Rutas Inéditas — 27 marzo, 2018 at 13:15

¡Malditos seáis! Stevie Klasson

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

STEVIE KLASSON, Ese rock’n’roll de toda la vida

 

La historia de Mr Klasson como músico empieza a principios de los ochenta cuando apenas es un galopín de quince años que anda dando la tabarra en bandas de punk y blues por los pubs y salas de Estocolmo. Un adolescente no especialmente interesado en los estudios, con un don natural para las seis cuerdas –uno de sus primeros trabajos fue en una tienda de guitarras en Södertälje, su ciudad natal- y un talento no menor para el rock’n’roll. En uno de esos primeros bolos coincide con un tal Linus, una leyenda local que pasaba por ser, además de un rocker tallado en granito, un calavera-delincuente-tarambana de proporciones épicas, que comandaba su propia banda Linus and The Losers. No tarda el joven Stevie en pasar más tiempo en casa de Linus que en la escuela, tocando la guitarra en tardes de discos y bebercio, hasta que el susodicho –viendo que aquel pequeño guitarrista sabía lo que se hacía- le invite a unirse a su banda. Acepta encantado, más teniendo en cuenta que el batería de los Losers era John Donnely, que había tocado nada menos que con Gary Moore en Skid Row. Una época dorada, con el ímpetu de la juventud y las ganas de saber; de hecho Stevie siempre ha dicho que de nadie aprendió tanto como de Linus.

Tras un tiempo en la banda, pasa por otros proyectos efímeros como Neon Leon o Intergalactic Overgeist, junto a Kenny Silvers. En un bolo de estos últimos, justo cuando cumplía la mayoría de edad, nuestro hombre conocería a alguien que marcaría de forma indeleble su vida y su carrera. Ataviado con una cazadora de cuero estilo cincuentas con un parche de la poli de NY, en un momento del show Stevie vio desde el escenario a Johnny Thunders ahí en primera fila, agitando los brazos y gritándole que tenían que cambiarse la chaqueta (Johnny era un gran aficionado a intercambiarse ropa con la gente): ¡Soy de Nueva York! –gritaba- ¡Esa chaqueta me quedará mucho mejor a mi!

Tras el concierto fueron al Pipeline, el club que Stevie y Kenny regentaban, y pasaron la noche entre interminables jams y muy buen rollo. Tanto, que en el taxi de vuelta a la mañana siguiente Johnny le ofreció unirse a su banda. Stevie le dio su número y no le cambió la chaqueta, por cierto.

Apenas tres o cuatro días después Johnny le llamó para pedirle los datos de su pasaporte: “nos vamos de gira el viernes”, le dijo. Y de ese modo tan sencillo fue como pasó a formar parte de The Oddballs, el grupo de acompañamiento de Mr. Truenos  junto a Jamie Heath, Alison Gordy, Chris Musto y Jill Wisoff. Pero el día de partida hacia Londres se duerme y pierde el vuelo. Un mal comienzo para un novato en muchas otras bandas, pero nada grave en el mundo de Johnny. Se le dice que tome el siguiente y arreglado. Instalados en la capital del Imperio, ensayan durante una semana, hacen un par de shows en el Marquee y se echan a la carretera. Estamos en 1988, con el Copy Cats junto a Patti Palladin recién editado; Stevie permanecerá en la banda de Johnny hasta su muerte tres años después.

Thunders fue como un hermano mayor para Stevie. En cierto modo lo tomó bajo su protección, le traspasó buena parte de su sabiduría musical y le mantuvo alejado, por imposible que pudiera parecer, de las drogas duras.

Tras el deceso de Johnny en Nueva Orleans, Stevie se traslada a Londres, donde trabaja de nuevo en tiendas de guitarras y como músico de sesión. Por aquel entonces abandona también su vegetarianismo, “obligado” por Jimmy Dawkins, de la banda del cual formaba parte. La historia tiene su coña, pues tras una noche de ingesta etílica importante junto al bluesman, al día siguiente amaneció con una resaca de aquellas de pedirle a Dios que te mate. Pero al parar en una gasolinera al mediodía, siendo vegetariano, sólo pudo pedir un sándwich de queso, mientras el resto se ponían las botas. El viejo bluesman le miró y le dijo que qué coño le pasaba, y al explicarle que era vegetariano le importó un carajo. “Tu cuerpo necesita grasa”, le dijo, y le pidió un plato con huevos, bacon y ternera. Y de ese modo, una resaca criminal y el miedo a contradecir a un tipo como Dawkins terminaron para siempre con el Stevie vegetariano.

Con la entrada del nuevo milenio regresa a Estocolmo y se encuentra un panorama de lo más excitante: nuevas bandas, sangre fresca y una escena en la que el rock y el blues impregnaban la vida nocturna de la ciudad, con clubs como el Stampen y el Wirstroms. Por su parte no se queda atrás y monta The Mighty Hightones (banda a la que recurrirá esporádicamente, cuando la agenda se lo permite, para shows por todo el país) y recala en el seno de sus paisanos Diamond Dogs, de los que formará parte en su primera y mejor etapa, la que va desde As Your Greens Turn Brown (2000) a Too Much Is Always Better Than Not Enough (2002), sin olvidar el EP Shortplayer (2001). Muchos de los fans más jóvenes, que por cuestiones de edad no habían vivido la última época de Johnny Thunders, descubrieron al pequeño guitarrista a raíz de su paso por la banda de Sulo.

