Rutas Inéditas — 6 junio, 2018 at 8:14

¡Malditos seáis! Rowland S. Howard

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

ROWLAND S HOWARD: Seis cuerdas ensangrentadas

Si preguntáramos por Rowland S. Howard a los actuales fans de Nick Cave, esos que se gastan devotamente cifras obscenas por una butaquita en teatros y auditorios para ver a su ídolo, me temo que una buena parte de ellos no sabrían de quien les estamos hablando.

Nadie nace enseñado, bien es cierto, pero el modo en que la historia del rock ha relegado al ostracismo a una figura como la de Howard es una triste injusticia. También es verdad que la música y sobre todo la guitarra de Rowland no son aptas para todos los públicos. Su particular modo de entender el instrumento, los sonidos que de él desprendía, actuaron de repelente para todos aquellos que se asustan fácilmente cuando un músico no hace sonar su guitarra, sino que la hace aullar. O gemir. O llorar. Y luego, estamos el resto…

Nacido en Melbourne en 1959, sus primeras huellas pueden rastrearse -apenas quinceañero- en una banda llamada The Young Charlatans, en cuyas filas militaba cuando escribió «Shivers», una canción que habría de convertirse, con el tiempo, en uno de sus temas más emblemáticos y, en sus últimos años, casi una losa de la que no podía desprenderse ante la insistencia del público. Con el tema a cuestas y una cierta experiencia ya, en 1978 se une a The Boys Next Door formando equipo junto a Nick Cave, Phill Calvert, Tracy Pew y Mick Harvey. Su debut y único elepé a la postre, Door, Door (1979), cerraría su cara B con la canción que Rowland había compuesto tiempo atrás, al tiempo que sería lanzada como single.

No pasarían ni dos años hasta que el grupo cambiara su nombre a The Birthday Party, trasladándose primero a Londres y luego a Berlín. Con el cambio de nombre llegaría asimismo un cambio de estilo, pasando del pop y el punk imbuido de new wave de Door, Door a un oscurísimo, cacofónico post punk que dejaría tres elepés y dos eps de abrasivo y disonante repertorio. No sólo en estudio, sobre las tablas a la blasfema prosa de Cave se le enzarzaba un sonido punzante, casi hiriente, goteando de las seis cuerdas de Rowland. Lo que el esquelético guitarrista lograba extraer de su instrumento no sólo era sorprendente. Era único. Y lo siguió siendo, como veremos, a lo largo de su carrera.

La fiesta de cumpleaños duró tres años, muchos si se tiene en cuenta la peligrosidad que emanaba tanto de su música como de su modo de vida. Vicios mil, cambios forzados de personal, peleas entre Cave y Howard y en definitiva el clásico caos (in)controlado de este tipo de combos terminó con ellos en 1983.

De vuelta en Londres un antiguo conocido de las antípodas, Simon Bonney, les propone a Rowland y Harvey unirse a él en una remozada versión de su banda Crime & the City Solution, inactiva desde 1979 tras una primera etapa un tanto dubitativa. Así, en 1985 Bonney, Harvey en los tambores y teclados, Rowland como guitarra y su hermano Harry al bajo lanzan un un par de eps –The Dangling Man y Just South of Heaven– antes de que de Epic Soundtracks suba a bordo y deje a Harvey libre para ocuparse de teclas y guitarra.

Con esta formación grabarán su primer elepé, el magnífico Room of Lights (1986), una de las joyas –todavía hoy semioculta- del after punk, un compendio de blues gótico y rock deslavazado uno de cuyos temas, «Six Bells Chime», aparece por cierto en la obra maestra de Wim Wenders El Cielo Sobre Berlin (1987), con la banda tocando en un club.

Poco después de la salida de Room of Lights, no obstante, Soundtracks, Harry y él abandonan la nave para formar el que sería su proyecto más personal hasta la fecha. Pero antes de eso, en un final de 1986 intensísimo, Rowland se pasaría por los estudios Woodworm, en plena campiña inglesa. Allí Nikki Sudden, compinche al que conocía de hacía un tiempo, grababa un nuevo disco al tiempo que invitaba a cualquiera que quisiera a que se pasara a tomar el té y meter baza. Y de lo que era ir a colaborar con unas guitarras y poco más, Rowland pasó a formar parte del elenco –junto a Sudden, Soundtracks y Jeffrey Lee Pierce- de I Knew Buffalo Bill (1987), disco acreditado al barracuda Jeremy Gluck y que pasa por ser una de las obras de culto definitivas de finales de los ochenta; no contento con ello, se alió con Sudden para parir a  medias y en tiempo récord otra obra maestra: Kiss You Kidnapped Charabanc (1987).

Estamos ya en 1987, de nuevo en Berlin. Nacen These Inmortal Souls con Harry, Epic y Rowland junto a Genevieve McGuckin, su novia por entonces. Las razones para formar su propia banda las explicaba de forma meridiana: “tenía un montón de canciones que me gustaban, canciones que nunca hubieran visto la luz si no me hubiera planteado ‘ok, voy a cantarlas yo’. Porque no puedes darle a alguien un puñado de letras y decirle qué cantar, no si quieres algo que sea sincero”. Y pocas cosas más sinceras en este mundo, se lo puedo asegurar, que la música de These Inmortal Souls. Desafiante, oscura, arriesgada, dolorosamente veraz. Un rock que llevaba el concepto after punk varios pasos más allí, creando algo nuevo y único que se plasmaría casi de inmediato en un primer single -«Marry Me (Lie! Lie!)»- y un primer elepé, Get Lost (Don’t Lie!), editado por Mute.

