Rutas Inéditas — 1 febrero, 2018 at 10:00

¡Malditos seáis! Paul Roland

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

PAUL ROLAND: Música para escuchar en batín

Paul Roland nació en Kent, en 1959. De lo cual se deduce que es inglés, incuestionablemente. Pero cabría añadir que es muy inglés. Extremadamente inglés, si me apuran. Culto, flemático y un tanto excéntrico, creador de un particularísimo universo musical y literario, su figura y su obra –eminentemente británicas- devienen irresistibles para todo aquel que, a conciencia o por puro azar, se tope con ellas.

Músico, periodista, escritor y experto en ocultismo, sus discos y libros miran sin complejos al pasado rebuscando ya sea en la Edad Media o en la Inglaterra Victoriana y Eduardiana a personajes extravagantes, criminales olvidados e inventores decimonónicos siempre con lo fantástico y lo macabro en un extremo de la ecuación. Digamos que sería como meter en una batidora a Thomas de Quincey, los films de la Hammer, Conan Doyle, H.G. Wells y Marc Bolan, por intentar ubicarnos.

Gótico sin maquillaje ni atrezzo, aristócrata sin título, tal cual un Lewis Carroll que hubiera crecido escuchando Top of the Pops, este cantautor con voz de cuentacuentos –al que en su día Robyn Hitchcock bautizó como “la Kate Bush masculina”- tomó el rock 50’s, el glam y la mejor tradición del pop, la psicodelia y el folk británico de los sesenta, le añadió barrocos arreglos de cuerda, y se dedicó hasta el día de hoy a editar pequeñas miniaturas a cual más deliciosa. Ese gusto por la canción más o menos concisa lo resumía en una entrevista en 2012: “me empezó a gustar el rock de los cincuenta tras ver la película That’ll Be The Day en 1973. Aquellos primeros discos de rock me inculcaron la idea de que deberías decir todo lo que necesitas decir en tres minutos o incluso menos e ir directo al grano desde las primeras líneas o te arriesgas a perder la atención del oyente, un enfoque compartido por el glam rock, que estaba en su cénit cuando yo empecé a interesarme por la música”.

Debutando en 1980 con The Werewolf Of London, aún bajo el nombre de Midnight Rags, pasaría un lustro hasta que bajo su nombre publicara Burnt Orchids, el primer eslabón (repleto ya de pequeños clásicos en su repertorio como «The Puppet Master», «Cairo», «Captain Blood» o «Green Glass Violins»)  de una cadena que parece no tener fin. El relativo éxito del disco le dio a conocer en ciertos sectores del mundillo y le animó a llevar a cabo una serie de giras que le garantizarían, desde aquel entonces, una sólida base de seguidores en países como Italia, Alemania o Grecia.

En la segunda mitad de los ochenta se sacó de la manga cuatro absolutas maravillas, que a día de hoy aún son consideradas imprescindibles para sus fans: Danse Macabre (1987), A Cabinet Of Curiosities (1987), Happy Families (1988) y Duel (1989). El tercero de ellos en particular es uno de sus trabajos más personales, una singular galería familiar de personajes estrafalarios que habrían hecho las delicias de Gerald Durrell, retratados de forma acústica con una ironía insuperable.

 

Un directo –Live In Italy (1990)- inauguraría la década cuya primera mitad vería otro nuevo póquer ganador: Masque (1990), Roaring Boys (1991), Strychnine (1992) y Sarabande (1994). En todos ellos amplifica un tanto su sonido –sin excesos-, añadiendo un poco más de electricidad sin renunciar a su sonido más característico, ni a sus obsesiones temáticas. Y aunque ya había incluido alguna que otra versión en trabajos anteriores («Matilda Mother» de Syd Barrett en Danse Macabre,  «Gary Gilmore’s Eyes» de The Adverts en A Cabinet Of Curiosities, «Matty Groves» vía Fairport Convention en Masque), con Strychnine (ampliado y reeditado en 2005 como Strychnine… And Other Potent Poisons) graba su primer álbum de covers, cuya selección es toda una declaración de intenciones: Donovan, Kevin Ayers, la Velvet, Bolan, Electric Prunes,  Siouxsie & The Banshees…Una paleta de artistas que admira a los que añade, según sus propias palabras “discos de psychobilly, Iggy Pop, clásicos de la Stax, The Doors, los Stones de principios de los setenta, Captain Beefheart y toneladas más”. Referentes de primer orden, sin discusión.

A estas alturas Roland había creado ya no sólo docenas de grandes canciones, sino otros tantos inolvidables protagonistas para las mismas, pequeños relatos muchos de ellos que hacen que, en su caso, letras y música no puedan entenderse las unas sin la otra y viceversa. O, como mínimo, no puedan disfrutarse plenamente. El vidente en horas bajas de «Walter the Occultist», el pionero aviador de «Wyndham Hill», el artesano homicida de «Triumphs Of A Taxidermist», el repulsivo magistrado de «The Hanging Judge» o la fantasmal doncella «Gabrielle», salidos de su imaginación, se suman a otros ya existentes en la Historia o la literatura («Witchfinder General», «Nosferatu», «Morgan Le Fay») en un corpus lírico único en el psych pop de fin de siglo.

Live In Germany 1995 (esta vez, al contrario que en el directo de 1990, documentando un show sólo en acústico) y Gargoyles (1997) cerrarían una nueva etapa tras la cual nuestro hombre se dedicaría a escribir y a cuidar de sus dos hijos, aparcando la música casi por completo durante siete largos años, hasta la edición de Pavane (2004).

