claro en las pantallas de “No, es no”, a cargo Javier Bardem y Luis Tosar, amigos de Vedder. Canción con dedicatoria previa, leída por el cantante en su voluntarioso español: “Para todas las fuertes mujeres en el público, las que cambiaran el mundo”.

Respiramos en «Wasted Reprise» y vivimos en el suspiro continuo de una bellísima «Better man», que funde con fragmentos del «Hunger Strike» de Temple of the Dog y el «Save It for Later» de The Beat, para terminar despidiéndose con un nuevo terremoto en «Porch».

Vuelve a escena Eddie Vedder con su acústica y nos quedamos a vivir en una «Just Breathe» que respira amor verdadero en cada acorde, en cada fraseo, en cada silencio. Se une la banda y seguimos recordando “cada elección que tomamos y cada error que cometimos” en «Sirens», para terminar por tatuarnos una pérdida imborrable con «Black», una de las canciones más hermosas y tristes que se han escrito, sobre lo que fue y lo que pudo haber sido. A corazón abierto, sumando Mr McCready otro sólo magistral y el público entregado a los coros, con Vedder fundiendo los lamentos en un sentido “¡Lo siento, lo siento, lo siento!” y el sanador grito final de “We belong together!”.

Se podía haber acabado el mundo pero no. Eddie baja del escenario y canta «State of love and trust» junto a las primeras filas, escapamos hacia delante en «Rearviewmirror» y perdemos hasta el último hilo de voz en la inmortal «Alive». Y sí Neil Young dio el mejor conciertos de las tres ediciones del Mad Cool hasta fecha, la guinda de esta noche mágica la ponen Pearl Jam con el «Rockin’ in the free world» del canadiense, en el que queman las naves y se funden en un abrazo colectivo.

La madrugada se resiste y Kasabian demuestran el por qué de su tirón en un Madrid Stage lleno hasta la bandera, mientras Justice hace bailar con sus hits a una carpa The Loop sembrada de cruces luminosas. El telón del jueves cae con MGMT, que intercalan lo mejor de su último Little dark age (2018), con clásicos indispensables como «Time to pretend», «Kids» o «Brian Eno».

El viernes la organización se pone las pilas y la entrada al recinto es fluida, además de reducirse considerablemente la espera en las barras. En busca de At the drive in, nos chocamos con los ecos del «Dorothy» de Kevin Morby, que aún recorren los aires y colisionan con el «Darling» de Real Estate. Cedric Bixler-Zavala es un diablo de tasmania fuera de control, pura adrenalina desbocada. Nos hace sudar bajo un sol de justicia con los cortes más punkarras de su último In•ter a•li•a, como «Governed By Contagions» y el explosivo «No Wolf Like the Present» en la resta final, pero son sobretodo los temas rescatados del corrosivo Relationship of command (2000), los que hacen que olor a azufre alcance altas cotas. De la «Arcarsenal» inicial al atronador «One Armed Scissor» con el que se marchan dejándonos con ganas de más.

Dejamos atrás el post-hardcore venenoso de la banda de El Paso y bajamos las revoluciones con los escoceses Snow Patrol, que se meten al público en el bolsillo desde el primer minuto. Gary Lightbody, con su voz, guitarra y actitud (sonrisa agradecida a cada paso), llena la tarde de vitalidad y buenas vibraciones. Un placentero viaje que pasa por el «Chocolate» que abre el pase, «Crack the shutters» o «Don’t give in», sencillo de su flamante séptimo álbum Wildness, hasta llegar al clímax con «Chasing Cars».

Jack White

Nos da tiempo de compartir la energía de Jain en el Radio Station Stage, antes de coger posiciones para presenciar la actuación del que quizás sea la figura más icónica e influyente del rock de las últimas dos décadas, Jack White. Sale a fuego, lanzando la pregunta al aire: “Don’t you think that I’m bound to react now?”. El «Black math» de los White Stripes cae como una bomba sobre Madrid. Un tornado de distorsiones y guitarras afiladas nos zarandeara hasta el final del show. Su blues-rock-garage marca de la casa, nos deja quemaduras en «Over and over and over», con la banda a todo gas y atenta en todo momento a cada pestañeo de Mr White. De su último futurista trabajo Boarding House Reach, tocará tres temas más, «Corporation» y «Why Walk a Dog? » seguidas, y una esplendida «Connected by love» en la que se desgañita, tras la eléctrica y festivalera «Steady, as she goes» de The Raconteurs.