Casi de forma simultánea vio la luz un disco que llevaba tiempo esperando ser rescatado del olvido. En junio de 1982, con la Birthday Party aún activa, la diva de la no wave Lydia Lunch, Genevieve McGuckin y Rowland se habían metido en el estudio para, con la ayuda de Nick Cave y Mick Harvey, grabar unas sesiones para un proyecto bautizado como Honeymoon in Red. Descontentos con las mezclas finales, Cave y Harvey pidieron no aparecer en los créditos y finalmente el disco –entre la chanson deconstruida, el cabaret y las disonancias pop de la no wave- quedó en un cajón hasta que en 1987 la propia Lunch consiguió editarlo en su sello, Widowspeak. De aquellas sesiones sólo logró publicarse en su momento un doce pulgadas a nombre de Lydia y Rowland con una versión del «Some Velvet Morning» de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra.

Mientras, These Inmortal Souls siguieron en activo varios años girando por Europa y Estados Unidos hasta que en mayo de 1991 Rowland volvía a formar tándem con Lydia. Encerrados en los estudios Easley de Memphis y respaldados por Joe Drake al bajo, Brent Newman como batería y Link “Wreckage” Benka a la guitarra rítmica, la pareja protagonista celebró en Shotgun Wedding unos esponsales sónicos que a día de hoy todavía sorprenden a quien asiste a ellos por primera vez. Con la Lunch más centrada que nunca y la guitarra de Rowland en un insultante estado de gracia, tanto las composiciones propias como las revisiones de Alice Cooper Band («Black Juju»), Zeppelin («In My Time of Dying») y Jeremy Gluck («Burning Skulls») forman otro de esos discos malditos que no pueden faltar en la colección del melómano aficionado a la espeleología.

Al año siguiente el single «King of Kalifornia» (al igual que lo fue «Marry Me», editado también como un ep de 12 pulgadas) anticipó la salida en octubre del segundo trabajo de These Inmortal Souls, I’m Never Gonna Die Again. Epic, que por entonces empezaba a centrarse en su carrera en solitario, abandonó la banda siendo reemplazado por Craig Williamson, al tiempo que se oficializaba el fichaje de Spencer P. Jones, bestia del bourbon y maestro del high energy australiano. La nueva formación ya no grabaría un tercer disco. Su legado se limita a unas fechas en directo y una versión del «You Can’t Unring a Bell» para un disco tributo a Tom Waits. Rowland y Genevieve se instalarían en Melbourne, manteniendo el nombre de la banda con directos esporádicos hasta su disolución en 1998.

No dejó nuestro hombre pasar mucho tiempo estando inactivo, y así en 1999 presentaba Teenage Snuff Film, el primer disco de su carrera firmado exclusivamente con su nombre. Ayudado por su viejo camarada Harvey a los tambores y la guitarra y por el bajista de Beasts of Bourbon Brian Hooper, Teenage Snuff Film es otra maravilla que añadir a su impecable discografía, con puntos álgidos de la misma como «Dead Radio», «Autoluminescent» o «Shut Me Down», amén de un par de jugosas versiones con el «White Wedding» de Billy Idol y «She Cried», el hit de Jay and the Americans revisitado más tarde por las Shangri-Las y Johnny Thunders, entre otros.

La primera década del nuevo milenio vería a Rowland sumido en un autoimpuesto segundo plano. Aquejado de una hepatitis C contra la que llevaba luchando media vida, más los estragos de una adicción a la heroína durante años, llevó a su hígado a decir basta. En 2008 le fue diagnosticada una cirrosis terminal. Ello le recluyó, en cierto modo, en su ciudad natal, aunque siguió tocando regularmente en petit comité.

 

Un año antes el sello francés Stagger Records ‎había editado un doble disco de tributo a su trayectoria, escuetamente titulado A Tribute To Rowland S Howard en el que participaron amigos y nombres afines al escuálido guitarrista como Harvey, Sudden, The Drones, Gil Rose, Dimi Dero Inc., Spencer P. Jones o nuestro pequeño genio Jon Ulecia.

En cualquier caso lo que era casi una sentencia de muerte –Rowland pasaría a una lista de espera para un trasplante de hígado que nunca llegaría- fue también el acicate para ofrecer un segundo álbum a su nombre. Pop Crimes, grabado en apenas un mes (Rowland era consciente, y así lo declaró en alguna entrevista, de que el tiempo corría en su contra) y lanzado en octubre de 2009, supuso un más que notable punto final a su carrera y a su vida. Dos meses más tarde, el 30 de diciembre, falleció.

Cuatro años más tarde, a finales de 2014, apareció Six Strings That Drew Blood, la retrospectiva definitiva a su trayectoria en forma de cuatro elepés o doble cd, abarcando desde The Boys Next Door hasta sus últimos trabajos en solitario, recogiendo colaboraciones y deteniéndose con calma en su paso por la Birthday Party y These Inmortal Souls. Una preciosa edición que cotiza hoy, en su versión en vinilo, a precios de escándalo. Aun así hacerse con ella –o dejarse guiar por su track list, al menos- es la mejor manera de introducirse en el mundo de uno de los mejores y más personales guitarristas de la historia del rock. Un artista extremadamente agudo y perspicaz cuya integridad, llevada a veces hasta el extremo, le impidió salir de un underground en el que siempre se sintió, en cierto modo, bastante cómodo: “creo que lo más importante de la música es que transmita una especie de humanidad, debería expresar la personalidad de la persona que la está interpretando. Y si eres lo suficientemente bueno, entonces la gente será capaz de ver que eres tú, y no cualquier otro”.

 

Eloy Pérez

 

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