 

En 2003 se les ofrece la oportunidad de abrir para los recién reunificados Hanoi Rocks, en una gira de dos semanas por el Reino Unido, durante la cual Stevie se reencontraría con Andy McCoy. Aunque se conocían mutuamente desde su juventud en Estocolmo, y habían coincidido en Los Angeles cuando aún estaba con Thunders, no fue hasta esa gira británica que entablaron amistad. Y apenas dos meses después de terminar el tour, Andy le llamó para que reemplazara a Costello Hautamäki, el entonces guitarra de Hanoi. Pero al contrario que en el caso de Thunders, nuestro hombre no lo tuvo tan claro en esta ocasión: “no estaba muy convencido ya que Hanoi habían derivado hacia el metal, comparado con cómo solían sonar (…) mi corazón siempre ha tendido hacia la música afro-americana, soul, blues, rock’n’roll e incluso country. Andy insistió en que hiciera una prueba y me explicó que querían volver al sonido original, a los Rolling Stones y el glam rock inglés”. Persuadido al fin, Stevie viajó a Finlandia y se encerró con la banda en el estudio, grabando junto a Andy las guitarras para media docena de temas, y quedó más que satisfecho de la conexión entre ambos. Pero ocurrió que poco después Michael Monroe, por su cuenta, se puso a retocar los temas metiendo saxo y sintetizadores así que cuando le envió la mezcla final del primer single de lo que sería Another Hostile Takeover (2005), Stevie no pudo menos que decirle que aquello era una mierda. Pero quien manda manda, así que aunque tocó con ellos en una serie de conciertos, su aventura en Hanoi no tardó en finalizar.

De nuevo sin “contrato”, empezará a perfilar lo que sería su primer disco en solitario. Don’t Shoot The Messenger, como ya podía presagiar cualquiera que hubiera seguido sus pasos durante las dos décadas anteriores, es un disco de old school rock’n’roll del primer al último tema. Doce preciosas canciones en las que Stevie se rodea –aparte de su propia banda, básicamente lo que eran The Mighty Hightones – de una copiosa lista de amigos en calidad de invitados; por los surcos del disco pasan nada menos que dos hellacopters mayores (Nicke y Strings), Vigilante Carlstroem de The Hives, Mattias Bärjed de TSOOL, el viejo flamin groovie Chris Wilson, Brady Blade, Darrel Bath y hasta Glen Matlock. ¡Ah! Y Patti Palladin, con quien se reencuentra tantos años después y que incluso colabora en la composición de algún tema. Una alineación de lujo para apuntalar un álbum que, sin sorpresas estilísticas, huele a Stones y Faces, Dylan y Mott The Hoople, Thunders y Humble Pie. Rock clásico del de toda la vida, con las correspondientes guarniciones blues y soul, para un debut que evidentemente no estaba destinado a reventar los charts, pero sí a dejar satisfechos a todos aquellos que le reservaban un hueco en la estantería después de verlo tantos años aportando guitarras a otros tantos álbumes. Y es que no se le pueden poner pegas a canciones como «Goin Mental», «Lucky», «Sweetheart Angel Pure», «Hand Me Downs» o a esa feliz (por inesperada) versión del «White Line Fever» de Merle Haggard que no mejora la original, pero que lleva a su terreno con total naturalidad.

Llegados a este punto, allá por 2009 Stevie empieza a querer dar un giro de timón. Pese a tener muy buen feeling con The Mighty Hightones o su otra banda Fat Chance, todos los miembros tienen vida propia y múltiples compromisos, y además está un poco hasta las pelotas de tocar en los lugares más estrambóticos a las tantas de la madrugada. Así que empieza a perfilar una banda un poco más estable. No será fácil, pero tras muchas vicisitudes logra ensamblar a una serie de músicos a los que acabará bautizando como Black Weeds. A saber: Martin Tronsson al bajo, Brother Bai Jack como percusionista, Robert Eriksson a las baquetas y las guitarras de Boba Lee Fett o Conny Bloom secundando al jefe. No tardan en salir a la carretera y Stevie comprueba que la camaradería y la profesionalidad están al más alto nivel. ¿Siguiente paso? Nuevo disco, por supuesto. Pero de nuevo no será sencillo, como nada lo es cuando te mueves sin gasolina por los arcenes de la gran autopista del rock’n’roll. Un siete pulgadas titulado Perfect Remedy For Heart And Soul (2011) con los temas «Slow Down» y «Big Bayou» tendrá que esperar más de un lustro para ver una continuación.

Pero la espera valió la pena. En 2016 sale al mercado el largamente esperado -ni que fuera por unos pocos fans aquí y allí- primer disco de los Black Weeds. Rock N’ Roll Tales From a Crooked Highway (uno de esos títulos que dejan bien claro lo que vas a encontrar en su interior) es otro magnífico, entrañable catálogo de rock marca de la casa que añade nuevas perlas a su discografía, caso de «Gimme More»,  «Hoodoo Cadillac» o «Gypsy Lullaby». Pero además, para solaz y regocijo del seguidor de tantos años, el disco se edita conjuntamente con un precioso libro de igual título en el que Stevie ofrece, aparte de las letras del disco, un poco de todo: historias y anécdotas, retazos de su vida en el mundillo junto a tantos y tantos personajes, todo ello escrito con tan buena memoria como buen humor; y por si fuera poco, añade una galería comentada de sus guitarras favoritas e incluso un recetario de cocina.

Una última referencia por el momento, a la espera de que, sea en una nueva gira o entrando de nuevo en el estudio, nos vuelva a ofrecer un poco más de ese rock’n’roll bluesero, punkie y agitanado que, cada día que pasa, se acerca más y más a su extinción. Ese rock que no necesita mucho más que sentimiento, pasión y melodía. Como él mismo decía hace un par de años en una entrevista, al ser preguntado por los cables que conectan el legado del blues con el rock y de ahí al punk y más allá, “todo está en la sencillez, en la simplicidad. Tres acordes y energía cruda. Mézclalo con un poco de alma y corazón y ahí lo tienes”.

 

Eloy Pérez

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