El repertorio es casi un sueño, una veintena de canciones en las que la mitad son de los los White Stripes. Una maravilla poder sentir que no han perdido un ápice de fuerza y frescura canciones como «Cannon» (del disco homónimo de los Stripes de 1999), las adictivas y enérgicas «Hotel Yorba» y «We’re going to be friends» o ese blues-rock pantanoso de «Why Can’t You Be Nicer to Me? », que demuestra que, ni lo bueno ni lo malo cambia nunca del todo.

Destacan también el «I Cut Like a Buffalo» de The Dead Weather y, de sus dos anteriores discos en solitarios, la enfermiza y magnética «Love Interruption» y las incendiarias «Sixteen Saltines» y «Lazaretto».

El jinete de Detroit cabalga sólo con su música, y aunque no termina de encontrar su sitio (quizás ese sea su lugar, estar en todas partes), nada ni nadie suena como él.

La triada final es para pellizcarse y frotarse los ojos, todas del Elephant (2013), la hipnótica y martilleante «The Hardest Button to Button», el blues eléctrico de «Ball and biscuit», con ese solo retorcido e imposible, y un «Seven Nation Army» que quizás sea la canción más coreada, saltada y vivida de esta edición y de las dos anteriores. Aún tiembla el suelo del recinto.

Arctic Monkeys

Cuando aún no hemos asimilado los relámpagos, truenos y centellas del Señor Blanco, es la hora de Los Monos en el escenario principal. Tardan poco en despejar todo atisbo de dudas que, infundadas y gratuitas en su mayoría, despertó el disco que traen bajo el brazo, Tranquility Base Hotel & Casino. Alex Turner, con un look y halo de cronner al más puro estilo de un Nick Cave de vacaciones en Marbella, nos inyecta el veneno con esa calmada facilidad y clase innata que sólo poseen los más grandes, comenzando con Four out of five», una de las gemas de su último trabajo. Alex avisa en perfecto castellano: “Esta noche, es la noche”. Los Artics Monkeys de 0 a 100 en «Brianstorm», con el bajo de Nick O’Malley y la batería de Matt Helders pasándonos por encima como una apisonadora, una y otra vez. Le sigue una abrasadora «Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair», con la llameante guitarra de Jamie Cook al mando, una exquisita «Crying Lightning» que nos da cielo e infierno a partes iguales y «Teddy Picker», una balacera con la banda a tumba abierta y Tunner exprimiendo las seis cuerdas de su Jaguar.

Un respiro en «Knee Socks», en la que Tuner destila clase, carisma, sensualidad y chulería a partes iguales. Sin apenas dirigirse al público, la conexión que consigue es apabullante, con esa voz penetrante, grave y aterciopelada, a veces hermana de la de su admirado Julian Casablancas, y siempre deudora de la Santa Trinidad compuesta por Lou Reed, David Bowie e Iggy Pop. Los coros y falsetes del omnipresente Helders y O’Malley, más los teclados extras y percusiones, le aportan el alma definitiva al primero de los cuatro temas que suenan del quinto largo de la banda, AM (2013).

La elegancia crooner prosigue y serpentea con la misma naturalidad entre clásicos y nuevos temas, con Alex Tuner a los teclados en una 505» cantada por el público desde la primera estrofa, acelerón y grito colectivo resplandeciente en las entrañas del desamor incluido: “But I crumble completely when you cry / It seems like once again you´ve had to greet me with goodbye…”. O en la delicada belleza de One point perspectiva», con Alex a la eléctrica y dando una master class más de interpretación vocal y escénica.

A los de Sheffield les queda munición de sobra y nos alcanzan con dos disparos más en el pecho: la esplendida «Why’d You Only Call Me When You’re High?», huellas de esa llamada sin respuesta que ves arrepentido en el móvil al día siguiente… Y el hechizo de “volver a gatas”siempre a esa persona que deberías olvidar, en una ultra coreada «Do I Wanna Know?»