Si como escritor sólo había publicado The Curious Case of Richard Fielding and Other Short Stories en 1987, a partir de 1995 su ritmo de edición es espectacular, a libro por año mínimo (en ocasiones dos y hasta tres) escribiendo sobre Cábala y Tarot, predicciones, meditación, sueños, ángeles, espíritus y todo tipo de sucesos paranormales. Un ritmo que ya no abandonará hasta el día de hoy, intercalando entre estos, sus principales intereses, libros sobre rock, jazz, steampunk, asesinos famosos y una serie de obras sobre el Tercer Reich. Títulos como Complete Guide to Dreams (1997), Kabbalah – A Piaktus Guide (1999), Jazz Singers (1999), I Remember Dying – Remarkable True Stories of People Who Return from Heaven (2006), The Crimes of Jack the Ripper (2007) o The Nazis and the Occult (2007) por citar unos pocos…¿no les había comentado que era un personaje único?

No obstante el semi hiato discográfico hasta 2004, pronto retomó una cadencia más periódica. Sin grandes cambios a nivel musical (producciones coyunturales aparte), tal vez con un enfoque menos pastoral y más directo pero manteniendo las esencias, sus tres siguientes títulos los dedicó -total a parcialmente- a otros tantos autores. A Lovecraft con Re-Animator (2007), a Poe y Verne con Nevermore (2008) y a los famosos hermanos en Grimm (2011), al tiempo que veía reeditados varios de sus títulos de los ochenta y noventa, algunos en ediciones conjuntas. Así, ciertos fans enfermizos como el aquí presente pudieron hacerse con más de un título especialmente escurridizo, como ese The Werewolf Of London que volvió a ver la luz en 2013.

Sus cuatro últimos trabajos hasta la fecha no deparan sorpresa alguna ni falta que hace. Bates Motel (2013), Hexen (2013) –estupendo tratado musical sobre brujería-, Bitter And Twisted (2015) y White Zombie (2017) pueden archivarse sin reparos junto al resto de su discografía, cada día más amplia, cada día más interesante.

Para profanos y/o conocedores eventuales, en cualquier caso, siempre es mejor echar la vista atrás y buscar esos primeros títulos de los ochenta y noventa. No sólo para, de ese modo, adquirir una visión lógica de su carrera, sino porque aun manteniendo el nivel con creces, sus mejores trabajos los firmó entonces. O en su defecto tirar la caña hacia alguno de los múltiples recopilatorios que han ido apareciendo a lo largo de su trayectoria. Dejando de lado los descatalogados -como ese Waxworks (1995) de maravillosa portada, a precio de caviar-, no ha de ser muy difícil para el melómano interesado hacerse con una copia (o una descarga, pero a mi no me miren, se lo ruego) de antologías como Gaslight Tales (2003), In Memoriam 1980–2010 (2010), Professor Moriarty’s Jukebox (2014) o In The Opium Den – The Early Recordings 1980-1987 (2016).

 

Llegados a este punto, la pregunta de cada semana: ¿encaja en la liga de los nombres malditos?

Por supuesto, la duda ofende.

Su imagen de buen tipo, afable y lejos de estridencias y la ausencia total de escándalos y vicios públicos en su trayectoria no le exime de formar parte del elenco. Grandes canciones, una personalidad atractiva y reconocimiento bajo mínimos. Con eso debería bastar, pero para muestra de última hora, baste echar un vistazo al primer disco tributo a su obra. Alice’s Curiosities – A Tribute To Paul Roland, disponible desde abril del año pasado, se ha editado sólo en formato digital a través de bandcamp, y de los dieciséis artistas que versionan otros tantos temas de su discografía –y muy bien en la mayoría de casos, cabe añadir-, reto aquí y ahora a que alguien me diga que conoce ni que sea a tres.

Y en tal condición sigue adelante que, por descontado, la bibliografía sobre él (artículos y entrevistas aparte) roza lo inexistente. Hasta donde este cronista conoce, sólo existe un curioso artefacto bilingüe en inglés e italiano titulado The Haunted Pages, publicado por una pequeña editorial romana llamada Stampa Alternativa en 1989 que en apenas cien páginas incluye una breve semblanza del artista, siete relatos cortos, algunas letras y una escueta discografía, más un single exclusivo con cuatro temas.

Huelga decir que la copia con la que me topé en su momento y que adquirí de inmediato ocupa un lugar de honor en mis estanterías.

Sea como sea su legado sigue ahí, pretérito y presente y esperemos que futuro en no pocas ocasiones. Dispuesto a ser descubierto por todos esos arqueólogos del rock que gustan de cepillar piedras y huesos hasta dar con una joya de la que casi nadie tiene constancia. En su caso, además, debe ser un arqueólogo especialmente sensible. Alguien que considere Valdemar una editorial cien mil veces más interesante que Planeta, que crea el cine de la Amicus un millón de veces más interesante que el de Amblin, y que sobre todo esté convencido de que a una gran canción pop, un cuarteto de cuerda no puede hacer sino mejorarla.

Al respecto, dejemos que sea Lord Roland quien despida este humilde texto con toda una declaración de intenciones:  “nadie estaba usando cuerdas de verdad por aquel entonces y yo siempre había adorado ese áspero sonido de cuerdas de los primeros discos de Bolan, así que pensé en crear un sonido de música de cámara para darle a las canciones de tema histórico o sobrenatural un adecuado tono de relato victoriano de fantasmas”.

 

Eloy Pérez

One Comment

  1. José Fernández

    Interesante resumen de la carrera de un buen artesano.

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