Americana fuera y la montaña rusa baja sudorosa a toda velocidad para atropellarnos con la guitarrera y salvaje «From the Ritz to the Rubble, con Helders desmontándose a la batería, y rematarnos en la resta final con la combustión instantánea de «I bet you look good on the dancefloor» y el fuego inapagable de «R U Mine?»

La espantada de Massive Attack (con 25.000 personas esperando y sin noticias durante más de una hora), achacada a que a los de Bristol les molestaba el sonido de Franz Ferdinand, no tiene ningún fundamento. Una verdadera pena. Lo que sí es cierto es que, si a cualquier banda la programan cerca del combo que lidera Alex Kapranos, lo normal es que te tiemblen las piernas. Los escoceses nunca fallan, cada vez que se ponen bajo los focos en un festival, firman sí o sí unos de los mejores bolos. Ese es el regalo que nos trae la triste cancelación de la banda de Bristol, volver a disfrutar de la apoteosis de Kapranos y los suyos. Se dejan la vida sobre las tablas, la tromba de hits y energía que va del «Do you want to» inicial al «This Fire» final, es estratosférica.

La madrugada está con el agua al cuello y nos aferramos al salvavidas que nos brindan La MODA, en un viernes deseoso de «Héroes del sábado» antes de apagarse.

Hurray for the Riff Raff

Nuestro tercer round comienza con la Patti Smith de alma portorriqueña Alynda Segarra y sus Hurray for the Riff Raff. A la chica del Bronx le sobra carisma y garra, ofreciéndonos una buena dosis de pura música americana que nos quita la resaca de un plumazo. 45 minutos que nos saben a poco, con un repertorio centrado en el sobresaliente The Navigator (2017). Grabado a fuego se nos queda el «Living in the City» y «Pa’lante final».

Recordamos a Pedro Aunión en el espacio artístico creado en su honor y buscamos refugio en el escenario principal, una nueva descarga eléctrica se avecina… Josh Homme y sus Queens Of The Stone Age salen con el cuchillo entre los dientes, tras el «Singing in the rain» y la oscura intro de la Naranja Mecánica, dispuestos a que nada ni nadie les haga sombra en la próxima hora y media de ultraviolencia sónica.

La tormenta de arenosos y ardientes riffs, comienza con «If I had a tail» y «My God is the Sun», ambas del aclamado …Like Clockwork de 2013, y entre proclamas por el “aquí y ahora” y la invitación continúa a que el publico salte las vallas y tome la zona VIP (Alex Kapranos ya se quejó también el día anterior de que hubiera demasiados huecos desaprovechados), la tralla no cesa ni un solo instante. De la bailonga «The way you used to do», a la llamarada serpenteante de «No one knows», con sólo final del incombustible Jon Theodore a la batería. Dos dentelladas más del Villains (2017), «The evil has landed» y la ovacionada «Domesticated Animals», pasando por las guitarras desbocadas de «Burn the witch» y una «Make it wit chu», cigarrillo en mano, dedicada a sus admirados Depeche Mode, con un público totalmente entregado que se deja la garganta en el “I wanna make it / I wanna make it wit chu”. El latigazo final, con dedicatoria para NIN, nos impacta en una apocalíptica «A Song for the Dead» que hace que se tambalee el sábado.

El «Revolution» de los Beatles avisa que algo grande se acerca. Depeche Mode, los padres del rock electrónico, despliegan su sensual oscuridad ante sus fieles, firmando una jugada ganadora más. Abren con el «Going Backwards» de su último largo Spirit (2017), seguida de un «It’s no good» en el que, Dave Gahan como rock superstar y maestro de ceremonias total, y Martin Gore y Andrew Fletcher marcando el camino de baldosas amarillas con cada golpe de sintetizador y guitarra, ya nos tienen comiendo de sus manos. Culpa de ello es el goteo constante de himnos, como el atmosférico hechizo de «Stripped», el deseado «Personal Jesus» y un «Never let me down again» en el que “volamos alto y vemos pasar el mundo ante nosotros”. Reaparecen y tras volver a tocar levemente el suelo con «Walking in my shoes», llega el éxtasis colectivo con una «Enjoy the silence» que canta hasta la luna y la locura rompe pistas de «Just can’t get enough».

Nos escapamos unos minutos de la telaraña de Gahan, Gore y Fletcher para acercarnos al Koko Stage, donde los californianos Black Rebel Motorcycle Club queman rueda y gasolina en «Little thing gone wild» y «King of bones» del Wrong Creatures (2018), y pisan a fondo en clásicos de su repertorio como «Stop» y la febril «Spread your love».

Y si parecía que la corona del sábado se la jugarían a suertes Josh Homme y Dave Gahan, entre humo, luces y sombras, aparece Trent Reznor en el escenario principal, y no solo les arrebata el trono, sino que lo hace añicos, lo devora y lo vomita en una arrolladora «Somewhat damaged». La voz de Reznor nos hace jirones por dentro, mientras el bajo lanza a la banda al completo a una explosión que pone patas arriba el Mad Cool. Le sigue la sobrecogedora «The day the world went away», en la que se siente y entremezcla la réplica del terremoto con el acelerado latido general. Tras las dos dentelladas que abrían el imprescindible The Fragile de 1999, intentamos coger aire y nos revientan el pecho con «Wish». La vez anterior que tuve la suerte de ver a NIN (en 2007 en el Marlay Park de Dublin abriendo para Foo Fighters), salieron también a tumba abierta con ese “This is the first day of my last days / I built it up, now I take it apart”, pero hoy Reznor desprende una fiereza y actitud especial, una suerte de mística carnívora… Ha salido a comerse el mundo y eso hace, como si fuera su última noche en la Tierra.

Nine Inch Nails

«March of the Pigs» es el primer misil que nos alcanza de los cuatro que nos lanzan de su obra cumbre, The downward spiral (1994), con ese fragmento melódico en el que el canto de un Reznor mesiánico, con lo brazos abiertos y un delicado teclado, descarrila de esa aparente paz celestial y nos arrastra al caos de un grito final que aún nos persigue.

Nada puede detenerlos y respiramos a duras penas en la rabia contenida de «Piggy», fundiéndonos en un “Nothing can stop me now” que no nos cansamos de repetir una y otra vez.

«Shit Mirror», «Ahead of Ourselves God» y «Break Down the Door», son la dinamita que eligen de su ultimísimo EP Bad Witch (2018) para que nos exploten en la cara, seguido de una «Closer» en la que nos terminamos por desmoronar.

La adrenalina sigue desbordándose, del «I’m Afraid of Americans» de Bowie, a «Gave up», centrifugadora de dientes en la que no podemos dejar de girar hasta despedazarnos.

El viaje llega a su fin y el choque es frontal en la descarnada «Head like a hole», único corte elegido para la ocasión del LP debut Pretty Hate Machina (1989).Y cuando parece que no hay nada más allá de las nubes, la voz de Reznor abre una herida cegadora en la oscuridad: “I hurt myself today / to see if I still feel…”. Una «Hurt» que se nos queda pegada y abrasa la piel.

Entre quemadura y quemadura de la banda de Cleveland, hacemos una visita furtiva al escenario Koko, del que volvemos con la boca abierta y los ojos como platos… Samuel T. Herring de Future Islands es de otro planeta.

Aunque la cabeza nos sigue dando vueltas en la última pista del The Downward Spiral y nos “duele el aire, el corazón y el sombrero”, apuramos nuestro periplo festivalero y pasamos de flotar entre el «Blow your mind» y las «New rules» de Dua Lipa, a gritar el «Are you gonna be my girl» de Jet y sacar a hombros a Angel Stanich, tras un «Mátame camión» cada vez más incendiario.

El último trago lo tomamos con los británicos Karl Hyde y Rick Smith de Underworld, que tiñen la despedida de techno-house liségico y punk actitud. Y aunque no vino Iggy Pop, junto al que firman su último EP conjunto Teatime Dub Encounters, sí apareció su voz en uno de las pistas que sonaron del mismo. Nos aportan un chute de energía extra con «And I will kiss» y «Rez», hasta hacernos levitar en el esperado «Born Slippy» final, en el que la noria del festival acelera su marcha y gira hasta el amanecer al son de ese “Drive boy, dive boy /dirty numb angel boy…”.

Siempre hay que mejorar cosas, pero la música marcó el camino y volverá a marcarlo.

 

Texto y fotos: David Pérez Marín

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